L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº26 Marzo 2004

Título: Las rutas del vino en coche

Texto:

Mi deseo para comenzar este año es hablarles de nuevas rutas del vino, de nuevos lugares a los que ir a disfrutar de nuestra bebida favorita, a pesar de que el uso del automóvil es casi obligado para llegar a ellos y de que desde este primero de enero también se han endurecido las sanciones para quien alcance o supere el 0,25 en el aire exhalado en el etilómetro de los agentes de la autoridad.
Para quien sólo bebe con moderación es una faena que esa frontera se alcance con una o dos copas de vino, pero seamos ciudadanos responsables y pensemos que estas normas son contra unos pocos, que sin embargo siembran la muerte en las carreteras, y a favor de todos. La reciente reforma del Código Penal agrava los delitos relacionados con el tráfico y establece para quienes conduzcan un vehículo de motor o un ciclomotor bajo los efectos del alcohol pena de prisión de tres a seis meses, multa de seis a doce meses (es decir, que puede alcanzar todo el dinero que usted gana al año) y, en su caso, trabajos en beneficio de la comunidad de 31 a 90 días. Además de la privación del derecho a conducir durante uno a cuatro años.
Hace poco me llevé el susto de tropezarme con un control de alcoholemia al regreso de una cena familiar. Apenas había bebido dos copas de vino blanco, suficientes para que el etilómetro me considerara un delincuente merecedor de los castigos señalados en el párrafo anterior, pero tuve la suerte de marcar sólo 0,14 gracias a que la comida fue muy abundante, a que peso 83 kilos a pesar de ser delgado y a que no habían pasado ni diez minutos desde que salimos del restaurante (al cabo de una hora de beber se alcanza la tasa mayor de alcoholemia).
El propietario de un bodegón me comentaba, quejándose, que «antes venían cuatro amigos y pedían un litro o un litro y medio de vino, pero ahora hay miedo a los controles y casi que sólo beben una cuarta entre los cuatro». He leído en «elmundovino.com» que los restaurantes franceses han empezado a ofrecer a los clientes reempaquetar la botella no terminada por ese temor con un corcho nuevo, usando una bomba de sacar el aire para que el vino conserve sus cualidades y envolviéndola en una discreta bolsa.
Dice también la noticia del portal vinícola que la idea tiene éxito, a pesar del desprecio o vergüenza del francés (y también nuestro, añado) ante la costumbre anglosajona de «llevarse las sobras a casa». Es un buen sistema para todos, pues el dueño del restaurante vende el vino, el cliente no se siente ni obligado a acabar la botella si no tiene ganas ni a abstenerse de beber ni una copa si después tiene que conducir, y la sociedad puede ahorrarse más de una tragedia sobre el asfalto.
En Tenerife conozco un establecimiento (y ya empiezo con la ruta del vino que dije al principio de la pipa) que ofrece al cliente una solución parecida a la de los franceses, aunque más sencilla. Es uno de esos negocios familiares que se habilitan en el bajo de una vivienda de autoconstrucción para ofrecer vino propio y comida casera. A primera vista no se diferencia de los muchos similares que hay en la isla, pero el público, después de disfrutar de un vaso, una cuarta (o más, si luego no conduce), puede llevarse a casa el mismo tinto que ha consumido a granel perfectamente embotellado, etiquetado con su marca y bajo el amparo y garantía de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo.
Este establecimiento se llama «Timplillo Canario» y radica en los altos de El Sauzal, en Ravelo, aunque no se llega a él por la carretera de Aguagarcía, sino por el antiguo Camino Real de La Orotava, casi en el límite con La Matanza de Acentejo. Además de su tinto del lugar, de los mismos viñedos que tiene alrededor, y de la comida casera, ofrece las castañas de la comarca, que a diferencia de lo habitual son guisadas en vez de asadas. Merece la pena probarlas, pues son digestivas y le dan relieve al vino, pero dense prisa do se agotan las existencias de la bodega cierra hasta la siguiente vendimia.
No muy lejos del «Timplillo Canario», pero ya en La Matanza de Acentejo, hay otros establecimientos merecedores de una excursión enológica, donde pueden encontrarse pequeños tesoros vinícolas escondidos por la zona.
Tomando como punto de referencia, en la parte alta de Las Toscas de San Antonio, el bodegón Casanova (que les recomendé, y continúo recomendándoles, en una pipa anterior en la que alabé su cherne salado, aunque olvidé decirles que también es famoso por un plato tan común y simple como difícil de lograr: la tortilla española), a su derecha hay una casa blanca donde una señora, su hija y su nieta ofrecen el vino de la familia. El negocio carece de nombre o rótulo en el exterior, pero pueden ustedes distinguirlo (y perdonen mi falta de elegancia) por la palabra «busón», con s, escrita en el buzón de correos. Pero la ortografía pierde importancia al lado del vino que se bebe allí.
A la izquierda del Casanova, casi pegada y fijándose mucho para verla, hay una entradita a la calle o camino de Las Piterillas. Después de recorrer unos 200 metros con precaución, pues la vía es estrecha y de sentido doble, hay otra casa familiar a la derecha, que igualmente sin letrero exterior ofrece al público la posibilidad de disfrutar de su vendimia.
Estos dos lugares no embotellan el vino que sirven a granel, aunque siempre queda el habitual recurso de llevar una garrafa en el maletero o de llenar cualquier botella para beberla después en casa, una vez guardado el coche en el garaje. Ahora que todos estamos de acuerdo con lo necesario del reciclaje para evitar que el mundo se llene de basura, habría que agradecer a nuestros venteros su acopio de botellas vacías, que en origen contuvieron toda clase de bebidas, para rellenarlas con su vino. Siempre me he preguntado de dónde sacarán tantas como ofrecen para llevar a casa a sus clientes, algunos de los cuales incluso se las devuelven para reiniciar el ciclo, en el más genuino y ecológico hábito del envase retornable una y mil veces. Quién sabe si este sistema no habrá evitado también más de una muerte en la carretera.
Los dos también son de los que abren desde diciembre hasta que se acabe la cosecha. Dense prisa. El último citado tiene el encanto añadido de un mostrador colocado a la entrada de la casa, desde el que se puede ver mientras se paladea el vaso de vino y se charla con los amigos, mirando hacía la cumbre, el que quizá sea el mayor castañar de Tenerife, hasta hace pocas semanas todavía con la espesura de sus hojas y ahora con todas las ramas desnudas, pues estos árboles dibujan un paisaje diferente en cada época del año.
Que ustedes disfruten estos lugares y otros por descubrir, a ser posible en compañía de un abstemio que conduzca después, o con personas que se turnen para conducir sin beber. La noticia citada de «elmundovino.com» también indica que las organizaciones de viticultores de Francia se gastarán este año 2004 más de 300.000 euros para distribuir en los restaurantes aparatos de medir la alcoholemia, pues así esperan convencer a los clientes de que «no necesitan preocuparse tanto».
Quizá el resultado sea distinto del esperado y el cliente se asuste más, pues una persona de 70 kilos de peso puede alcanzar el 0,25 con dos copas de vino, y hasta con una sola si su peso es menor. Hace pocos años una conocida cafetería del norte de Tenerife puso a disposición del público uno de esos etilómetros, pero lo retiró al cabo de unas semanas de haberlo instalado: la gente se lo tomó a la guasa y competía para ver quién alcanzaba el grado mayor de alcoholemia. Brutos que somos.
En Ravelo hay otro establecimiento que ha reabierto después de casi diez años cerrado, el bodegón Teide. Ahora ya no lo lleva Desiderio, sino otra gente, pero sigue ofreciendo el mismo vino «asifonado» de antes. Esta vez sí se llega por la carretera de Aguagarcía y está casi al lado de donde la guagua de una línea de Titsa, La Laguna-Altos de El Sauzal, da la vuelta.
Es decir, que aquí no hay excusa para no ir en guagua si usted desea un día beber sin exceso, pero despreocupadamente, pues desde la estación de La Laguna sale una cada 45 minutos, que regresa con la misma frecuencia. Todo es cuestión organizar el tiempo para disfrutar de las carnes al ajillo y del vino en un atardecer de frío y niebla en este bodegón dado al bullicio de los parroquianos.
Hace poco tiempo vi por casualidad en el Teide a un profesor de lingüística que tuve en la universidad, quien defendía la teoría de que las expresiones del tipo «llave inglesa» o «bomba atómica» están formadas en realidad con una sola palabra en vez de con dos, como a primera vista parece. Su teoría es tan buena como cualquier otra, y razonables los argumentos que utilizaba para defenderla, pues hasta la fecha ningún lingüista ha logrado establecer una definición precisa e irrefutable de lo que es una palabra.
Como les explicaba, me encontré por casualidad en El Teide con ese antiguo profesor. El hombre ya estaba con los síntomas de haber abusado del vino de la zona y, con la distorsión de la realidad que provoca la embriaguez, no se le ocurrió nada mejor que explicar su teoría lingüística a la media docena de parroquianos que tenía más cerca, todos ellos de cierta edad y con aspecto de venir de trabajar en las viñas.
Al poco tiempo los parroquianos comenzaron a marcharse como si huyeran de un peligro, y oí que uno de ellos le comentaba alarmado a un amigo con el que se cruzó en la puerta: «Mejor no entres, que aquí hay un loco hablando de bombas atómicas...». Espero que a mi ex profesor no se le ocurriera también regresar a su casa conduciendo el coche, pues entonces sí sería un arma de destrucción masiva en la carretera.

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