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SE ABREN LA BODEGAS
SAN ANDRES.
Día 30 de noviembre, festividad de San Andrés. La
noche anterior se abren las bodegas y Tenerife se mueve en una
gran fiesta. Pero San Andrés nada tiene que ver con el
vino, da nombre a un barrio santacrucero o a un pueblo de La Palma
y a muchos pueblos, lugares y ciudades del mundo, especialmente
en Sudamérica. Además es el santo patrono de Escocia,
tierra del whisky, cuya bandera, que es exactamente igual a la
tinerfeña, tiene la cruz de San Andrés como elemento
definidor.
Si Tenerife en los tiempos históricos envió sus
malvasías al Reino Unido, ahora Escocia envía su
whisky a las Islas Canarias, donde ha encontrado fervientes seguidores.
Pero el vino sigue siendo en estas tierras el licor preferido,
la puerta abierta al olor y al sabor que nos viene a través
de las uvas, de las tierras volcánicas de la vieja isla.
Y San Andrés, en sus altares, mira cómo en su víspera
la isla se vuelve loca de alegría abriendo las bodegas,
mientras surge de las barricas el vino nuevo que hace pareja con
las castañas tostadas, mientras corren las tablas y los
cacharros.
San Andrés era hermano de San Pedro, apóstol y pescador,
pero no le conozco ningún vínculo con el vino o
la vid. Tal vez se trata de que la fiesta coincide con la puesta
a punto de un milagro, que nada tiene que ver con las Sagradas
Escrituras, que se produce en el interior de las bodegas.
Se que Noé un día descubrió las delicias
del vino y que desde entonces la humanidad se sintió atraída
por este licor que ha alegrado al ser humano y ha producido bellas
páginas de la historia de la humanidad, de su literatura
y de su arte. Pintores y escritores han dejado constancia de las
delicias del vino en sus obras aunque algunos moralistas, intentando
frenar los excesos humanos, han mostrado el otro lado de la moneda.
Borrachos célebres ha tenido la humanidad, que han sido
castigados por la moral y por la historia. Bebedores de buen vino
ha habido muchos más que han disfrutado de las delicias
del licor y permanecen en el anonimato apurando suavemente su
copa en el rito del buen beber.
También en las Islas, los artistas han dejado constancia
de su admiración hacia el vino o hacia las faenas que su
producción exigen. El acuarelista Bonnín dejó
una serie de tablas sobre el vino y no fue menos el castellano
Mariano de Cossío o Antonio Torres, que tanto en Tenerife
como en su exilio venezolano, dejó constancia de su arte
con su famosa serie de Borrachos que en ambas orillas atlánticas
plasmó el artista güimarero.
Poetas y escritores isleños rindieron culto a Baco, el
hijo de Júpiter y Semele, Dios de vendimias y vinos. Tascas
literarias hubo varias en Santa Cruz y en La Laguna, donde nuestros
poetas, además de beber, que era el rito obligado, dieron
suelta a su ingenio en páginas ya olvidadas, o que quedó
plasmado a golpe de pluma estilográfica en la blancura
del papel. Y hasta en las paredes de la tasca de la lagunera La
Oficina se pueden leer los versos inspirados en aquellos vates.
El hombre de la calle, el que casi nunca pasa a la historia por
sí solo, también ha sabido cantar al vino. Y lo
hace de boca en boca. Con elogios cálidos o rechazos radicales,
nuestro hombre, que sabe de vinos casi tanto como los técnicos,
da el anuncio de la buena bodega, de la mejor barrica, de la botella
especial que no solo quita la sed, sino que produce el suave placer
que un lejano día descubrió Noe.
LA NOCHE DE LAS BODEGAS.
Es la noche grande del vino; es la noche mágica, cuando
se abren las bodegas y la Isla se llena de ruidos nuevos.
Es la noche de San Andrés.
Siempre ha sido así: En la noche de San Andrés se
abren las bodegas, se corren los carros, según tradición
popular, y se prueba el vino nuevo que ha estado encerrado, desde
septiembre, en la paz permanente de la bodega.
Atrás queda el esfuerzo físico de cada día,
el sudor del trabajo. Después fue el arte de cada cual.
Y ahora mismo, cuando se celebra la fiesta, todo está en
su punto para descubrir el milagro de cada año. Sardinas
asadas, castañas tostadas, carne fiesta, pan de matalauva...
Un vaso en cada mano y la botella pendiente del giro silencioso
para que brote el vino. Y el vino sale, se desliza en el interior
del cristal y se va depositando en el recipiente. Una leve espuma
cubre la superficie del líquido. El bodeguero mira sonriente
a la concurrencia y huele el aire. El vino se distribuye vaso
a vaso en un rito lento, parsimonioso, casi religioso.
La nariz recibe el primer impacto y pasa a la boca, el vino donde
las papilas agradecen la caricia. Y el licor entra en el cuerpo...
Las interrogantes se desdibujan. Y se concreta el asentimiento.
Y se rompe el silencio y las palabras brotan sin ritmo, porque
el milagro está hecho, como todos los años. El rito
se hace mecánico y las botellas van pasando de mano en
mano, y los vasos se llenan y se vacían y se vuelven a
llenar. Y ¡Viva San Andrés!
Gilberto Alemán
De su libro "Se abren las Bodegas"
Casa del Vino. Cabildo Insular de Tenerife. 1995.
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