L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº23 Agosto 2003

Título: Calle y pague

Texto:

Una media tarde, de las raras sin nada urgente que hacer, me disponía a entrar en un bodegón y regalarme con un vaso de vino de la comarca. Era un local al que nunca he regresado, ni pienso hacerlo, y en el que tampoco bebí nada, pues nada más llegar presencié una escena que motivó la posterior intervención de las autoridades sanitarias y judiciales.
Un hombre mayor, que llegó minutos antes y apenas acababa de beberse un solo vaso de vino, comenzó de repente a sentirse enfermo y apenas consiguió decir a los clientes que se apresuraron a auxiliarlo que por favor avisaran de inmediato a una ambulancia, que le estaba dando un ataque de diabetes, y que le ayudaran a pincharse la insulina que llevaba consigo.
El responsable del negocio palideció y su nerviosismo hacía sospechar algo más que la preocupación por socorrer a cualquier persona que necesitara un auxilio urgente para preservar su salud o su vida. Lástima que no estuviera un Galdós o un Dostoievski para describir su cara, con la expresión de arrepentimiento culpable que suele venirle a los criminales involuntarios.
Las sospechas se confirmaron luego con la intervención de los inspectores de Sanidad, a los que confesó que el vino que tenía almacenado en la bodega se le había tornado ácido, y para remediarlo compró dos o tres sacos de azúcar en una gran superficie comercial.
Imagino que la desprevenida víctima tendría muy restringido el consumo de alcohol y que controlaría sus alimentos con el rigor propio de los diabéticos. Pero un vaso ocasional de vino de la tierra, cuyo consumo moderado acarrea tantos beneficios, ¿qué daño podría hacerle? Pues el vinito le sentó como si hubiera comido un melocotón en almíbar.
Este fue un caso extremo, que no terminó en tragedia gracias a la rapidez del 112, que en menos de cinco minutos envió una ambulancia cuyo personal estabilizó al diabético y lo trasladó a un hospital. Pero sin llegar a trampas que derivan en criminales como la narrada, cuando se mezcla la fullería con la inconsciencia, en el mundo de los bodegones, ventas y guachinches abunda una picaresca cuyo lema parecer ser el de calle y pague, y si a usted no le gusta no venga. Pues eso debiéramos hacer todos, no ir a tales establecimientos.
Abunda la trampa en el vino, en la comida y en la cuenta que luego se pasa al cliente, combinada en ocasiones con la ausencia de higiene y el servicio deficiente y antiprofesional que prestan camareros y cocineros con más voluntarismo que formación, de esos que sirven el plato con el dedo pulgar dentro, o con cabello larguísimo que luego se enreda en los cubiertos. No me extenderé en el fraude de servir caldos foráneos afirmando que son del país, del que ya hablé en una pipa anterior, pero empecemos por la higiene.
Uno de mis abuelos contaba una anécdota que vivió en su juventud, con ocasión de un viaje que hizo a otro municipio (en su época, ir a otro municipio era un viaje por las cumbres, a pie o a lomos de una bestia). Paró a reponer fuerzas en una venta del camino, en la que le ofrecieron vino y su plato estrella: papas rociadas con ron.
Mi abuelo nunca había oído hablar de esa especialidad, pero le pareció que sería sabrosa y la pidió. Al poco, el ventero regresó de la trastienda con un plato de papas humeantes en una mano y una botella de ron en la otra. La sorpresa fue que el hombre se llevó la botella a la boca, se la llenó con un buen lamparazo, se enjuagó los dientes con el ron y lo escupió con toda la fuerza de sus pulmones sobre las papas...
Argumentarán ustedes que cosas así ya no ocurren ni en el guachinche más desastrado, pero, ¿qué me dicen del hábito felator de inhalar por la manguera del garrafón? Uno pide su cuarta o su vaso, y quien atiende el negocio puede tener la nada higiénica costumbre de chuparla con la boca para sacar el vino. Luego uno se fija en él y se percata de sus dientes amarillos, de sus uñas mugrientas y de que los dedos de sus pies parecen un estercolero, vistos a través de unas sandalias que nunca se han cepillado... Qué trabajo le costará traer de la ferretería una manguerita provista de fuelle. O lavarse.
Tampoco escasea el tramposo con las medidas, el tipo que sirve las cuartas en recipientes de un quinto de capacidad, o el medio litro en los de un tercio, y hay que ser observador para detectar el engaño. Los bodegueros serios siempre sirven el vino de granel en juegos de tres botellas, marcadas de fábrica con sus respectivas capacidades de 250, 500 y 1.000 centímetros cúbicos.
Todavía quedan, incluso, establecimientos en los que se utilizan para las cuartas las antiguas botellas de Pepsi Cola, con sus exactos 250 centímetros cúbicos indicados en el cuello. Imagino que en el consejo de administración de la compañía estadounidense ignoran el servicio prestado a nuestras ventas y bodegones, y tal vez sea mejor que no lo sepan, para que no reclamen derechos de marca.
Para acabar con la cuestión de la medida, algunos llevan su racanería al plato, como en un local tinerfeño famoso en el pasado por sus costillas con piñas de millo. Hoy continúa sirviéndolas, pero hay que escarbar con los cubiertos para encontrar una costillita o un trozito de piña entre el entullo de papas guisadas. O cierto bodegón de San Juan de la Rambla, al que en una ocasión fui con Maica y pedimos carne a la brasa.
A mí me sirvieron una chuleta de buen aspecto y tamaño generoso, pero la que había en el plato de Maica era una miniatura. Pedimos explicaciones, pero lo único que el camarero nos supo responder fue que «a la señora le hemos preparado una chuleta para mujeres, y a usted una para hombres». Si se trata de pescado, lo usual es que lo elija uno mismo y confiar en que no haya engaño con su peso. O que de verdad sea fresco, como asegura más de un restaurador en nuestros pueblos, aunque todas las mañanas su establecimiento recibe la visita del camión frigorífico de una empresa de congelados.
¿No cree usted en la existencia de la magia? Pues sepa que ha vivido equivocado: Cuando se pide la cuenta, resulta que aquellas cuartas de vino servidas en botellines de un quinto han obrado el milagro de convertirse en medias. Sobre todo si se han bebido en agradable charla con amigos y entre la alegría del encuentro y los vapores vinícolas se han mermado un poco las facultades, circunstancia de la que se aprovecha el pillo de turno.
Puede ocurrir también que el importe se nos comunique de palabra, y que al solicitarlo por escrito nos pasen un simple papel en el que sólo está apuntada la cantidad en cuestión. Supongo que les será muy complicado desglosar cada concepto y que la suma coincida exactamente con el precio que ya han dicho. A Maica se la llevan los demonios cada vez que nos ocurre algo semejante.
Sanidad debiera inspeccionar algunos establecimientos, que serían perfectos si no fuera por su suciedad notoria. Tienen comida sabrosa, buen servicio, amabilidad, no hacen trampas con el vino de granel y el embotellado joven siempre es del año anterior, no de una vendimia de hace un lustro, pero toda sus cualidades se echan a perder por la ausencia de una higiene elemental.
Nunca han limpiado el local y uno se marcha despavorido. Pasa un año, se regresa al lugar para darle otra oportunidad y apenas se ha atravesado la puerta se ve una cucaracha que cruza el suelo de lado a lado. Esto lo he vivido en un restaurante de El Hierro, para colmo el único que hay en esa zona de la isla. En fin, calle y pague.
Para terminar, y para que no todo sea hablar mal, citaré con nombres y apellidos un restaurante que sí es ejemplo de profesionalidad y buen hacer en todos los aspectos. Si viajan a La Palma, visiten el Bodegón Tamanca, en Las Manchas, propiedad de la bodega del mismo nombre. Su especialidad son las carnes acompañadas de su propio vino. Aunque suele estar muy concurrido, su personal no tardará en encontrarle una mesa libre. Tiene además el encanto añadido de encontrarse en una antigua bodega excavada en una montaña a modo de cueva o de túnel.
Este restaurante aparece citado en una guía turística, de editorial famosa, que lo recomienda no por su comida, pues a juicio del autor se trata de «un simple asadero», sino por el encanto del lugar, «una cueva volcánica natural». Nada más alejado de la realidad. Su comida y sus vinos son excelentes, y la supuesta gruta volcánica es, como ya les he dicho, una bodega excavada en la montaña por la mano del hombre, como en el pasado era costumbre en esa zona tan calurosa de La Palma para guardar los toneles en un lugar que les garantizara frescura.
Lo que les cuento como ejemplo de que el rigor y la profesionalidad también escasean entre algunos autores de guías turísticas.

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