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EL VINO QUE SURGIO DEL PASADO
En raras ocasiones el presente
y el pasado pueden estrecharse la mano. El prodigio, casi siempre,
lo obra la casualidad. Imaginen que en unas obras se derriba una
pared en una vieja propiedad familiar y aparece una caja con fotografías
de los antepasados, de unos tatarabuelos a los que no llegamos
a conocer y de los que sólo teníamos esas referencias
verbales que se transmiten de generación en generación
y que el tiempo se ha encargado de menguar y difuminar.
La emoción de un descubrimiento semejante se ha podido
vivir en Tenerife a propósito de los antiguos malvasías
que se obtenían en la isla, de los célebres Canary
Sack, que llegaron a ser uno de los vinos más cotizados
del mundo y que marcaron toda una época histórica,
abundante en episodios, en alegrías y reveses, que transformó
todos los aspectos de la vida.
El hallazgo casual de un considerable número de botellas,
encorchadas, lacradas, con etiquetas manuscritas en redondilla
y todas ellas fechadas entre los años ochenta del XIX y
los diez del XX, al derribar una pared en una propiedad de la
familia Benítez de Lugo, nos puede traer ahora esa fotografía
de lo que fueron los Canary Sack, que vivieron su gran apogeo
a partir de mediados del siglo XVI. Unos vinos dulces, amargos
y ácidos a la vez, según las crónicas, envejecidos
en toneles. Parece que fue en un tonel de malvasía donde
pidió morir ahogado el duque de Clarence. Con este vino
perfumaban también las damas de las cortes europeas sus
pañuelos, y Shakespeare lo consideraba un néctar
suficientemente preciado como para que un solo vaso y un muslo
de capón convencieran a su personaje Falstaff de vender
su alma al diablo.
Pasado el tiempo, estos vinos sucumbieron ante los primeros litigios
con los ingleses, que terminaron sustituyéndolos por los
de la isla de la Madera. Fueron días aciagos para los viticultores
isleños. Como escribió Leoncio Rodríguez,
en sus Estampas Tinerfeñas, llegó el acontecimiento
adverso, "la revolución en Inglaterra y la paralización
del comercio de los vinos. Restauración en el trono de
Carlos II, y restablecimiento de la industria bajo el monopolio
de la Compañía Inglesa. Protesta de los ayuntamientos
y acuerdo de extrañar de la isla a todos los corresponsales
y factores y de no vender a la Compañía Inglesa
bajo severas penas. Revueltas en los pueblos. Cuadrillas de enmascarados
asaltando las bodegas, rompiendo las cubas, haciendo correr arroyos
del dulce licor. Obstinación de los capitanes generales
en proteger el comercio inglés. Severas medidas del general
Conde de Puerto?Llano, y destierro del ministro de la Audiencia
Martín Bazán de Balde, defensor de los derechos
de los cosecheros isleños".
"Por último", termina su retrato histórico
Leoncio Rodríguez, "prohibición de la introducción
de vinos canarios en Las Barbadas para favorecer a los de la Isla
de la Madera. Mensajeros a la Corte; agentes a Londres para restablecer
el comercio; memorial del Marqués de Villanueva del Prado
<<para que no se dejase secar o agotarse el manantial de
la primitiva riqueza de Canarias>>. Proféticas palabras
del ilustre prócer tinerfeño, que no tardaron en
tener plena confirmación".
La malvasía que contienen estas botellas halladas casualmente
se cultivó, según nos cuenta hoy don Luis Fernando
Benítez de Lugo y Benítez de Lugo, en una finca
situada en el Hoyo de Juan Dana, en el término municipal
de La Guancha, un lugar en la actualidad ocupado por plataneras.
Con el tiempo, esa finca quedó sin encargado y las botellas
se trasladaron a San Juan de la Rambla, a otra explotación
agraria del pago de La Vega conocida por Los Alcaravanes, a donde
las trasladó el abuelo de don Luis Fernando, Juan Benítez
de Lugo y Velarde. Y allí permanecieron olvidadas, en un
cuarto donde el padre de nuestro informante se reunía para
hacer cuentas con los encargados. Un día, al hacer unas
obras, se derribó una pared y aparecieron las botellas,
surgió el descubrimiento o, por mejor decir, redescubrimiento
de un pasado vinícola que ahora algunos bodegueros intentan
resucitar.
Como sugieren los editores de Bodega Canaria, el hallazgo de estas
botellas puede ser una ocasión excelente para completar
el retrato de esos vino mediante un análisis de sus características
organolépticas. En lo que sería una cata que bien
podría calificarse de histórica, un grupo de enólogos
o sumilleres de reconocido prestigio abrirían dos o tres
de esos vinos venidos del pasado, con sus etiquetas caligrafiadas
en redondilla, y nos informarían de sus propiedades y sabores.
Puede argumentarse, es cierto, que los más de cien años
transcurridos son demasiados para que esos vinos se hayan conservado
en su estado original y mantenido las características que
los hicieron únicos. Sin embargo, botellas más antiguas
han deparado la sorpresa de que su contenido se mantenía
vivo, y el paladar educado de unos enólogos o sumilleres
competentes supo indagar a través de los cambios y deterioros
que provocó el tiempo hasta llegar a su esencia primera,
como un arqueólogo que desentierra y reconstruye una ciudad
perdida.
Una sugerencia que obedece no sólo a la curiosidad histórica,
sino que también proporcionaría una información
preciosa a nuestra viticultura y vinicultura, que contribuiría
a favorecer ese feliz ciclo expansivo que viven ahora nuestros
vinos. Un mayor conocimiento de su pasado siempre ayudará
al presente y al futuro de prosperidad que todos les deseamos.
Don Luis Fernando nos recuerda otra anécdota relacionada
con los malvasías tinerfeños. El 17 de diciembre
de 1859 llegó al Puerto de la Cruz el buque de guerra austriaco
Elizabeth, al mando del capitán Kohen, a bordo del cual
venía el Archiduque de Austria Fernando Maximiliano, Emperador
de Méjico, quien se hospedó en el único hotel
que había entonces, radicado en el número 9 de la
plaza de la Constitución, conocida años más
tarde por plaza del Charco.
El hotel era propiedad de Pedro Aguilar, y en él había
un casino donde se reunía lo más selecto. El Marqués
de Celada, Diego Heraclio Antonio Benítez de Lugo y Benítez
de Lugo, se puso a disposición del ilustre huésped,
quien, según quedó documentado, hizo grandes elogios
de la malvasía que le dio a probar.
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