Edición Nº14 Octubre 2002

Los Adoquines de Auguste Dupin

Por Fabián Cercano Pérez
       Maestro Licorista
       La Vieja Licorería

Siempre me han gustado esos viejos bares de barrio que, entrados apenas en la madrugada, sostienen contra su barra a los últimos parroquianos que se resisten a dormir. Me gusta tomarme en ellos un ultimo café y observar lo que rodea, o dar un vistazo rápido a ese periódico que los primeros minutos del nuevo día han convertido en viejo.
En la barra siempre recala algún guardia jurado camino del trabajo, algún borrachoque daría su vida por defender el pampero que sostiene, o esa pareja de marcha que descansa sus cuerpos y sus miradas en el lomo anaranjado de un bocadillo hecho con pan del día anterior.
Me gusta también en las abigarradas estanterías o vitrinas que enmarcan el ir y venir del camarero de turno; siempre llenas de botellas, llaveros de variada procedencia, garrotes nudosos para el mal pagador, cerámicas con proverbios de taberna, y todo tipo de cachivaches kistch que parecen sacados del Celtiberia Show del añorado Carandell.
Invariablemente están las botellas de whisky etiqueta negra, un Carlos I al que le faltan un par de copas, un Cardenal Mendoza acaso sin abrir con un malta que jamás se pedirá, un par de botellas de coñac y calvados que nunca se abrirán. Y rones, ginebra y vodkas de rápido consumo, y como no, licores.
Entre ellos no falta el de mora, el de avellana, el de manzana, el de melocotón o ese amaretto que elaboran en Saronno desde siglo atrás. Entre ellos, un tanto olvidados pero hieráticos en su nobleza, a menudo descubro alguna botella de chartreuse verde o amarillo que los padres Cartujos elaboran desde hace cientos de años con una mezcla secreta de ciento treinta hierbas, cortezas y flores. También veo algún Benedectine de cuerpo verde y el sabor intenso de sus 40 grados, que pasea en el cuerpo de su hermosa botella la cinta DOM ( DEO OPTIMO MAXIMO ) como una miss la suya.
A veces veo una botella de exquisito Calisay, prodigioso licor Catalán que llegó a ser considerado uno de los mejores del mundo en los pasado años veinte y treinta del pasado siglo.
También ese rejuvenecido licor que a base de publicidad está descubriendo la juventud sin imaginarse que son los 43 diferentes sabores que lo conforman quienes le dan su nombre.
En algún bar he logrado descubrir alguna botella de absenta, pero su color verde chillón de colorante y fuerte aroma a esencia siempre me ha hecho desistir de pedirla. Dudo que en ninguna de esas absentas esté el Hada Verde que muchos buscamos.
Pienso en otra época, en una época pasada en la que los licores eran los reyes de la mesa y de la barra, de los cafés de la bohemia y en los salones de lujo más exquisitos; en aquellas fiestas de la Florencia del Renacimiento y en su Alkermes di Firenza de paladar exclusivo, y pienso en mis quebraderos de cabeza para conseguir la flor de Iris, uno de los elementos que le daban personalidad única a aquel licor.
Unos pensamientos se encadenan con otros y como el Aguste Dupin de Poe, los míos me llevan hasta Hollywood y a sus películas de vaqueros. Pienso si la hegemonía actual del whisky no sea debida a lo bien que saben vendernos los americanos todo lo suyo, esa idea del hombre íntegro, siempre con un cigarro en la comisura de los labios y un vaso de "agua de fuego" en la mano. Creo haber leído en algún sitio que aquel vaquero de porte atlético murió de enfisema pulmonar hace tiempo.
Mientras el borracho pide el penúltimo pampero, me da por pensar que pasaría si los restaurantes empezaran a invitar a un chupito de malta, de armagnac o acaso de Cardenal Mendoza; o que pasaría si una vez terminado los dos platos principales de una comida, el jefe de sala le dijera a uno, como sí tal cosa: le invito a un postrito.
Pasaría que la gente, que tiene tendencia a mal acostumbrarse, lo tomaría por norma y siempre acabaría uno las comidas con el sabor de la carne o del pescado y confiando que nuestro guiño al camarero nos sirviera para endulzar la boca. Sería frustrante para gente como Pedro de El Duende, o Lucas de EL Drago ver como todo su arte se diluye en invitaciones.
Pienso en esa pléyade de licores de bajo costo hecho a base de esencias, de sabor y color artificial que inundaron el mercado a partir de los 80s del pasado siglo, echando por tierra el noble y antiguo arte de la licorería y desplazando a los clásicos a un rincón de las estanterías.
Mientras la noche se traga al borracho que acaba de limpiar su último vaso me da por pensar en los dioses y en sus dulces néctares que nos legó la mitología y, mientras veo en la tele lejana del otro extremo de la barra, ausentado su volumen por el griterío del bar, al Madrid meterle un chorro de goles a no se que pardillo en la champions, voy imaginándomelos llevarse a los labios una copa de whisky.
Y pidiendo después una vez que se han abrasado la garganta y las entrañas al sirviente una copa de agua para añadir al whisky; pero eso si, traída de un riachuelo de montaña de las Highlands.

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