Edición Nº8 Marzo 2002

EL VINO QUE SURGIO DEL PASADO

En raras ocasiones el presente y el pasado pueden estrecharse la mano. El prodigio, casi siempre, lo obra la casualidad. Imaginen que en unas obras se derriba una pared en una vieja propiedad familiar y aparece una caja con fotografías de los antepasados, de unos tatarabuelos a los que no llegamos a conocer y de los que sólo teníamos esas referencias verbales que se transmiten de generación en generación y que el tiempo se ha encargado de menguar y difuminar.
La emoción de un descubrimiento semejante se ha podido vivir en Tenerife a propósito de los antiguos malvasías que se obtenían en la isla, de los célebres Canary Sack, que llegaron a ser uno de los vinos más cotizados del mundo y que marcaron toda una época histórica, abundante en episodios, en alegrías y reveses, que transformó todos los aspectos de la vida.
El hallazgo casual de un considerable número de botellas, encorchadas, lacradas, con etiquetas manuscritas en redondilla y todas ellas fechadas entre los años ochenta del XIX y los diez del XX, al derribar una pared en una propiedad de la familia Benítez de Lugo, nos puede traer ahora esa fotografía de lo que fueron los Canary Sack, que vivieron su gran apogeo a partir de mediados del siglo XVI. Unos vinos dulces, amargos y ácidos a la vez, según las crónicas, envejecidos en toneles. Parece que fue en un tonel de malvasía donde pidió morir ahogado el duque de Clarence. Con este vino perfumaban también las damas de las cortes europeas sus pañuelos, y Shakespeare lo consideraba un néctar suficientemente preciado como para que un solo vaso y un muslo de capón convencieran a su personaje Falstaff de vender su alma al diablo.
Pasado el tiempo, estos vinos sucumbieron ante los primeros litigios con los ingleses, que terminaron sustituyéndolos por los de la isla de la Madera. Fueron días aciagos para los viticultores isleños. Como escribió Leoncio Rodríguez, en sus Estampas Tinerfeñas, llegó el acontecimiento adverso, "la revolución en Inglaterra y la paralización del comercio de los vinos. Restauración en el trono de Carlos II, y restablecimiento de la industria bajo el monopolio de la Compañía Inglesa. Protesta de los ayuntamientos y acuerdo de extrañar de la isla a todos los corresponsales y factores y de no vender a la Compañía Inglesa bajo severas penas. Revueltas en los pueblos. Cuadrillas de enmascarados asaltando las bodegas, rompiendo las cubas, haciendo correr arroyos del dulce licor. Obstinación de los capitanes generales en proteger el comercio inglés. Severas medidas del general Conde de Puerto?Llano, y destierro del ministro de la Audiencia Martín Bazán de Balde, defensor de los derechos de los cosecheros isleños".
"Por último", termina su retrato histórico Leoncio Rodríguez, "prohibición de la introducción de vinos canarios en Las Barbadas para favorecer a los de la Isla de la Madera. Mensajeros a la Corte; agentes a Londres para restablecer el comercio; memorial del Marqués de Villanueva del Prado <<para que no se dejase secar o agotarse el manantial de la primitiva riqueza de Canarias>>. Proféticas palabras del ilustre prócer tinerfeño, que no tardaron en tener plena confirmación".
La malvasía que contienen estas botellas halladas casualmente se cultivó, según nos cuenta hoy don Luis Fernando Benítez de Lugo y Benítez de Lugo, en una finca situada en el Hoyo de Juan Dana, en el término municipal de La Guancha, un lugar en la actualidad ocupado por plataneras.
Con el tiempo, esa finca quedó sin encargado y las botellas se trasladaron a San Juan de la Rambla, a otra explotación agraria del pago de La Vega conocida por Los Alcaravanes, a donde las trasladó el abuelo de don Luis Fernando, Juan Benítez de Lugo y Velarde. Y allí permanecieron olvidadas, en un cuarto donde el padre de nuestro informante se reunía para hacer cuentas con los encargados. Un día, al hacer unas obras, se derribó una pared y aparecieron las botellas, surgió el descubrimiento o, por mejor decir, redescubrimiento de un pasado vinícola que ahora algunos bodegueros intentan resucitar.
Como sugieren los editores de Bodega Canaria, el hallazgo de estas botellas puede ser una ocasión excelente para completar el retrato de esos vino mediante un análisis de sus características organolépticas. En lo que sería una cata que bien podría calificarse de histórica, un grupo de enólogos o sumilleres de reconocido prestigio abrirían dos o tres de esos vinos venidos del pasado, con sus etiquetas caligrafiadas en redondilla, y nos informarían de sus propiedades y sabores.
Puede argumentarse, es cierto, que los más de cien años transcurridos son demasiados para que esos vinos se hayan conservado en su estado original y mantenido las características que los hicieron únicos. Sin embargo, botellas más antiguas han deparado la sorpresa de que su contenido se mantenía vivo, y el paladar educado de unos enólogos o sumilleres competentes supo indagar a través de los cambios y deterioros que provocó el tiempo hasta llegar a su esencia primera, como un arqueólogo que desentierra y reconstruye una ciudad perdida.
Una sugerencia que obedece no sólo a la curiosidad histórica, sino que también proporcionaría una información preciosa a nuestra viticultura y vinicultura, que contribuiría a favorecer ese feliz ciclo expansivo que viven ahora nuestros vinos. Un mayor conocimiento de su pasado siempre ayudará al presente y al futuro de prosperidad que todos les deseamos.
Don Luis Fernando nos recuerda otra anécdota relacionada con los malvasías tinerfeños. El 17 de diciembre de 1859 llegó al Puerto de la Cruz el buque de guerra austriaco Elizabeth, al mando del capitán Kohen, a bordo del cual venía el Archiduque de Austria Fernando Maximiliano, Emperador de Méjico, quien se hospedó en el único hotel que había entonces, radicado en el número 9 de la plaza de la Constitución, conocida años más tarde por plaza del Charco.
El hotel era propiedad de Pedro Aguilar, y en él había un casino donde se reunía lo más selecto. El Marqués de Celada, Diego Heraclio Antonio Benítez de Lugo y Benítez de Lugo, se puso a disposición del ilustre huésped, quien, según quedó documentado, hizo grandes elogios de la malvasía que le dio a probar.

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