Título: Un as en la manga
Autor: Apeles R. Ortega
Texto:
No siempre es la viticultura la que retrocede y se bate en retirada.
Los técnicos del Cabildo de Tenerife afirman que han comprobado
un aumento de la superficie de cultivo en el parque rural de Anaga
desde que se habilitara, hace un año, el mercadillo del
agricultor de la Cruz del Carmen. La apertura de este establecimiento
ha proporcionado una salida a los cultivos de la zona, que en
su mayoría pueden considerarse Aecológicos@, y hasta
ha logrado el prodigio de que jóvenes del lugar hayan decidido
conservar o recuperar plantaciones y bancales.
Esas viñas proporcionan el vino amaderado tan peculiar
de Anaga -a veces, incluso, con un color como de barniz de carpintero,
ya que hablamos de madera- que gusta a tanta gente -entre la que
me cuento- como disgusta a otros muchos que se refieren a él
con desprecio y, a mi juicio, con simpleza, como Avino de Taganana@.
Dejando de lado la discusión sobre el gusto personal y
soberano de cada cual, que aumente la superficie de viñedos
en Anaga, o en otro lugar, siempre será buena noticia para
la viticultura y para la conservación de un suelo que se
erosionaría y desertizaría si los agricultores lo
abandonan, y también un ejemplo de buen hacer de las administraciones
públicas, en este caso el Cabildo tinerfeño, al
que aplaudo sin reservas por su iniciativa de proporcionar al
vino de Anaga -y a sus quesos, verduras, licores...- una salida
a un mercado dominado por otros caldos, por las grandes embotelladoras
y las grandes distribuidoras e importadoras.
Y ya he dicho la palabra clave: mercado. Hablar de él no
es sólo referirse a la libre y leal competencia. También
es, casi, hablar de la selva, de capitalismo manchesteriano, de
la ley del más fuerte, del pez grande que se come al chico,
de una batalla en la que los viticultores y bodegueros canarios
no siempre han planteado la estrategia adecuada. Y hasta en la
que han mostrado tendencia a que les solucionen el problema las
administraciones públicas, que a veces obran con acierto
-el caso citado del Cabildo- y a veces yerran, pues no siempre
se puede dar en la diana.
Aunque los vinos que se ofrecen en Canarias son, por lo general,
de calidad, la gran cantidad de marcas, el tamaño pequeño
de las empresas vinícolas, el escaso poder de negociación
de las bodegas en solitario y el marketing agresivo e inteligente
de la competencia peninsular han contribuido a que los responsables
de compras de la hostelería y de la restauración
se hayan decantado siempre por los vinos procedentes del exterior.
El que las bodegas sean pequeñas, como lo son la mayoría
en Canarias, no tendría que representar un inconveniente
de alcance si sus responsables entendieran que primero deben unirse
para sacar adelante el sector y que, después de logrado
este objetivo básico, ya pueden competir con quienes fueron
sus aliados en conseguir mayor presencia de los vinos canarios
en el mercado. Quien elabore un buen caldo no debe temer ni zancadillear
al colega de su misma denominación de origen, sino unirse
a él, que luego habrá consumidores suficientes para
los dos, pero nunca habrá un mercado a la medida exclusiva
de cada cual.
En alguna ocasión he alabado la inteligencia de los viticultores
de La Palma, tan pequeños en cuanto tamaño empresarial
como los tinerfeños. Las excelentes ventas en su propia
isla no les han impedido ambicionar una presencia mayor en las
de Tenerife y Gran Canaria, y poco a poco lo van consiguiendo
gracias a su unión. Pero aún cuentan con mayores
méritos, pues un grupo de bodegueros palmeros trabaja para
fomentar y recuperar el prestigio de un vino tan escaso como el
de tea, un clarete del que apenas se elaboran alrededor de 12.000
litros entre Tijarafe, Puntagorda, Garafía, Barlovento,
San Andrés y Sauces y Puntallana y que en las últimas
décadas ha quedado apagado por los malvasías de
Fuencaliente y los tintos de las comarcas del sur.
Esos bodegueros, competidores entre ellos, han constituido la
Asociación de Amigos del Vino de Tea, destinada a estudiarlo,
catalogarlo y fomentarlo para, como indica uno de sus promotores,
Juan Pérez Adrián, Asaber venderlo después@.
Con este propósito han registrado el nombre de >vino
de tea=, para garantizar que con él sólo puedan
venderse aquellos que realmente procedan de los municipios citados
y que hayan madurado en las barricas de madera de tea, algunas
con casi dos siglos de antigüedad, que le dan ese sabor resinoso
y balsámico, con una pizca de ácido al principio.
Si ustedes tienen curiosidad por probarlo, en el mercado están
las marcas Viña Traviesa, El Níspero, Las Toscas,
Vitega, Piedra Jurada y Vega Norte. Cito de memoria, pues no tengo
una relación completa.
A pesar de elaborar sólo 12.000 litros, los Amigos del
Vino de Tea lo han dado a conocer en Andorra, donde se celebró
en mayo una reunión de la Asociación Internacional
de Sumilleres, y ahora trabajan para establecer una de red de
distribución en Gran Canaria. Y eso que son competidores
entre ellos.
Estos palmeros saben como moverse en el mercado y, además
de buscarse la vida en lo que se refiere a la distribución
comercial, seguro que no han caído en el error de cierta
bodega tinerfeña, que recibió la llamada telefónica
de un restaurante de muchos tenedores interesado en ofrecer vinos
canarios de calidad a la clientela. ALo sentimos mucho, pero no
servimos a domicilio@, fue la displicente respuesta de algún
bobo que pensó que un negocio marcha sólo con abrirlo
y esperar sentado a que lluevan los compradores. Temo que este
pésimo ejemplo de estrategia comercial abunde, pues el
periodista José H. Chela contó también un
caso parecido en su columna del periódico Canarias 7.
Todavía pueden hacer algo más los viticultores y
bodegueros del archipiélago: actuar como un grupo de presión,
para lo que tienen en la manga un as tan formidable que hasta
pudiera resultar decisivo en esta partida por buscar salidas para
los vinos canarios, el arma secreta en la batalla por el mercado:
advertir a los empresarios turísticos y hosteleros que
si sólo ofrecen vinos peninsulares a quienes vienen de
vacaciones a la islas apoyarán la implantación del
llamado Aimpuesto turístico@ o Aecotasa@, que ya se aplica
en Baleares.
La idea se le ha ocurrido a Amable del Corral, que es presidente
de la Plataforma Agraria Libre de Canarias (PALCA), una organización
regional que representa a los agricultores de medianías
de mango, papaya, piña y otras frutas tropicales. Sus asociados
han lanzado esta advertencia no porque quieran limitar la libertad
de comercio e imponer su producto a través del chantaje,
sino porque se han cansado de que Aseis importadores@ compren
en África o América a pocos céntimos el kilo,
entren la fruta Ailegalmente, sin control fitosanitario@, la envasen
como si fuera un cultivo local -caso de papayas, mangos o piñas-
o de Valencia -caso de naranjas de Brasil, Uruguay y Marruecos-
y la vendan en el mercado insular a casi 3 euros el kilo, sin
preocuparse de que esa entrada sin control, cuando no ilegal,
provoca que los cosecheros canarios afronten nuevas plagas y que
cada año aumenten en millón y medio de euros el
gasto en insecticidas y pesticidas.
Estos mecanismos de presión son habituales en Europa o
en América del Norte, tanto a escala económica como
política. Pero que nadie piense que el ejemplo de PALCA,
que podrían imitar los viticultores, constituye un chantaje.
Primero, porque nadie ha hablado de privar al consumidor de otros
vinos españoles o extranjeros, sino de ofrecerle también
al turista los de las islas junto a los restantes, y segundo,
porque, como dice Del Corral, Alos agricultores somos los jardineros
del territorio canario, y si llegan turistas a Canarias es porque
lo ven todo verde@.
Estima Del Corral, por tanto, que los empresarios turísticos
debieran Afavorecer que todo esté verde@, contribuyendo
a una actividad agrícola en las islas que si se abandona
erosionaría y desertizaría el territorio. Eso no
es chantaje, eso es prestar un servicio medioambiental al territorio
que, además, favorece al vino canario.
Vamos a ver: si los viticultores nos prestan a todos un servicio
impagable al conservar el territorio y su paisaje gracias a sus
viñas, y si cada año que pasa tienen mayores costes
de mano de obra, de abonos, de pesticidas, de inversiones para
modernizar el cultivo y la bodega, de sanidad, de embotellado
o de promoción, están moralmente autorizados, y
de sobra, para presionar con la advertencia de que apoyarán
y harán campaña en favor del Aimpuesto turístico@
o Aecotasa@ si no se ofrecen también sus vinos, junto a
los habituales de la Península, en hoteles, complejos de
apartamentos y restaurantes. Y que el turista decida después
cuáles le gustan más.
Eso es actuar como Luciano, que cultiva viñas y papas en
La Guancha. Un día que charlaba con él, mientras
tomábamos un vino blanco en su bodega, sintió ganas
de fumar y comenzó a liar un cigarrillo a mano, costumbre
que adoptó hace casi 40 años, cuando hacía
la mili, y desde entonces no ha soltado. Un desconocido, que había
entrado a preguntar por una dirección y luego se autoinvitó
a probar el vino, le pidió un cigarrillo y Luciano le pasó
la bolsa de tabaco y el librito de papel de arroz.
El hombre carecía de la maña precisa para liarlo,
y ya había derramado media bolsa de tabaco y estropeado
varios papelillos cuando Luciano intervino y con los movimientos
precisos de los dedos lo enrolló en segundos, con una perfección
geométrica que parecía fabricado a máquina.
El visitante tampoco tenía fuego y le pidió lumbre
a Luciano, que le pasó los fósforos. Y debía
de ser persona algo torpona, porque dijo que sólo sabía
encenderlo con mechero, y que mejor sería que le hicieran
el favor de prendérselo también. Finalmente, Luciano
cogió el pitillo, se lo llevó a los labios, lo encendió,
comenzó a inhalar las bocanadas y le dijo al gorrón:
AAhora se espera usted un par de minutos, y ya se lo doy fumado.
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