Título: Una pregunta Fastidiosa
y una ironía del destino
Texto:
Empecemos con la pregunta incómoda. Me la han formulado
en comidas, encuentros con amigos y viajes por las islas, a veces
solicitando que ejerza de juez en sus disputas, otorgándome
mayor cualificación de la que poseo. Mi respuesta o, por
decirlo mejor, mi ausencia de ella o mi contestación vaga,
ha provocado discusiones bizantinas. La cuestión tan fastidiosa
es la siguiente: ¿los vinos de Tenerife son los mejores
de Canarias?
Preguntar es fácil, pero responder es más complicado,
sobre todo en un asunto como éste, donde suele primar más
el corazón que el razonamiento y pueden herirse sentimientos
y ofenderse orgullos comarcales, sobre todo si dejamos que el
patriotismo chico nos ofusque y nos empeñamos en barrer
para casa, como solemos hacer casi siempre, a veces incluso con
peligro para la unidad de un sector que debiera ser más
unánime a la hora de defender sus intereses comunes.
Idénticos han sido en todas las islas el empeño
de viticultores y bodegueros en conservar sus cultivos y tradiciones,
la preocupación de los cabildos y de los organismos autonómicos
y el equilibrio entre métodos tradicionales y nuevas tecnologías
para elaborar vinos incrementando la calidad sin perder las señas
de identidad, perseverancias que han facilitado el resurgir de
los caldos canarios, después de décadas de abandono
en favor de otros cultivos o de las urbanizaciones residenciales.
Pero, ¿son mejores los tinerfeños? En abril pasado
se organizó la última edición de la feria
Agrocanarias y, en ella, de entre todos los vinos canarios presentados
a concurso destacaron sobre los demás los de Tenerife,
sobre todo los de la Denominación de Origen Tacoronte-Acentejo.
El Viña Norte de maceración carbónica y el
Viña Norte vendimia seleccionada 2002 se llevaron los máximos
galardones. Mocanero y La Isleta también recibieron premios,
así como el Viña Norte cosecha 2000.
Otros premios fueron para la Denominación de Origen Valle
de La Orotava, con el Tajinaste cosecha 2002 y el Gran Theyda.
La Denominación de Abona logró premios para su Flor
de Chasna fermentado en barrica, y la de Ycoden-Daute-Isora logró
lo propio para el Tasana Malvasía Clásico. De diez
premios mayores concedidos, cinco fueron para Tacoronte-Acentejo,
dos para Valle de La Orotava, uno para Abona y dos para Ycoden-Daute-Isora.
Es decir, Tenerife recibió diez de los diez galardones
consistentes en medalla de oro o de plata, mientras que otras
denominaciones, como Lanzarote, recibieron distinciones menores
(aunque no menos meritorias) en el mismo certamen.
Aunque Agrocanarias se organiza en Tenerife y, por tanto, podría
sospecharse que el jurado barrió para casa, no pongo en
duda su imparcialidad, ni muchísimo menos, pero tampoco
me atrevo a afirmar que los vinos tinerfeños sean los mejores
de Canarias. Sí afirmo que Tenerife es la isla donde la
viña ha tenido mayor arraigo (y sin interrupciones históricas),
donde la colaboración entre viticultores y bodegueros ha
sido más estrecha, donde el equilibrio entre la tradición
y los métodos modernos ha sido más logrado y donde
los caldos han evolucionado más. Una evolución necesaria,
pues los vinos canarios que tanto alabaron Shakespeare, Walter
Scott, Grymod de la Reyniére o Goldoni y que tanto se apreciaron
en las cortes europeas, donde la aristocracia hasta perfumaba
sus pañuelos con ellos, posiblemente hoy nos parecerían
imbebibles.
Las circunstancias señaladas, por fuerza, acarrean a los
vinos tinerfeños premios y prestigio en Canarias y fuera
de ella, pero El Hierro, La Palma, Lanzarote y las denominaciones
emergentes de La Gomera y Gran Canaria no se quedan atrás
en la materia prima y su camino para ampliar los viñedos
y modernizar el cultivo, su gestión y las bodegas carece
de retorno. El triunfo de estos viticultores y bodegueros, muchos
de los cuales se lanzaron hace años con dudosas expectativas
de rentabilidad a invertir en medios humanos y materiales para
recobrar el esplendor de la viña, será también
un éxito y un deleite para todos.
Tenerife ha contado también con la ventaja histórica
de ser la primera de las islas en la que se plantó la viña,
en 1496, a la que siguieron La Palma en 1505 y Gran Canaria en
1510 (insisto: la recuperación de los viñedos en
esta última isla, tras decenios de abandono, debe llenarnos
de alegría a todos), hasta llegar poco a poco no sólo
al resto del archipiélago, sino a América, pues
fue desde Canarias de donde salió para el Perú,
de la mano del explorador toledano Francisco de Carabantes, y
desde allí llegó más tarde a Bolivia, junto
con los misioneros y los conquistadores.
Durante años se creyó que los vinos de Chile procedían
de uvas pasas llegadas desde la Península Ibérica,
pero el historiador chileno Ricardo Alvarado señala que
en realidad provienen de las mismas vides que desde Gran Canaria
llegaron a Perú, desde donde pasaron a suelo chileno a
mediados del siglo XVI.
Cito estos datos históricos porque el destino, que en ocasiones
se prodiga en ironías, nos da esta lección de humildad,
pues es el vino chileno el que ahora llega (o regresa) a Canarias,
y sobre todo a Tenerife, de la mano de unos importadores que lo
colocan en el mercado insular haciéndolo pasar por el propio.
Y el engaño funciona, incluso entre tinerfeños que
presumen de ser o que son de verdad catadores experimentados.
Tanto que porfían no ya de que el vino de Tenerife es el
mejor de Canarias, sino de que el de su comarca es único
en el mundo, tanto que barren para su casa, tanto orgullo local
y terminan identificando como de su misma casa unos caldos chilenos
de características organolépticas y calidades similares
a las de los tinerfeños, pues no en balde Chile es un país
de tradición vinícola grande... y hermanada con
la nuestra.
Hasta se dice que el célebre almirante e ingeniero naval
Francisco Díaz Pimienta, natural de Los Llanos de Aridane,
en sus expediciones a América se llevaba cepas de Canarias.
Ya que estamos con los orgullos locales, pido perdón a
la gente de Tazacorte, donde en verdad nació y vivió
Díaz Pimienta el poco tiempo que no estaba en el mar, pero
en su época su municipio todavía no se había
segregado del de Aridane, y yo barro siempre para mi pueblo y
para mi casa.
Ahora en serio, no he podido comprobar si Díaz Pimienta
llevó también cepas a América porque, a pesar
de sus gestas navales, en España, país de tradiciones
y aportaciones marítimas innegables, es muy difícil
encontrar biografías de sus marinos más ilustres.
Justo lo contrario (y lo digo con envidia) de lo que ocurre en
el Reino Unido o en Francia, donde muchos novelistas se han inspirado
en sus hombre de mar. Les recomiendo la lectura de Patrick O’Brian
(ahora de moda por una película en la que el actor Russel
Crowe interpreta el papel del capitán Jack Aubrey), autor
de un ciclo narrativo muy extenso sobre la armada inglesa, una
de cuyas novelas tiene además un título de resonancias,
sugerencias y realidades vinícolas: «Un mar oscuro
como el oporto».
Patrick O’Brian es un autor que en su obra barre, por su
puesto, para su país, pero demuestra conocer a fondo España
(murió en Mallorca, a los 95 años) y, además,
lo que se ha dado en llamar sus hechos diferenciales, como Cataluña
o Canarias. En su narrativa hay más de una referencia a
los vinos canarios, que en todas las islas del archipiélago
los hay con méritos sobrados.
De ello tampoco hay necesidad de que nos lo digan fuera, aunque
a veces caigamos en el papanatismo de no reconocer los premios
interiores hasta que se consigan fuera (para algunos, un galardón
de la Alhóndiga de Tacoronte sólo vale si se refrenda
en la Vinales de París, por ejemplo). Unos caldos más
evolucionados que otros, con mayor o menor permanencia en el tiempo,
con vicisitudes distintas y problemas diferentes en la historia
particular de cada isla, pero todos con su valía específica.
Para barrer para casa con inteligencia y con visión de
futuro hay que olvidar los orgullos comarcales, abandonar las
peleas de vecindad para buscar, si no una unidad complicada por
la riqueza tan extensa de variedades y climas, sí una unión
de la que el sector está necesitado. Buena idea será
también seguir el ejemplo del Consejo Regulador de Ycoden-Daute-Isora,
que entre sus muchas iniciativas organiza diversas actividades
de formación en las que, además de los habituales
cursos de iniciación y perfeccionamiento de cata, se evalúan
sin prejuicios localistas vinos de comarcas no canarias, pero
con perfiles organolépticos similares, para determinar
y conocer mejor los caldos con los que se competirá en
el mercado. Esta gente sí sabe. |