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La Geria
Mi amigo Melo me ha invitado a
pasar unos días en Lanzarote, en la Geria. Aunque me cueste
moverme es una invitación que no puedo rechazar. A mi edad
he aprendido a disfrutar de las cosas que hogaño pasé
por alto y por eso me gusta volver a ese lugar de Lanzarote, a
saborear su paisaje y degustar su vino.
El vino fue la excusa de Melo para invitarme. Él también
está retirado, pero mantiene unos nateros en los que cosecha
el suyo —puntualmente me envía una caja todas las
Navidades—, malvasía claro. Este vino me gusta especialmente
porque no comprendo cómo obtienen en Lanzarote algo tan
dulce de un terreno tan negro, tan ácido, tan seco.
Alguna vez que viajamos juntos me lo explicó. El agua que
llega es muy poca, y la seca la calima casi antes de que la recoja
la tierra y la proteja con el picón. El agua se olvidó
de Lanzarote. En otros tiempos la cosa era distinta, pero ya sólo
queda el recuerdo recogido por Pomponio Mela, que situó
el afluente del agua del olvido por aquí.
Melo se ofreció a enseñarme la Geria un poco más
allá de lo que vemos en las postales de recuerdos o desde
el balcón de ese conocido mirador turístico.
Me gusta detenerme en ese mirador, se ve muy bien la extensión
negra de la Geria. Cuando llegué, el sol estaba en orto
y casi no hacían sombras los semicírculos de piedra
que protegen a las vides, cada uno el suyo.
Yo me siento en la terraza y pido vino, no quiero la botella en
uno de esos cacharros con hielo, pienso que la calima lo va a
derretir, prefiero pedir vaso a vaso del que tienen frío
en la nevera.
Al otro lado del balcón están las mesas alargadas
para los turistas. Llegan en grupo, con sus pantalones cortos
y sus hombros quemados, entran por una puerta, los acercan a la
barandilla, se estrechan, reciben las explicaciones del guía,
les ofrecen las viandas de las mesas y los sacan por la otra puerta,
donde está la tienda de recuerdos. Todo muy metódico.
Hoy no se apretujan mucho en la barandilla, el sol calienta la
calima que ahoga, sólo se arriman las parejitas, estrenan
una alianza brillante en el dedo, ni el sol consigue separarlos.
Mi vaso está frío y el vino dulce, lo acompaño
con jarea muy salada y sigo contando los verdes plantones en sus
semicírculos negros. Ver despacio este paisaje es lo que
se pierden, supongo que dentro de bastantes años alguno
de estos turistas volverá por aquí, se sentará
en mi sitio y disfrutará despacio de estas cosas.
Para llegar al encuentro Melo me explicó que, debía
seguir la carretera del mirador, llegaría al cartel que
todo el mundo conoce: “Se recomienda no circular por la
zona desde el atardecer, ya que el color negro del asfalto se
puede confundir con el picón y tener un accidente”,
después debía tomar la primera servidumbre de paso
que encontrara.
Al entrar en el camino paré el coche. Es verdad que los
dos negros se confunden y no se sabe dónde empieza el asfalto
y dónde la tierra que alimenta a la vid. Lo del cartel
tiene su gracia, pero es cierto que, a partir de las seis de la
tarde, ya no llegan excursiones de turistas al mirador —lo
comprobé en la guía— desde esa hora la carretera
deja de estar tan transitada.
Bajé del coche y oí al viento. Siempre hay viento
en Lanzarote, gime como un humano cuando choca con los muros de
piedra que protegen las vides. El viento sostiene al cernícalo
en el aire, atento al lagarto y al trasiego del alcaraván
que va y viene desde la tabaiba dulce a las vides. El viento trae
con fuerza el polvo de la calima y el que levanta del picón,
no entiendo la paciencia de estos hombres de levantar piedra a
piedra los muros, si no es por el beneficio del sabor de su vino.
Detrás de la Geria está el volcán, él
parió todas estas piedras y las hizo duras, cortantes.
Cogerlas una a una para crear los muros hace callos en las manos
y en la espalda.
Melo está alejado trabajando, tapada la cara, el cuello,
los brazos, no es el uniforme de los italianos del mirador. Camina
con cuidado por el picón para que sus piedrecillas no vayan
enterrando la vid y para que los muros no se derrumben. Se aproxima
a la planta y trabaja en ella. Después a otra y así
durante la jornada, no es un oficio muy variado no.
Él había terminado su jornada. Mientras se sacudía
todo el polvo que había recogido en la labor me dijo que
iríamos a comer pronto.
—No quiero que se te haga tarde conduciendo por esos caminos.
—Claro, porque el asfalto se confunde con el negro de la
Geria.
—Bueno, eso es lo que dice el cartel, lo que se quiere es
que la gente no circule a esas horas por estos lugares.
—Oye, no tengo prisa, si quieres te ayudo a colocar esos
muros que ha tirado el viento.
—No te preocupes, mi parte del trabajo está hecha,
el resto corresponde a los ventolines.
Comimos junto con otros labradores, hablaban de sus plantas, las
conocían una a una, si quisieran les ponían nombres
distintos a todas.
Eran terrenos heredados, y se quejaban —los labradores siempre
se quejan— del precio del vino, del rendimiento que daba
el terreno y que se veían obligados a solicitar subvenciones
para mantener los cultivos.
—A mí, todos los años me ofrecen una fortuna
por vender, no lo puedo hacer, que no me dejan, que todo esto
está protegido. Pero son muchas gotas de sudor cada día
para que la planta medre. En el año sólo tengo de
alegría cuando toca abrir las barricas y sentir como vira
el sabor salado del sudor en fresco vino de fruta dulce.
—Supongo que se referirán a lo de la Reserva de la
Biosfera, pregunté.
—Sí y no, ahora no podemos vender, pero esto ya ocurría
desde hace mucho tiempo, desde siempre. Desde que llegaron los
ventolines.
Yo creía que los ventolines era el nombre de una familia
de la tierra o algo así, pero después me enteré
que se referían a unos duendes que llegaron en el barco,
junto con los gallegos y asturianos que recogió Juan de
Bethencourt en su viaje conquistador hacia Lanzarote.
—Si hubiera un poco de agua, un pequeño riachuelo
como en otros tiempos, no tendríamos que dejarnos las entrañas
en esta tierra.
—Pero ese río nunca existió.
—Sí, sí existió. Lo describió
un romano, pero el volcán se lo llevó. El volcán
nos dejó buena tierra pero se llevó el agua. El
vino necesita de las dos cosas.
—A mí no me gusta lamentarme, además este
señor no se puede retrasar, que cae la tarde y ya se sabe,
la carretera no se ve bien.
Les pregunté por los ventolines. Al parecer seres que traen
la lluvia, no entendía la leyenda de seres que traen lluvia
en un lugar de calima. Melo, en un aparte de la conversación,
me lo explicó.
—Aquí no puede traer lluvia ni un ejército
de ventolines. Llegaron en el barco con los conquistadores, y
no podían volver a su tierra, se tenían que quedar
aquí. Por eso llegaron a un acuerdo con los seres, estos
construirían los muros de la Geria, a cambio los hombres
cuidarían la vid y la tierra, que nunca podría venderse
y pasaría de padres a hijos.
Era una bonita historia, a mí siempre me han gustado este
tipo de fantasías y he recopilado alguna de estas leyendas
cuando me ha tocado viajar. Imaginé que, como en otros
lugares, estos seres no serían visibles y su actividad
se desarrollaría por la noche. No me hablaron de su aspecto
ni dieron otros detalles, los hombres de campo no son muy dados
al parloteo.
La comida ya había terminado, en la sobremesa me recordaron
varias veces lo peligroso que resulta el viajar después
de la caída del sol por esa carretera. Fue tanta la insistencia
por mi seguridad que decidí despedirme del grupo. Quedé
con Melo para el día siguiente, me llevaría a la
fresca bodega.
De regreso el sol ya estaba en el ocaso, por debajo de mis ojos
al conducir. Ahora la calima daba un color rojo al paisaje y la
luz creaba sombras muy alargadas, que crecían para ir dando
paso a la noche. Paré justo en el mismo lugar de la mañana,
junto al cartel, para fumarme un pitillo mientras contemplaba
el final del día, hoy no se verían estrellas, mucha
calima. Detrás de mí aún se oía a
los lagartos en su trasiego. De seguir así moverían
las piedras de los muros caídos esta mañana. Un
poco tarde ya, debían estar aprovechando las últimas
luces. Poco a poco se confundían los colores del picón
de la Geria y del asfalto. El mensaje del cartel debía
ser efectivo, no se veía ningún coche, todo desierto,
todo en silencio, menos los lagartos. ¡Conejos!, tenían
que ser conejos y no lagartos, mucho ruido. Tampoco se les ve,
su color pardo les confunde con el terreno.
Como no había nadie saqué mi cámara de fotos
para hacer una pillería. Con el flash intentaría
deslumbrar a alguno para ver como se queda inmóvil un segundo.
La verdad es que lo intenté varias veces, no conseguí
ver a ninguno. Decidí buscar el sitio de la mañana
donde estaban los muros caídos para entrar un poco en el
natero sin romper nada. Cuando me acerqué a la linde del
terreno cesaron todos los ruidos, supongo que se quedaron todos
quietos, agazapados. Se veía muy poco ya y no era capaz
de encontrar el lugar. Caminé unos pasos arriba y abajo
y no lo localizaba, todos esos muros parecen iguales, tan semicirculares,
con sus piedras en equilibrio. Sólo el silencio, no se
oía nada, me quedaría con las ganas de acertarles.
Reparé en que me había alejado bastante del coche
y decidí irme, ya era tarde. Antes de subir volví
a oírlos con claridad, esta vez por el otro lado, estaban
removiendo mucho el terreno y lo hacían con fuerza, incluso
eran capaces de mover las piedras.
José Antonio Moreno Fernández
España
jmorfer@telefonica.net |