L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº22 Julio 2003

Título: Un as en la manga

Autor: Apeles R. Ortega

Texto:

No siempre es la viticultura la que retrocede y se bate en retirada. Los técnicos del Cabildo de Tenerife afirman que han comprobado un aumento de la superficie de cultivo en el parque rural de Anaga desde que se habilitara, hace un año, el mercadillo del agricultor de la Cruz del Carmen. La apertura de este establecimiento ha proporcionado una salida a los cultivos de la zona, que en su mayoría pueden considerarse Aecológicos@, y hasta ha logrado el prodigio de que jóvenes del lugar hayan decidido conservar o recuperar plantaciones y bancales.
Esas viñas proporcionan el vino amaderado tan peculiar de Anaga -a veces, incluso, con un color como de barniz de carpintero, ya que hablamos de madera- que gusta a tanta gente -entre la que me cuento- como disgusta a otros muchos que se refieren a él con desprecio y, a mi juicio, con simpleza, como Avino de Taganana@.
Dejando de lado la discusión sobre el gusto personal y soberano de cada cual, que aumente la superficie de viñedos en Anaga, o en otro lugar, siempre será buena noticia para la viticultura y para la conservación de un suelo que se erosionaría y desertizaría si los agricultores lo abandonan, y también un ejemplo de buen hacer de las administraciones públicas, en este caso el Cabildo tinerfeño, al que aplaudo sin reservas por su iniciativa de proporcionar al vino de Anaga -y a sus quesos, verduras, licores...- una salida a un mercado dominado por otros caldos, por las grandes embotelladoras y las grandes distribuidoras e importadoras.
Y ya he dicho la palabra clave: mercado. Hablar de él no es sólo referirse a la libre y leal competencia. También es, casi, hablar de la selva, de capitalismo manchesteriano, de la ley del más fuerte, del pez grande que se come al chico, de una batalla en la que los viticultores y bodegueros canarios no siempre han planteado la estrategia adecuada. Y hasta en la que han mostrado tendencia a que les solucionen el problema las administraciones públicas, que a veces obran con acierto -el caso citado del Cabildo- y a veces yerran, pues no siempre se puede dar en la diana.

Aunque los vinos que se ofrecen en Canarias son, por lo general, de calidad, la gran cantidad de marcas, el tamaño pequeño de las empresas vinícolas, el escaso poder de negociación de las bodegas en solitario y el marketing agresivo e inteligente de la competencia peninsular han contribuido a que los responsables de compras de la hostelería y de la restauración se hayan decantado siempre por los vinos procedentes del exterior.
El que las bodegas sean pequeñas, como lo son la mayoría en Canarias, no tendría que representar un inconveniente de alcance si sus responsables entendieran que primero deben unirse para sacar adelante el sector y que, después de logrado este objetivo básico, ya pueden competir con quienes fueron sus aliados en conseguir mayor presencia de los vinos canarios en el mercado. Quien elabore un buen caldo no debe temer ni zancadillear al colega de su misma denominación de origen, sino unirse a él, que luego habrá consumidores suficientes para los dos, pero nunca habrá un mercado a la medida exclusiva de cada cual.
En alguna ocasión he alabado la inteligencia de los viticultores de La Palma, tan pequeños en cuanto tamaño empresarial como los tinerfeños. Las excelentes ventas en su propia isla no les han impedido ambicionar una presencia mayor en las de Tenerife y Gran Canaria, y poco a poco lo van consiguiendo gracias a su unión. Pero aún cuentan con mayores méritos, pues un grupo de bodegueros palmeros trabaja para fomentar y recuperar el prestigio de un vino tan escaso como el de tea, un clarete del que apenas se elaboran alrededor de 12.000 litros entre Tijarafe, Puntagorda, Garafía, Barlovento, San Andrés y Sauces y Puntallana y que en las últimas décadas ha quedado apagado por los malvasías de Fuencaliente y los tintos de las comarcas del sur.
Esos bodegueros, competidores entre ellos, han constituido la Asociación de Amigos del Vino de Tea, destinada a estudiarlo, catalogarlo y fomentarlo para, como indica uno de sus promotores, Juan Pérez Adrián, Asaber venderlo después@. Con este propósito han registrado el nombre de >vino de tea=, para garantizar que con él sólo puedan venderse aquellos que realmente procedan de los municipios citados y que hayan madurado en las barricas de madera de tea, algunas con casi dos siglos de antigüedad, que le dan ese sabor resinoso y balsámico, con una pizca de ácido al principio. Si ustedes tienen curiosidad por probarlo, en el mercado están las marcas Viña Traviesa, El Níspero, Las Toscas, Vitega, Piedra Jurada y Vega Norte. Cito de memoria, pues no tengo una relación completa.
A pesar de elaborar sólo 12.000 litros, los Amigos del Vino de Tea lo han dado a conocer en Andorra, donde se celebró en mayo una reunión de la Asociación Internacional de Sumilleres, y ahora trabajan para establecer una de red de distribución en Gran Canaria. Y eso que son competidores entre ellos.
Estos palmeros saben como moverse en el mercado y, además de buscarse la vida en lo que se refiere a la distribución comercial, seguro que no han caído en el error de cierta bodega tinerfeña, que recibió la llamada telefónica de un restaurante de muchos tenedores interesado en ofrecer vinos canarios de calidad a la clientela. ALo sentimos mucho, pero no servimos a domicilio@, fue la displicente respuesta de algún bobo que pensó que un negocio marcha sólo con abrirlo y esperar sentado a que lluevan los compradores. Temo que este pésimo ejemplo de estrategia comercial abunde, pues el periodista José H. Chela contó también un caso parecido en su columna del periódico Canarias 7.

Todavía pueden hacer algo más los viticultores y bodegueros del archipiélago: actuar como un grupo de presión, para lo que tienen en la manga un as tan formidable que hasta pudiera resultar decisivo en esta partida por buscar salidas para los vinos canarios, el arma secreta en la batalla por el mercado: advertir a los empresarios turísticos y hosteleros que si sólo ofrecen vinos peninsulares a quienes vienen de vacaciones a la islas apoyarán la implantación del llamado Aimpuesto turístico@ o Aecotasa@, que ya se aplica en Baleares.
La idea se le ha ocurrido a Amable del Corral, que es presidente de la Plataforma Agraria Libre de Canarias (PALCA), una organización regional que representa a los agricultores de medianías de mango, papaya, piña y otras frutas tropicales. Sus asociados han lanzado esta advertencia no porque quieran limitar la libertad de comercio e imponer su producto a través del chantaje, sino porque se han cansado de que Aseis importadores@ compren en África o América a pocos céntimos el kilo, entren la fruta Ailegalmente, sin control fitosanitario@, la envasen como si fuera un cultivo local -caso de papayas, mangos o piñas- o de Valencia -caso de naranjas de Brasil, Uruguay y Marruecos- y la vendan en el mercado insular a casi 3 euros el kilo, sin preocuparse de que esa entrada sin control, cuando no ilegal, provoca que los cosecheros canarios afronten nuevas plagas y que cada año aumenten en millón y medio de euros el gasto en insecticidas y pesticidas.
Estos mecanismos de presión son habituales en Europa o en América del Norte, tanto a escala económica como política. Pero que nadie piense que el ejemplo de PALCA, que podrían imitar los viticultores, constituye un chantaje. Primero, porque nadie ha hablado de privar al consumidor de otros vinos españoles o extranjeros, sino de ofrecerle también al turista los de las islas junto a los restantes, y segundo, porque, como dice Del Corral, Alos agricultores somos los jardineros del territorio canario, y si llegan turistas a Canarias es porque lo ven todo verde@.
Estima Del Corral, por tanto, que los empresarios turísticos debieran Afavorecer que todo esté verde@, contribuyendo a una actividad agrícola en las islas que si se abandona erosionaría y desertizaría el territorio. Eso no es chantaje, eso es prestar un servicio medioambiental al territorio que, además, favorece al vino canario.
Vamos a ver: si los viticultores nos prestan a todos un servicio impagable al conservar el territorio y su paisaje gracias a sus viñas, y si cada año que pasa tienen mayores costes de mano de obra, de abonos, de pesticidas, de inversiones para modernizar el cultivo y la bodega, de sanidad, de embotellado o de promoción, están moralmente autorizados, y de sobra, para presionar con la advertencia de que apoyarán y harán campaña en favor del Aimpuesto turístico@ o Aecotasa@ si no se ofrecen también sus vinos, junto a los habituales de la Península, en hoteles, complejos de apartamentos y restaurantes. Y que el turista decida después cuáles le gustan más.

Eso es actuar como Luciano, que cultiva viñas y papas en La Guancha. Un día que charlaba con él, mientras tomábamos un vino blanco en su bodega, sintió ganas de fumar y comenzó a liar un cigarrillo a mano, costumbre que adoptó hace casi 40 años, cuando hacía la mili, y desde entonces no ha soltado. Un desconocido, que había entrado a preguntar por una dirección y luego se autoinvitó a probar el vino, le pidió un cigarrillo y Luciano le pasó la bolsa de tabaco y el librito de papel de arroz.
El hombre carecía de la maña precisa para liarlo, y ya había derramado media bolsa de tabaco y estropeado varios papelillos cuando Luciano intervino y con los movimientos precisos de los dedos lo enrolló en segundos, con una perfección geométrica que parecía fabricado a máquina.
El visitante tampoco tenía fuego y le pidió lumbre a Luciano, que le pasó los fósforos. Y debía de ser persona algo torpona, porque dijo que sólo sabía encenderlo con mechero, y que mejor sería que le hicieran el favor de prendérselo también. Finalmente, Luciano cogió el pitillo, se lo llevó a los labios, lo encendió, comenzó a inhalar las bocanadas y le dijo al gorrón: AAhora se espera usted un par de minutos, y ya se lo doy fumado.

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