Título: Las rutas del vino en coche
Texto:
Mi deseo para comenzar este año es hablarles de nuevas
rutas del vino, de nuevos lugares a los que ir a disfrutar de
nuestra bebida favorita, a pesar de que el uso del automóvil
es casi obligado para llegar a ellos y de que desde este primero
de enero también se han endurecido las sanciones para quien
alcance o supere el 0,25 en el aire exhalado en el etilómetro
de los agentes de la autoridad.
Para quien sólo bebe con moderación es una faena
que esa frontera se alcance con una o dos copas de vino, pero
seamos ciudadanos responsables y pensemos que estas normas son
contra unos pocos, que sin embargo siembran la muerte en las carreteras,
y a favor de todos. La reciente reforma del Código Penal
agrava los delitos relacionados con el tráfico y establece
para quienes conduzcan un vehículo de motor o un ciclomotor
bajo los efectos del alcohol pena de prisión de tres a
seis meses, multa de seis a doce meses (es decir, que puede alcanzar
todo el dinero que usted gana al año) y, en su caso, trabajos
en beneficio de la comunidad de 31 a 90 días. Además
de la privación del derecho a conducir durante uno a cuatro
años.
Hace poco me llevé el susto de tropezarme con un control
de alcoholemia al regreso de una cena familiar. Apenas había
bebido dos copas de vino blanco, suficientes para que el etilómetro
me considerara un delincuente merecedor de los castigos señalados
en el párrafo anterior, pero tuve la suerte de marcar sólo
0,14 gracias a que la comida fue muy abundante, a que peso 83
kilos a pesar de ser delgado y a que no habían pasado ni
diez minutos desde que salimos del restaurante (al cabo de una
hora de beber se alcanza la tasa mayor de alcoholemia).
El propietario de un bodegón me comentaba, quejándose,
que «antes venían cuatro amigos y pedían un
litro o un litro y medio de vino, pero ahora hay miedo a los controles
y casi que sólo beben una cuarta entre los cuatro».
He leído en «elmundovino.com» que los restaurantes
franceses han empezado a ofrecer a los clientes reempaquetar la
botella no terminada por ese temor con un corcho nuevo, usando
una bomba de sacar el aire para que el vino conserve sus cualidades
y envolviéndola en una discreta bolsa.
Dice también la noticia del portal vinícola que
la idea tiene éxito, a pesar del desprecio o vergüenza
del francés (y también nuestro, añado) ante
la costumbre anglosajona de «llevarse las sobras a casa».
Es un buen sistema para todos, pues el dueño del restaurante
vende el vino, el cliente no se siente ni obligado a acabar la
botella si no tiene ganas ni a abstenerse de beber ni una copa
si después tiene que conducir, y la sociedad puede ahorrarse
más de una tragedia sobre el asfalto.
En Tenerife conozco un establecimiento (y ya empiezo con la ruta
del vino que dije al principio de la pipa) que ofrece al cliente
una solución parecida a la de los franceses, aunque más
sencilla. Es uno de esos negocios familiares que se habilitan
en el bajo de una vivienda de autoconstrucción para ofrecer
vino propio y comida casera. A primera vista no se diferencia
de los muchos similares que hay en la isla, pero el público,
después de disfrutar de un vaso, una cuarta (o más,
si luego no conduce), puede llevarse a casa el mismo tinto que
ha consumido a granel perfectamente embotellado, etiquetado con
su marca y bajo el amparo y garantía de la Denominación
de Origen Tacoronte-Acentejo.
Este establecimiento se llama «Timplillo Canario»
y radica en los altos de El Sauzal, en Ravelo, aunque no se llega
a él por la carretera de Aguagarcía, sino por el
antiguo Camino Real de La Orotava, casi en el límite con
La Matanza de Acentejo. Además de su tinto del lugar, de
los mismos viñedos que tiene alrededor, y de la comida
casera, ofrece las castañas de la comarca, que a diferencia
de lo habitual son guisadas en vez de asadas. Merece la pena probarlas,
pues son digestivas y le dan relieve al vino, pero dense prisa
do se agotan las existencias de la bodega cierra hasta la siguiente
vendimia.
No muy lejos del «Timplillo Canario», pero ya en La
Matanza de Acentejo, hay otros establecimientos merecedores de
una excursión enológica, donde pueden encontrarse
pequeños tesoros vinícolas escondidos por la zona.
Tomando como punto de referencia, en la parte alta de Las Toscas
de San Antonio, el bodegón Casanova (que les recomendé,
y continúo recomendándoles, en una pipa anterior
en la que alabé su cherne salado, aunque olvidé
decirles que también es famoso por un plato tan común
y simple como difícil de lograr: la tortilla española),
a su derecha hay una casa blanca donde una señora, su hija
y su nieta ofrecen el vino de la familia. El negocio carece de
nombre o rótulo en el exterior, pero pueden ustedes distinguirlo
(y perdonen mi falta de elegancia) por la palabra «busón»,
con s, escrita en el buzón de correos. Pero la ortografía
pierde importancia al lado del vino que se bebe allí.
A la izquierda del Casanova, casi pegada y fijándose mucho
para verla, hay una entradita a la calle o camino de Las Piterillas.
Después de recorrer unos 200 metros con precaución,
pues la vía es estrecha y de sentido doble, hay otra casa
familiar a la derecha, que igualmente sin letrero exterior ofrece
al público la posibilidad de disfrutar de su vendimia.
Estos dos lugares no embotellan el vino que sirven a granel, aunque
siempre queda el habitual recurso de llevar una garrafa en el
maletero o de llenar cualquier botella para beberla después
en casa, una vez guardado el coche en el garaje. Ahora que todos
estamos de acuerdo con lo necesario del reciclaje para evitar
que el mundo se llene de basura, habría que agradecer a
nuestros venteros su acopio de botellas vacías, que en
origen contuvieron toda clase de bebidas, para rellenarlas con
su vino. Siempre me he preguntado de dónde sacarán
tantas como ofrecen para llevar a casa a sus clientes, algunos
de los cuales incluso se las devuelven para reiniciar el ciclo,
en el más genuino y ecológico hábito del
envase retornable una y mil veces. Quién sabe si este sistema
no habrá evitado también más de una muerte
en la carretera.
Los dos también son de los que abren desde diciembre hasta
que se acabe la cosecha. Dense prisa. El último citado
tiene el encanto añadido de un mostrador colocado a la
entrada de la casa, desde el que se puede ver mientras se paladea
el vaso de vino y se charla con los amigos, mirando hacía
la cumbre, el que quizá sea el mayor castañar de
Tenerife, hasta hace pocas semanas todavía con la espesura
de sus hojas y ahora con todas las ramas desnudas, pues estos
árboles dibujan un paisaje diferente en cada época
del año.
Que ustedes disfruten estos lugares y otros por descubrir, a ser
posible en compañía de un abstemio que conduzca
después, o con personas que se turnen para conducir sin
beber. La noticia citada de «elmundovino.com» también
indica que las organizaciones de viticultores de Francia se gastarán
este año 2004 más de 300.000 euros para distribuir
en los restaurantes aparatos de medir la alcoholemia, pues así
esperan convencer a los clientes de que «no necesitan preocuparse
tanto».
Quizá el resultado sea distinto del esperado y el cliente
se asuste más, pues una persona de 70 kilos de peso puede
alcanzar el 0,25 con dos copas de vino, y hasta con una sola si
su peso es menor. Hace pocos años una conocida cafetería
del norte de Tenerife puso a disposición del público
uno de esos etilómetros, pero lo retiró al cabo
de unas semanas de haberlo instalado: la gente se lo tomó
a la guasa y competía para ver quién alcanzaba el
grado mayor de alcoholemia. Brutos que somos.
En Ravelo hay otro establecimiento que ha reabierto después
de casi diez años cerrado, el bodegón Teide. Ahora
ya no lo lleva Desiderio, sino otra gente, pero sigue ofreciendo
el mismo vino «asifonado» de antes. Esta vez sí
se llega por la carretera de Aguagarcía y está casi
al lado de donde la guagua de una línea de Titsa, La Laguna-Altos
de El Sauzal, da la vuelta.
Es decir, que aquí no hay excusa para no ir en guagua si
usted desea un día beber sin exceso, pero despreocupadamente,
pues desde la estación de La Laguna sale una cada 45 minutos,
que regresa con la misma frecuencia. Todo es cuestión organizar
el tiempo para disfrutar de las carnes al ajillo y del vino en
un atardecer de frío y niebla en este bodegón dado
al bullicio de los parroquianos.
Hace poco tiempo vi por casualidad en el Teide a un profesor de
lingüística que tuve en la universidad, quien defendía
la teoría de que las expresiones del tipo «llave
inglesa» o «bomba atómica» están
formadas en realidad con una sola palabra en vez de con dos, como
a primera vista parece. Su teoría es tan buena como cualquier
otra, y razonables los argumentos que utilizaba para defenderla,
pues hasta la fecha ningún lingüista ha logrado establecer
una definición precisa e irrefutable de lo que es una palabra.
Como les explicaba, me encontré por casualidad en El Teide
con ese antiguo profesor. El hombre ya estaba con los síntomas
de haber abusado del vino de la zona y, con la distorsión
de la realidad que provoca la embriaguez, no se le ocurrió
nada mejor que explicar su teoría lingüística
a la media docena de parroquianos que tenía más
cerca, todos ellos de cierta edad y con aspecto de venir de trabajar
en las viñas.
Al poco tiempo los parroquianos comenzaron a marcharse como si
huyeran de un peligro, y oí que uno de ellos le comentaba
alarmado a un amigo con el que se cruzó en la puerta: «Mejor
no entres, que aquí hay un loco hablando de bombas atómicas...».
Espero que a mi ex profesor no se le ocurriera también
regresar a su casa conduciendo el coche, pues entonces sí
sería un arma de destrucción masiva en la carretera.
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