Edición Nº15 Noviembre 2002

SE ABREN LA BODEGAS

SAN ANDRES.
Día 30 de noviembre, festividad de San Andrés. La noche anterior se abren las bodegas y Tenerife se mueve en una gran fiesta. Pero San Andrés nada tiene que ver con el vino, da nombre a un barrio santacrucero o a un pueblo de La Palma y a muchos pueblos, lugares y ciudades del mundo, especialmente en Sudamérica. Además es el santo patrono de Escocia, tierra del whisky, cuya bandera, que es exactamente igual a la tinerfeña, tiene la cruz de San Andrés como elemento definidor.
Si Tenerife en los tiempos históricos envió sus malvasías al Reino Unido, ahora Escocia envía su whisky a las Islas Canarias, donde ha encontrado fervientes seguidores. Pero el vino sigue siendo en estas tierras el licor preferido, la puerta abierta al olor y al sabor que nos viene a través de las uvas, de las tierras volcánicas de la vieja isla.
Y San Andrés, en sus altares, mira cómo en su víspera la isla se vuelve loca de alegría abriendo las bodegas, mientras surge de las barricas el vino nuevo que hace pareja con las castañas tostadas, mientras corren las tablas y los cacharros.
San Andrés era hermano de San Pedro, apóstol y pescador, pero no le conozco ningún vínculo con el vino o la vid. Tal vez se trata de que la fiesta coincide con la puesta a punto de un milagro, que nada tiene que ver con las Sagradas Escrituras, que se produce en el interior de las bodegas.
Se que Noé un día descubrió las delicias del vino y que desde entonces la humanidad se sintió atraída por este licor que ha alegrado al ser humano y ha producido bellas páginas de la historia de la humanidad, de su literatura y de su arte. Pintores y escritores han dejado constancia de las delicias del vino en sus obras aunque algunos moralistas, intentando frenar los excesos humanos, han mostrado el otro lado de la moneda.
Borrachos célebres ha tenido la humanidad, que han sido castigados por la moral y por la historia. Bebedores de buen vino ha habido muchos más que han disfrutado de las delicias del licor y permanecen en el anonimato apurando suavemente su copa en el rito del buen beber.
También en las Islas, los artistas han dejado constancia de su admiración hacia el vino o hacia las faenas que su producción exigen. El acuarelista Bonnín dejó una serie de tablas sobre el vino y no fue menos el castellano Mariano de Cossío o Antonio Torres, que tanto en Tenerife como en su exilio venezolano, dejó constancia de su arte con su famosa serie de Borrachos que en ambas orillas atlánticas plasmó el artista güimarero.
Poetas y escritores isleños rindieron culto a Baco, el hijo de Júpiter y Semele, Dios de vendimias y vinos. Tascas literarias hubo varias en Santa Cruz y en La Laguna, donde nuestros poetas, además de beber, que era el rito obligado, dieron suelta a su ingenio en páginas ya olvidadas, o que quedó plasmado a golpe de pluma estilográfica en la blancura del papel. Y hasta en las paredes de la tasca de la lagunera La Oficina se pueden leer los versos inspirados en aquellos vates.
El hombre de la calle, el que casi nunca pasa a la historia por sí solo, también ha sabido cantar al vino. Y lo hace de boca en boca. Con elogios cálidos o rechazos radicales, nuestro hombre, que sabe de vinos casi tanto como los técnicos, da el anuncio de la buena bodega, de la mejor barrica, de la botella especial que no solo quita la sed, sino que produce el suave placer que un lejano día descubrió Noe.

LA NOCHE DE LAS BODEGAS.
Es la noche grande del vino; es la noche mágica, cuando se abren las bodegas y la Isla se llena de ruidos nuevos.
Es la noche de San Andrés.
Siempre ha sido así: En la noche de San Andrés se abren las bodegas, se corren los carros, según tradición popular, y se prueba el vino nuevo que ha estado encerrado, desde septiembre, en la paz permanente de la bodega.
Atrás queda el esfuerzo físico de cada día, el sudor del trabajo. Después fue el arte de cada cual. Y ahora mismo, cuando se celebra la fiesta, todo está en su punto para descubrir el milagro de cada año. Sardinas asadas, castañas tostadas, carne fiesta, pan de matalauva... Un vaso en cada mano y la botella pendiente del giro silencioso para que brote el vino. Y el vino sale, se desliza en el interior del cristal y se va depositando en el recipiente. Una leve espuma cubre la superficie del líquido. El bodeguero mira sonriente a la concurrencia y huele el aire. El vino se distribuye vaso a vaso en un rito lento, parsimonioso, casi religioso.
La nariz recibe el primer impacto y pasa a la boca, el vino donde las papilas agradecen la caricia. Y el licor entra en el cuerpo... Las interrogantes se desdibujan. Y se concreta el asentimiento. Y se rompe el silencio y las palabras brotan sin ritmo, porque el milagro está hecho, como todos los años. El rito se hace mecánico y las botellas van pasando de mano en mano, y los vasos se llenan y se vacían y se vuelven a llenar. Y ¡Viva San Andrés!
Gilberto Alemán
De su libro "Se abren las Bodegas"
Casa del Vino. Cabildo Insular de Tenerife. 1995.

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