L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº30 2005


LA PIPA DE MI ABUELO

Título: VINO Y VOLCANES

Autor: Apeles R. Ortega

Hace unas semanas se desató la alarma entre las buenas gentes de Tenerife, convencidas del estallido inminente de un volcán en la isla. El rumor fue tan grande que el presidente del Cabildo, Ricardo Melchior, ordenó a su gabinete de prensa que difundiera una nota en la que se desmentía el peligro, se censuraba a quienes propagaban noticias infundadas y se pedía cordura. Tal era el panorama que los periódicos grancanarios llamaban a sus colegas tinerfeños para preguntarles si era verdad que la Subdelegación del Gobierno había pedido millares de máscaras antigás, y hasta La Opinión de Tenerife publicó un suelto en el que se negaba que el portaaviones Príncipe de Asturias y otros buques de la Armada hubiesen zarpado a toda máquina para venir a evacuar a la población...
Como el delirio suele llegar acompañado, a que cundiera el pánico contribuyó, sin duda, una insistencia digna de mejor causa, la del británico Bill McGuire, director del Centro de Investigaciones de Acontecimientos Peligrosos Benfiel Grieg de Londres, en vaticinar para casi ya mismo un cataclismo volcánico en Cumbre Vieja, en La Palma, y el consecuente hundimiento de la isla, que se la tragaría el mar.
Digo insistencia porque el profesor McGuire nos sorprendió con su dislate hace cuatro o cinco años, y este verano volvió a airearlo. Afirma que morirán más de cien millones de personas porque el hundimiento de La Palma provocaría un maremoto (o, como dicen los periodistas amantes del barbarismo, un tsunami) con olas de cien metros de altura, que se desplazarían a una velocidad de 800 kilómetros por hora y, en poco tiempo, borrarían del mapa para siempre al resto de Canarias, la costa oeste de África, las islas del Caribe y la costa este de los Estados Unidos y Canadá...
Ignoro si este profesor busca por la vía del alarmismo que le den dinero para financiar sus investigaciones, o si sólo es un amante del cine de catástrofes que de niño se traumatizó viendo la película de Maximiliam Schell ‘Al este de Java’, donde un barquito desvencijado se enfrentaba a la ola gigantesca que provocó la erupción del Krakatoa.
Se me ocurre que podríamos invitarlo a venir a Canarias y, para que la conozca mejor, que le sirva de guía cualquier científico reputado de las islas. No los conozco personalmente y sólo sé de su labor a través de mi trabajo en la prensa, pero creo que el vulcanólogo Carracedo, o Nemesio Pérez, que investiga los terremotos analizando los gases que emanan de los pozos próximos a los volcanes, podrían guiar a McGuire por el archipiélago para que conozca su naturaleza y, sobre todo, lo que en justicia pueden considerarse sus catedrales: sus paisajes agrarios, conjunción perfecta entre el estallido de los volcanes y el posterior y fatigoso trabajo de sus habitantes. Así comprobaría que, en estas islas, de las erupciones históricas sólo causó muertes la de Garachico, pueblo grande en su adversidad, y las demás acarrearon más beneficios y ganancias que problemas. Hasta cultivamos viñas gracias a ellas.
Que lo lleven primero a visitar Lanzarote, para que se deleite con Timanfaya y, además, se asombre de que esta isla es vinícola gracias a una prolongada erupción, desde 1730 hasta 1736. El volcán cubrió los campos de polvo y piedra pómez, mejorando el suelo hasta tal punto que pudieron plantarse las vides que antes no se daban. Con razón han llamado al de esta isla «el viñedo de lo imposible», pues la arena volcánica cubre el suelo vegetal favoreciendo la rápida filtración de la escasa lluvia y evitando las escorrentías y la evaporación, además de mantener constante la temperatura del suelo y aportar elementos minerales. Esto ha conformado paisajes únicos de hileras o semicírculos de piedra que protegen de los alisios a la uva, que sobrevive agachada tras el muro. La planta hasta tiene mayor longevidad, pese al entorno hostil.
Que le recuerden que en 1971 estalló el Teneguía en Fuencaliente. Tuve la suerte de vivir el acontecimiento y gozar del espectáculo que brindaba la naturaleza, de presenciar de noche como el volcán disparaba al cielo sus erupciones y de ver el río de lava deslizándose ladera abajo hacia el mar. Aunque semanas antes de la primera erupción los temblores de tierra que la precedieron nos asustaron un poco, lo cierto es que los palmeros nos lo tomamos con calma y, como suele ocurrir entre nosotros, con tanta novelería que en La Palma se conocieron los primeros atascos de tráfico, pues desde todos los lugares de la isla llegaban caravanas interminables de coches y las guaguas organizaban servicios especiales.
En esa época era costumbre ir a Fuencaliente a comer carne de cochino asada con carbón, y hasta un cochino entero que se dejaba hacer durante varias horas enterrado en un hoyo con brasas encendidas, con el vino del lugar. Aunque la lava acabó con más de una parcela de viñas, y la riada humana para ver el volcán no siempre respetó los terrenos plantados, lo cierto es que toda esa gente comía y bebía y en el municipio hicieron el agosto todos los establecimientos del ramo, y muchos vecinos improvisaron asaderos y guachinches en la puerta de su casa para sacar provecho del gentío novelero. Las bodegas (muchas excavadas en montañas volcánicas, como es costumbre allí) se agotaron, pues al río ardiente de lava se sumaba el del vino fresco que manaba de ellas y, en verdad, la única catástrofe fue para los cochinos: para satisfacer la demanda no quedó ni uno sin sacrificar y había que traerlos de todos los municipios, donde también se acabaron. ¿Es necesario decir que todo esto generó un tercer río de dinero?
La gente sacó tajada económica del volcán y, como siempre hay tipos más listos que McGuire, hubo hasta un notario de la isla al que faltó tiempo para correr al registro de la propiedad y poner a su nombre los cuatro kilómetros cuadrados que la lava, al llegar al mar, hizo aumentar la superficie de La Palma.
Que le den a McGuire una vueltita por La Gomera, la isla más montañosa y abrupta por obra de los volcanes, para que vea sus viñas colgadas del cielo en laderas de muchísima pendiente en las que se han construido bancales. Que vea las de las zonas más fértiles de Vallehermoso, Agulo, Hermigua o Montoro, conducidas mediante parrales fijos, artesonados con horquetas del monte, y las tierras más pobres de Chipude, Alajeró o Arure, donde se recurre al sistema de rastrera y podas más cortas. Mientras se admira de como los gomeros pudieron dominar la verticalidad que formaron los volcanes, que se calme la emoción con unos sorbos de sus vinos blancos de color pajizo y aromas varietales, o de sus suaves tintos de tonalidades rubí y aromas afrutados. Tal vez así se le quiten esas ideas de la cabeza.
Que visite también El Hierro y se deslumbre con una isla de espacios abiertos, pero atrapada desde la costa hasta la cumbre por una telaraña de muros de piedra volcánica. Es la isla de los muros, un tablero de ajedrez inacabable, el sacrificio de generaciones para marcar lindes y parcelas, contener al ganado y proteger el cultivo de los vientos. Sepa McGuire que a este paisaje de belleza inhóspita los herreños también le han arrancado vinos deliciosos, unos frescos y ligeros y otros dorados de alto grado y mucha estructura. Y si, como parece, le gustan tanto las emociones fuertes, que se dedique a los deportes de riesgo, que los jóvenes de El Hierro han inventado el suyo gracias, precisamente, a uno de los riscos que les dejaron los volcanes en El Tamaduste.
El pueblo está al pie de ese risco volcánico y los más atrevidos suben hasta lo alto para disfrutar de la adrenalina que se les dispara al bajarlo luego corriendo por una vereda de grava o picón fino, casi vertical, y lo he escrito bien, casi vertical, de más de cien metros hasta llegar al suelo. Durante 30 ó 40 segundos de angustia al joven en cuestión no le queda otra posibilidad que correr sin caerse, ya que la fuerza de la gravedad le impediría detenerse o retroceder. Para aumentar la dificultad, tiene hasta que sortear una S del caminito y algún arbusto que crece en el recorrido. Maica y yo disfrutábamos de un Viña Frontera semiseco en una terracita de El Tamaduste la primera vez que los vimos y sufrimos en nuestros estómagos todo el vértigo que ellos no parecían sentir. O del que disfrutaban.
Para terminar la gira, Carracedo o Nemesio Pérez podrían invitar a McGuire a tomar unos vinos, con preferencia volcánicos. Que lo lleven, por ejemplo, a las bodegas El Grifo, de Lanzarote, una de las más antiguas de Canarias, y se sienten al fresco junto a la palmera que crece en sus instalaciones (creo que la más alta de la isla).
Unas copas de su blanco seco de aromas frutales pueden ser el remedio para que en su cerebro se destupan los conductos por los que las demás personas reciben las ideas, la sensatez y el raciocinio. Tal vez comprenda así que viñedos como esos y otros cultivos que conforman el paisaje agrícola son, en acertada expresión de Wladimiro Rodríguez, las catedrales de Canarias. Catedrales construidas con la piedra del volcán y el sudor de un pueblo que ha hecho las obras más serias para que florezca su territorio, que ha trabajado para convertir un erial o un malpaís de lava en un oasis y ha obtenido el premio de sus vinos... volcánicos.

   Artículos de "La Pipa de mi Abuelo" en    otras ediciones:
  

 

 






















Aviso Legal - info@bodegacanaria.com