DOcUMENTO Edición Nº22 Julio 2003


La Geria

Mi amigo Melo me ha invitado a pasar unos días en Lanzarote, en la Geria. Aunque me cueste moverme es una invitación que no puedo rechazar. A mi edad he aprendido a disfrutar de las cosas que hogaño pasé por alto y por eso me gusta volver a ese lugar de Lanzarote, a saborear su paisaje y degustar su vino.

El vino fue la excusa de Melo para invitarme. Él también está retirado, pero mantiene unos nateros en los que cosecha el suyo —puntualmente me envía una caja todas las Navidades—, malvasía claro. Este vino me gusta especialmente porque no comprendo cómo obtienen en Lanzarote algo tan dulce de un terreno tan negro, tan ácido, tan seco.
Alguna vez que viajamos juntos me lo explicó. El agua que llega es muy poca, y la seca la calima casi antes de que la recoja la tierra y la proteja con el picón. El agua se olvidó de Lanzarote. En otros tiempos la cosa era distinta, pero ya sólo queda el recuerdo recogido por Pomponio Mela, que situó el afluente del agua del olvido por aquí.
Melo se ofreció a enseñarme la Geria un poco más allá de lo que vemos en las postales de recuerdos o desde el balcón de ese conocido mirador turístico.
Me gusta detenerme en ese mirador, se ve muy bien la extensión negra de la Geria. Cuando llegué, el sol estaba en orto y casi no hacían sombras los semicírculos de piedra que protegen a las vides, cada uno el suyo.

Yo me siento en la terraza y pido vino, no quiero la botella en uno de esos cacharros con hielo, pienso que la calima lo va a derretir, prefiero pedir vaso a vaso del que tienen frío en la nevera.
Al otro lado del balcón están las mesas alargadas para los turistas. Llegan en grupo, con sus pantalones cortos y sus hombros quemados, entran por una puerta, los acercan a la barandilla, se estrechan, reciben las explicaciones del guía, les ofrecen las viandas de las mesas y los sacan por la otra puerta, donde está la tienda de recuerdos. Todo muy metódico.

Hoy no se apretujan mucho en la barandilla, el sol calienta la calima que ahoga, sólo se arriman las parejitas, estrenan una alianza brillante en el dedo, ni el sol consigue separarlos.
Mi vaso está frío y el vino dulce, lo acompaño con jarea muy salada y sigo contando los verdes plantones en sus semicírculos negros. Ver despacio este paisaje es lo que se pierden, supongo que dentro de bastantes años alguno de estos turistas volverá por aquí, se sentará en mi sitio y disfrutará despacio de estas cosas.

Para llegar al encuentro Melo me explicó que, debía seguir la carretera del mirador, llegaría al cartel que todo el mundo conoce: “Se recomienda no circular por la zona desde el atardecer, ya que el color negro del asfalto se puede confundir con el picón y tener un accidente”, después debía tomar la primera servidumbre de paso que encontrara.
Al entrar en el camino paré el coche. Es verdad que los dos negros se confunden y no se sabe dónde empieza el asfalto y dónde la tierra que alimenta a la vid. Lo del cartel tiene su gracia, pero es cierto que, a partir de las seis de la tarde, ya no llegan excursiones de turistas al mirador —lo comprobé en la guía— desde esa hora la carretera deja de estar tan transitada.

Bajé del coche y oí al viento. Siempre hay viento en Lanzarote, gime como un humano cuando choca con los muros de piedra que protegen las vides. El viento sostiene al cernícalo en el aire, atento al lagarto y al trasiego del alcaraván que va y viene desde la tabaiba dulce a las vides. El viento trae con fuerza el polvo de la calima y el que levanta del picón, no entiendo la paciencia de estos hombres de levantar piedra a piedra los muros, si no es por el beneficio del sabor de su vino. Detrás de la Geria está el volcán, él parió todas estas piedras y las hizo duras, cortantes. Cogerlas una a una para crear los muros hace callos en las manos y en la espalda.

Melo está alejado trabajando, tapada la cara, el cuello, los brazos, no es el uniforme de los italianos del mirador. Camina con cuidado por el picón para que sus piedrecillas no vayan enterrando la vid y para que los muros no se derrumben. Se aproxima a la planta y trabaja en ella. Después a otra y así durante la jornada, no es un oficio muy variado no.
Él había terminado su jornada. Mientras se sacudía todo el polvo que había recogido en la labor me dijo que iríamos a comer pronto.

—No quiero que se te haga tarde conduciendo por esos caminos.

—Claro, porque el asfalto se confunde con el negro de la Geria.

—Bueno, eso es lo que dice el cartel, lo que se quiere es que la gente no circule a esas horas por estos lugares.

—Oye, no tengo prisa, si quieres te ayudo a colocar esos muros que ha tirado el viento.

—No te preocupes, mi parte del trabajo está hecha, el resto corresponde a los ventolines.

Comimos junto con otros labradores, hablaban de sus plantas, las conocían una a una, si quisieran les ponían nombres distintos a todas.
Eran terrenos heredados, y se quejaban —los labradores siempre se quejan— del precio del vino, del rendimiento que daba el terreno y que se veían obligados a solicitar subvenciones para mantener los cultivos.

—A mí, todos los años me ofrecen una fortuna por vender, no lo puedo hacer, que no me dejan, que todo esto está protegido. Pero son muchas gotas de sudor cada día para que la planta medre. En el año sólo tengo de alegría cuando toca abrir las barricas y sentir como vira el sabor salado del sudor en fresco vino de fruta dulce.

—Supongo que se referirán a lo de la Reserva de la Biosfera, pregunté.

—Sí y no, ahora no podemos vender, pero esto ya ocurría desde hace mucho tiempo, desde siempre. Desde que llegaron los ventolines.
Yo creía que los ventolines era el nombre de una familia de la tierra o algo así, pero después me enteré que se referían a unos duendes que llegaron en el barco, junto con los gallegos y asturianos que recogió Juan de Bethencourt en su viaje conquistador hacia Lanzarote.
—Si hubiera un poco de agua, un pequeño riachuelo como en otros tiempos, no tendríamos que dejarnos las entrañas en esta tierra.
—Pero ese río nunca existió.
—Sí, sí existió. Lo describió un romano, pero el volcán se lo llevó. El volcán nos dejó buena tierra pero se llevó el agua. El vino necesita de las dos cosas.

—A mí no me gusta lamentarme, además este señor no se puede retrasar, que cae la tarde y ya se sabe, la carretera no se ve bien.
Les pregunté por los ventolines. Al parecer seres que traen la lluvia, no entendía la leyenda de seres que traen lluvia en un lugar de calima. Melo, en un aparte de la conversación, me lo explicó.

—Aquí no puede traer lluvia ni un ejército de ventolines. Llegaron en el barco con los conquistadores, y no podían volver a su tierra, se tenían que quedar aquí. Por eso llegaron a un acuerdo con los seres, estos construirían los muros de la Geria, a cambio los hombres cuidarían la vid y la tierra, que nunca podría venderse y pasaría de padres a hijos.
Era una bonita historia, a mí siempre me han gustado este tipo de fantasías y he recopilado alguna de estas leyendas cuando me ha tocado viajar. Imaginé que, como en otros lugares, estos seres no serían visibles y su actividad se desarrollaría por la noche. No me hablaron de su aspecto ni dieron otros detalles, los hombres de campo no son muy dados al parloteo.

La comida ya había terminado, en la sobremesa me recordaron varias veces lo peligroso que resulta el viajar después de la caída del sol por esa carretera. Fue tanta la insistencia por mi seguridad que decidí despedirme del grupo. Quedé con Melo para el día siguiente, me llevaría a la fresca bodega.

De regreso el sol ya estaba en el ocaso, por debajo de mis ojos al conducir. Ahora la calima daba un color rojo al paisaje y la luz creaba sombras muy alargadas, que crecían para ir dando paso a la noche. Paré justo en el mismo lugar de la mañana, junto al cartel, para fumarme un pitillo mientras contemplaba el final del día, hoy no se verían estrellas, mucha calima. Detrás de mí aún se oía a los lagartos en su trasiego. De seguir así moverían las piedras de los muros caídos esta mañana. Un poco tarde ya, debían estar aprovechando las últimas luces. Poco a poco se confundían los colores del picón de la Geria y del asfalto. El mensaje del cartel debía ser efectivo, no se veía ningún coche, todo desierto, todo en silencio, menos los lagartos. ¡Conejos!, tenían que ser conejos y no lagartos, mucho ruido. Tampoco se les ve, su color pardo les confunde con el terreno.

Como no había nadie saqué mi cámara de fotos para hacer una pillería. Con el flash intentaría deslumbrar a alguno para ver como se queda inmóvil un segundo. La verdad es que lo intenté varias veces, no conseguí ver a ninguno. Decidí buscar el sitio de la mañana donde estaban los muros caídos para entrar un poco en el natero sin romper nada. Cuando me acerqué a la linde del terreno cesaron todos los ruidos, supongo que se quedaron todos quietos, agazapados. Se veía muy poco ya y no era capaz de encontrar el lugar. Caminé unos pasos arriba y abajo y no lo localizaba, todos esos muros parecen iguales, tan semicirculares, con sus piedras en equilibrio. Sólo el silencio, no se oía nada, me quedaría con las ganas de acertarles. Reparé en que me había alejado bastante del coche y decidí irme, ya era tarde. Antes de subir volví a oírlos con claridad, esta vez por el otro lado, estaban removiendo mucho el terreno y lo hacían con fuerza, incluso eran capaces de mover las piedras.

José Antonio Moreno Fernández
España
jmorfer@telefonica.net

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