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LA PIPA DE MI ABUELO
Título: VINO Y VOLCANES
Autor: Apeles R. Ortega
Hace unas semanas se desató la alarma entre las buenas
gentes de Tenerife, convencidas del estallido inminente de un
volcán en la isla. El rumor fue tan grande que el presidente
del Cabildo, Ricardo Melchior, ordenó a su gabinete de
prensa que difundiera una nota en la que se desmentía el
peligro, se censuraba a quienes propagaban noticias infundadas
y se pedía cordura. Tal era el panorama que los periódicos
grancanarios llamaban a sus colegas tinerfeños para preguntarles
si era verdad que la Subdelegación del Gobierno había
pedido millares de máscaras antigás, y hasta La
Opinión de Tenerife publicó un suelto en el que
se negaba que el portaaviones Príncipe de Asturias y otros
buques de la Armada hubiesen zarpado a toda máquina para
venir a evacuar a la población...
Como el delirio suele llegar acompañado, a que cundiera
el pánico contribuyó, sin duda, una insistencia
digna de mejor causa, la del británico Bill McGuire, director
del Centro de Investigaciones de Acontecimientos Peligrosos Benfiel
Grieg de Londres, en vaticinar para casi ya mismo un cataclismo
volcánico en Cumbre Vieja, en La Palma, y el consecuente
hundimiento de la isla, que se la tragaría el mar.
Digo insistencia porque el profesor McGuire nos sorprendió
con su dislate hace cuatro o cinco años, y este verano
volvió a airearlo. Afirma que morirán más
de cien millones de personas porque el hundimiento de La Palma
provocaría un maremoto (o, como dicen los periodistas amantes
del barbarismo, un tsunami) con olas de cien metros de altura,
que se desplazarían a una velocidad de 800 kilómetros
por hora y, en poco tiempo, borrarían del mapa para siempre
al resto de Canarias, la costa oeste de África, las islas
del Caribe y la costa este de los Estados Unidos y Canadá...
Ignoro si este profesor busca por la vía del alarmismo
que le den dinero para financiar sus investigaciones, o si sólo
es un amante del cine de catástrofes que de niño
se traumatizó viendo la película de Maximiliam Schell
‘Al este de Java’, donde un barquito desvencijado
se enfrentaba a la ola gigantesca que provocó la erupción
del Krakatoa.
Se me ocurre que podríamos invitarlo a venir a Canarias
y, para que la conozca mejor, que le sirva de guía cualquier
científico reputado de las islas. No los conozco personalmente
y sólo sé de su labor a través de mi trabajo
en la prensa, pero creo que el vulcanólogo Carracedo, o
Nemesio Pérez, que investiga los terremotos analizando
los gases que emanan de los pozos próximos a los volcanes,
podrían guiar a McGuire por el archipiélago para
que conozca su naturaleza y, sobre todo, lo que en justicia pueden
considerarse sus catedrales: sus paisajes agrarios, conjunción
perfecta entre el estallido de los volcanes y el posterior y fatigoso
trabajo de sus habitantes. Así comprobaría que,
en estas islas, de las erupciones históricas sólo
causó muertes la de Garachico, pueblo grande en su adversidad,
y las demás acarrearon más beneficios y ganancias
que problemas. Hasta cultivamos viñas gracias a ellas.
Que lo lleven primero a visitar Lanzarote, para que se deleite
con Timanfaya y, además, se asombre de que esta isla es
vinícola gracias a una prolongada erupción, desde
1730 hasta 1736. El volcán cubrió los campos de
polvo y piedra pómez, mejorando el suelo hasta tal punto
que pudieron plantarse las vides que antes no se daban. Con razón
han llamado al de esta isla «el viñedo de lo imposible»,
pues la arena volcánica cubre el suelo vegetal favoreciendo
la rápida filtración de la escasa lluvia y evitando
las escorrentías y la evaporación, además
de mantener constante la temperatura del suelo y aportar elementos
minerales. Esto ha conformado paisajes únicos de hileras
o semicírculos de piedra que protegen de los alisios a
la uva, que sobrevive agachada tras el muro. La planta hasta tiene
mayor longevidad, pese al entorno hostil.
Que le recuerden que en 1971 estalló el Teneguía
en Fuencaliente. Tuve la suerte de vivir el acontecimiento y gozar
del espectáculo que brindaba la naturaleza, de presenciar
de noche como el volcán disparaba al cielo sus erupciones
y de ver el río de lava deslizándose ladera abajo
hacia el mar. Aunque semanas antes de la primera erupción
los temblores de tierra que la precedieron nos asustaron un poco,
lo cierto es que los palmeros nos lo tomamos con calma y, como
suele ocurrir entre nosotros, con tanta novelería que en
La Palma se conocieron los primeros atascos de tráfico,
pues desde todos los lugares de la isla llegaban caravanas interminables
de coches y las guaguas organizaban servicios especiales.
En esa época era costumbre ir a Fuencaliente a comer carne
de cochino asada con carbón, y hasta un cochino entero
que se dejaba hacer durante varias horas enterrado en un hoyo
con brasas encendidas, con el vino del lugar. Aunque la lava acabó
con más de una parcela de viñas, y la riada humana
para ver el volcán no siempre respetó los terrenos
plantados, lo cierto es que toda esa gente comía y bebía
y en el municipio hicieron el agosto todos los establecimientos
del ramo, y muchos vecinos improvisaron asaderos y guachinches
en la puerta de su casa para sacar provecho del gentío
novelero. Las bodegas (muchas excavadas en montañas volcánicas,
como es costumbre allí) se agotaron, pues al río
ardiente de lava se sumaba el del vino fresco que manaba de ellas
y, en verdad, la única catástrofe fue para los cochinos:
para satisfacer la demanda no quedó ni uno sin sacrificar
y había que traerlos de todos los municipios, donde también
se acabaron. ¿Es necesario decir que todo esto generó
un tercer río de dinero?
La gente sacó tajada económica del volcán
y, como siempre hay tipos más listos que McGuire, hubo
hasta un notario de la isla al que faltó tiempo para correr
al registro de la propiedad y poner a su nombre los cuatro kilómetros
cuadrados que la lava, al llegar al mar, hizo aumentar la superficie
de La Palma.
Que le den a McGuire una vueltita por La Gomera, la isla más
montañosa y abrupta por obra de los volcanes, para que
vea sus viñas colgadas del cielo en laderas de muchísima
pendiente en las que se han construido bancales. Que vea las de
las zonas más fértiles de Vallehermoso, Agulo, Hermigua
o Montoro, conducidas mediante parrales fijos, artesonados con
horquetas del monte, y las tierras más pobres de Chipude,
Alajeró o Arure, donde se recurre al sistema de rastrera
y podas más cortas. Mientras se admira de como los gomeros
pudieron dominar la verticalidad que formaron los volcanes, que
se calme la emoción con unos sorbos de sus vinos blancos
de color pajizo y aromas varietales, o de sus suaves tintos de
tonalidades rubí y aromas afrutados. Tal vez así
se le quiten esas ideas de la cabeza.
Que visite también El Hierro y se deslumbre con una isla
de espacios abiertos, pero atrapada desde la costa hasta la cumbre
por una telaraña de muros de piedra volcánica. Es
la isla de los muros, un tablero de ajedrez inacabable, el sacrificio
de generaciones para marcar lindes y parcelas, contener al ganado
y proteger el cultivo de los vientos. Sepa McGuire que a este
paisaje de belleza inhóspita los herreños también
le han arrancado vinos deliciosos, unos frescos y ligeros y otros
dorados de alto grado y mucha estructura. Y si, como parece, le
gustan tanto las emociones fuertes, que se dedique a los deportes
de riesgo, que los jóvenes de El Hierro han inventado el
suyo gracias, precisamente, a uno de los riscos que les dejaron
los volcanes en El Tamaduste.
El pueblo está al pie de ese risco volcánico y los
más atrevidos suben hasta lo alto para disfrutar de la
adrenalina que se les dispara al bajarlo luego corriendo por una
vereda de grava o picón fino, casi vertical, y lo he escrito
bien, casi vertical, de más de cien metros hasta llegar
al suelo. Durante 30 ó 40 segundos de angustia al joven
en cuestión no le queda otra posibilidad que correr sin
caerse, ya que la fuerza de la gravedad le impediría detenerse
o retroceder. Para aumentar la dificultad, tiene hasta que sortear
una S del caminito y algún arbusto que crece en el recorrido.
Maica y yo disfrutábamos de un Viña Frontera semiseco
en una terracita de El Tamaduste la primera vez que los vimos
y sufrimos en nuestros estómagos todo el vértigo
que ellos no parecían sentir. O del que disfrutaban.
Para terminar la gira, Carracedo o Nemesio Pérez podrían
invitar a McGuire a tomar unos vinos, con preferencia volcánicos.
Que lo lleven, por ejemplo, a las bodegas El Grifo, de Lanzarote,
una de las más antiguas de Canarias, y se sienten al fresco
junto a la palmera que crece en sus instalaciones (creo que la
más alta de la isla).
Unas copas de su blanco seco de aromas frutales pueden ser el
remedio para que en su cerebro se destupan los conductos por los
que las demás personas reciben las ideas, la sensatez y
el raciocinio. Tal vez comprenda así que viñedos
como esos y otros cultivos que conforman el paisaje agrícola
son, en acertada expresión de Wladimiro Rodríguez,
las catedrales de Canarias. Catedrales construidas con la piedra
del volcán y el sudor de un pueblo que ha hecho las obras
más serias para que florezca su territorio, que ha trabajado
para convertir un erial o un malpaís de lava en un oasis
y ha obtenido el premio de sus vinos... volcánicos.
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