Título: Calle y pague
Texto:
Una media tarde, de las raras sin nada urgente que hacer, me
disponía a entrar en un bodegón y regalarme con
un vaso de vino de la comarca. Era un local al que nunca he regresado,
ni pienso hacerlo, y en el que tampoco bebí nada, pues
nada más llegar presencié una escena que motivó
la posterior intervención de las autoridades sanitarias
y judiciales.
Un hombre mayor, que llegó minutos antes y apenas acababa
de beberse un solo vaso de vino, comenzó de repente a sentirse
enfermo y apenas consiguió decir a los clientes que se
apresuraron a auxiliarlo que por favor avisaran de inmediato a
una ambulancia, que le estaba dando un ataque de diabetes, y que
le ayudaran a pincharse la insulina que llevaba consigo.
El responsable del negocio palideció y su nerviosismo hacía
sospechar algo más que la preocupación por socorrer
a cualquier persona que necesitara un auxilio urgente para preservar
su salud o su vida. Lástima que no estuviera un Galdós
o un Dostoievski para describir su cara, con la expresión
de arrepentimiento culpable que suele venirle a los criminales
involuntarios.
Las sospechas se confirmaron luego con la intervención
de los inspectores de Sanidad, a los que confesó que el
vino que tenía almacenado en la bodega se le había
tornado ácido, y para remediarlo compró dos o tres
sacos de azúcar en una gran superficie comercial.
Imagino que la desprevenida víctima tendría muy
restringido el consumo de alcohol y que controlaría sus
alimentos con el rigor propio de los diabéticos. Pero un
vaso ocasional de vino de la tierra, cuyo consumo moderado acarrea
tantos beneficios, ¿qué daño podría
hacerle? Pues el vinito le sentó como si hubiera comido
un melocotón en almíbar.
Este fue un caso extremo, que no terminó en tragedia gracias
a la rapidez del 112, que en menos de cinco minutos envió
una ambulancia cuyo personal estabilizó al diabético
y lo trasladó a un hospital. Pero sin llegar a trampas
que derivan en criminales como la narrada, cuando se mezcla la
fullería con la inconsciencia, en el mundo de los bodegones,
ventas y guachinches abunda una picaresca cuyo lema parecer ser
el de calle y pague, y si a usted no le gusta no venga. Pues eso
debiéramos hacer todos, no ir a tales establecimientos.
Abunda la trampa en el vino, en la comida y en la cuenta que luego
se pasa al cliente, combinada en ocasiones con la ausencia de
higiene y el servicio deficiente y antiprofesional que prestan
camareros y cocineros con más voluntarismo que formación,
de esos que sirven el plato con el dedo pulgar dentro, o con cabello
larguísimo que luego se enreda en los cubiertos. No me
extenderé en el fraude de servir caldos foráneos
afirmando que son del país, del que ya hablé en
una pipa anterior, pero empecemos por la higiene.
Uno de mis abuelos contaba una anécdota que vivió
en su juventud, con ocasión de un viaje que hizo a otro
municipio (en su época, ir a otro municipio era un viaje
por las cumbres, a pie o a lomos de una bestia). Paró a
reponer fuerzas en una venta del camino, en la que le ofrecieron
vino y su plato estrella: papas rociadas con ron.
Mi abuelo nunca había oído hablar de esa especialidad,
pero le pareció que sería sabrosa y la pidió.
Al poco, el ventero regresó de la trastienda con un plato
de papas humeantes en una mano y una botella de ron en la otra.
La sorpresa fue que el hombre se llevó la botella a la
boca, se la llenó con un buen lamparazo, se enjuagó
los dientes con el ron y lo escupió con toda la fuerza
de sus pulmones sobre las papas...
Argumentarán ustedes que cosas así ya no ocurren
ni en el guachinche más desastrado, pero, ¿qué
me dicen del hábito felator de inhalar por la manguera
del garrafón? Uno pide su cuarta o su vaso, y quien atiende
el negocio puede tener la nada higiénica costumbre de chuparla
con la boca para sacar el vino. Luego uno se fija en él
y se percata de sus dientes amarillos, de sus uñas mugrientas
y de que los dedos de sus pies parecen un estercolero, vistos
a través de unas sandalias que nunca se han cepillado...
Qué trabajo le costará traer de la ferretería
una manguerita provista de fuelle. O lavarse.
Tampoco escasea el tramposo con las medidas, el tipo que sirve
las cuartas en recipientes de un quinto de capacidad, o el medio
litro en los de un tercio, y hay que ser observador para detectar
el engaño. Los bodegueros serios siempre sirven el vino
de granel en juegos de tres botellas, marcadas de fábrica
con sus respectivas capacidades de 250, 500 y 1.000 centímetros
cúbicos.
Todavía quedan, incluso, establecimientos en los que se
utilizan para las cuartas las antiguas botellas de Pepsi Cola,
con sus exactos 250 centímetros cúbicos indicados
en el cuello. Imagino que en el consejo de administración
de la compañía estadounidense ignoran el servicio
prestado a nuestras ventas y bodegones, y tal vez sea mejor que
no lo sepan, para que no reclamen derechos de marca.
Para acabar con la cuestión de la medida, algunos llevan
su racanería al plato, como en un local tinerfeño
famoso en el pasado por sus costillas con piñas de millo.
Hoy continúa sirviéndolas, pero hay que escarbar
con los cubiertos para encontrar una costillita o un trozito de
piña entre el entullo de papas guisadas. O cierto bodegón
de San Juan de la Rambla, al que en una ocasión fui con
Maica y pedimos carne a la brasa.
A mí me sirvieron una chuleta de buen aspecto y tamaño
generoso, pero la que había en el plato de Maica era una
miniatura. Pedimos explicaciones, pero lo único que el
camarero nos supo responder fue que «a la señora
le hemos preparado una chuleta para mujeres, y a usted una para
hombres». Si se trata de pescado, lo usual es que lo elija
uno mismo y confiar en que no haya engaño con su peso.
O que de verdad sea fresco, como asegura más de un restaurador
en nuestros pueblos, aunque todas las mañanas su establecimiento
recibe la visita del camión frigorífico de una empresa
de congelados.
¿No cree usted en la existencia de la magia? Pues sepa
que ha vivido equivocado: Cuando se pide la cuenta, resulta que
aquellas cuartas de vino servidas en botellines de un quinto han
obrado el milagro de convertirse en medias. Sobre todo si se han
bebido en agradable charla con amigos y entre la alegría
del encuentro y los vapores vinícolas se han mermado un
poco las facultades, circunstancia de la que se aprovecha el pillo
de turno.
Puede ocurrir también que el importe se nos comunique de
palabra, y que al solicitarlo por escrito nos pasen un simple
papel en el que sólo está apuntada la cantidad en
cuestión. Supongo que les será muy complicado desglosar
cada concepto y que la suma coincida exactamente con el precio
que ya han dicho. A Maica se la llevan los demonios cada vez que
nos ocurre algo semejante.
Sanidad debiera inspeccionar algunos establecimientos, que serían
perfectos si no fuera por su suciedad notoria. Tienen comida sabrosa,
buen servicio, amabilidad, no hacen trampas con el vino de granel
y el embotellado joven siempre es del año anterior, no
de una vendimia de hace un lustro, pero toda sus cualidades se
echan a perder por la ausencia de una higiene elemental.
Nunca han limpiado el local y uno se marcha despavorido. Pasa
un año, se regresa al lugar para darle otra oportunidad
y apenas se ha atravesado la puerta se ve una cucaracha que cruza
el suelo de lado a lado. Esto lo he vivido en un restaurante de
El Hierro, para colmo el único que hay en esa zona de la
isla. En fin, calle y pague.
Para terminar, y para que no todo sea hablar mal, citaré
con nombres y apellidos un restaurante que sí es ejemplo
de profesionalidad y buen hacer en todos los aspectos. Si viajan
a La Palma, visiten el Bodegón Tamanca, en Las Manchas,
propiedad de la bodega del mismo nombre. Su especialidad son las
carnes acompañadas de su propio vino. Aunque suele estar
muy concurrido, su personal no tardará en encontrarle una
mesa libre. Tiene además el encanto añadido de encontrarse
en una antigua bodega excavada en una montaña a modo de
cueva o de túnel.
Este restaurante aparece citado en una guía turística,
de editorial famosa, que lo recomienda no por su comida, pues
a juicio del autor se trata de «un simple asadero»,
sino por el encanto del lugar, «una cueva volcánica
natural». Nada más alejado de la realidad. Su comida
y sus vinos son excelentes, y la supuesta gruta volcánica
es, como ya les he dicho, una bodega excavada en la montaña
por la mano del hombre, como en el pasado era costumbre en esa
zona tan calurosa de La Palma para guardar los toneles en un lugar
que les garantizara frescura.
Lo que les cuento como ejemplo de que el rigor y la profesionalidad
también escasean entre algunos autores de guías
turísticas. |