L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº21 Junio 2003

Título: ¿Comemos y bebemos bien fuera de casa?

Autor: Apeles R. Ortega

Texto:

Comer y beber es tan imprescindible como respirar. Es una verdad evidente, axiomática. Nadie discute que el cuerpo humano, y el de cualquier otro animal, necesita alimentarse para vivir, pero ¿solemos preguntarnos, siquiera sea de tarde en tarde, si comemos y bebemos bien?
Nuestras autoridades afirman que sí, dicen que comemos y bebemos cada vez mejor porque cada día que pasa somos más exigentes no sólo con la calidad de los artículos de consumo, también con la sanidad y la seguridad de nuestra alimentación. Es cierto, todos nos fijamos en la frescura, en el buen aspecto, en las fechas de envasado y en las de caducidad de lo que compramos en un supermercado, pero, insisto, ¿comemos y bebemos bien?.

Hace pocos días, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación aseguró que sí, que los españoles comemos cada día mejor, y que así lo demuestra el Panel de Consumo Alimentario, que es la estadística que elabora su departamento sobre el consumo y el gasto en alimentación en los hogares, en los restaurantes, en los colegios de los niños, en los hospitales, en las residencias de ancianos y en otros centros o lugares.

No es mi propósito caer en el chiste fácil de que la estadística es la ciencia que dice que si una persona come un pollo al día y otra no tiene nada que llevarse a la boca, las dos han comido medio pollo, pero permítaseme que ponga en cuarentena la observación del ministro, pues creo que para un estudio serio y riguroso (con fundamento, que decimos por aquí) sobre nuestros hábitos alimentarios y la calidad de nuestra alimentación no basta con los datos tomados de las facturas de la comida que compramos en los supermercados o que consumimos en los restaurantes, por muy bien etiquetadas, envasadas o presentadas que vengan. O por muy caras que nos hayan costado, que ésta es otra.

Seamos sinceros. ¿Usted cree que come bien en el comedor de su empresa o en el restaurante económico donde pide el menú del día? ¿Usted cree que su hijo come bien en el comedor de su colegio, a pesar de las obligadas garantías sanitarias y de calidad?.

A diferencia de lo que ocurría en el pasado, hoy la mayoría de las personas vivimos y trabajamos en lugares distintos y, con frecuencia, alejados, circunstancia que nos obliga a hacer la mayoría de las comidas fuera de casa. Y por mucho que vigilemos la ingesta de calorías y el equilibrio dietético, o por muy buena que sea la presentación de los platos, no nos queda más remedio que reconocer que hay un abismo gastronómico o culinario entre la comida industrial de freidora y microondas, de platos combinados y precocinados, y la cocina de caldero, horno y sartén que todos, incluidos los que somos escasamente duchos en la materia, podemos guisarnos en casa.

Es cierto que pasamos la mayor parte de la semana laboral fuera de nuestra casa, que casi pisamos sólo para dormir, pero tampoco se necesita tanto tiempo para prepararnos una comida más sana, más sabrosa y hasta más barata, que la cocina hogareña evita muchos gastos. No se trata, ni mucho menos, de preparar un almuerzo cotidiano como el que refleja Galdós en su novela «Gloria», consistente en sopa de arroz calduda, pollos con tomates, magras también atomatadas, pescados en escabeche picante, langostas, percebes «como patas de cabra» y, de nuevo, el imperio de la carne representado en piezas adobadas de cerdo y chuletas con forro de fritura, todo ello acompañado de aceitunas, pepinillos, quesos, anchoas y calabacines rellenos. Y de postre, dulces y arroz con leche...
Vaya una animalada de almuerzo. El propio Galdós, narrador omnisciente y realista, lo definía como «comida más rica que fina, algo a la pata llana, demasiado suculenta, comida española, de esa que más parece hecha para atarugar rústicos cuerpos que para deleitar delicados paladares».
Tiene toda la razón del mundo el novelista grancanario y conviene hacerle caso. Conviene también que deleitemos nuestro paladar y beneficiemos nuestra salud y bolsillo metiéndonos un ratito en la cocina para al menos una vez al día, en la cena, por ejemplo, comer en casa. No cuesta trabajo meter unas verduras en un caldero con agua y una pisquita de sal gorda y prepararlas a fuego lento hasta que estén listas. Cierto que la cocción lleva casi una hora de tiempo, pero se puede preparar suficiente cantidad para llenar tres recipientes tipo «tupperware». Uno puede conservarse varios días en la nevera y sólo habrá que calentar lo que vayamos a consumir en noches siguientes, y los otros dos, de tamaño menor, se dejan en el congelador y nos resolverán muy bien más de una comida futura.
Y si uno ha tenido la previsión de comprar legumbres y hortalizas, ¿qué trabajo cuesta preparar una ensalada con tres o cuatro componentes, aliñada con aceite de oliva y unas gotas de vinagre? Si queremos, la podemos acompañar de un filete de carne, o de unas rodajas de pescado que tampoco nos requerirá mucho tiempo pasar por la sartén.
¿Se le hace la boca agua? Pues todavía puede enriquecer estas comidas que apenas le habrá costado preparar acompañándolas de un producto exquisito para el paladar y nutritivo para el cuerpo, que cada vez valoran más los consumidores europeos y que, por añadidura, ni siquiera es necesario preparar y que también se puede conservar en la nevera. Me refiero a la sabrosa variedad de los quesos canarios. Cada isla tiene sus tipos y variedades y sólo es cuestión del gusto personal elegir uno. Y si usted quiere, añada también unas papitas o una batata guisada.

Pues después de unas comidas así, tan sencillas de preparar como sabrosas y económicas, todavía puede usted regalarse con alguna de las frutas que tanto abundan en Canarias o, si es goloso, con una quesadilla de El Hierro, con queso de almendra de La Palma, con miel de cualquier isla... Con unos postres que, además, son nutritivos porque nada tienen que ver con la bollería perniciosa que nos ofrecen en las cafeterías.
Hablemos ahora de los vinos, que beberlos en casa, solos o para acompañar estas comidas buenas, bonitas, baratas y fáciles también presenta ventajas sobre su consumo en los restaurantes, comenzando por su correcta conservación y acabando con que por una botella nos cobrarán cuatro o cinco veces su precio en supermercado.

Si usted es amante de los vinos, seguro que más de una vez se habrá visto en el trance de rechazar en el restaurante la botella de su denominación de origen favorita que pidió con tanta ilusión. Simplemente porque se trataba de un vino joven y la botella que le trajeron a la mesa era de una cosecha de hace cuatro años, con su contenido ya estropeado sin remedio.
Es frecuente encontrar esta torpeza, o tal vez ignorancia, en nuestros restaurantes. Quizá se deba a que abrir un establecimiento de este tipo es una de las iniciativas empresariales más populares, y sus promotores suelen tener más voluntarismo que formación hostelera. En casa, en cambio, bebemos el vino joven en su tiempo adecuado, después de haber comprobado en el supermercado la cosecha que compramos.

Y con la ventaja añadida de que luego no es necesario conducir el coche y arriesgarnos a un control de alcoholemia durante el trayecto de regreso. Aunque nos hayamos moderado en el restaurante, una sola copa de vino provoca que una persona saludable, de 70 kilos de peso, de positivo al soplar en el etilómetro de los agentes de la autoridad.

Estas veladas gastronómicas que podemos regalarnos en casa se pueden coronar, ya que tendremos la tranquilidad de que no habrá riesgo de controles de alcoholemia, con una copa de ron, canario o caribeño, de mistela o de su licor preferido, y hasta con un aromático puro, habano o palmero, o una pipa de tabaco inglés, sin temor a atufar en el restaurante a los ocupantes de la mesa de al lado, a quienes quizá moleste el humo y tienen perfecto derecho a no soportarlo.

Con organización, habrá tiempo para preparar en casa al menos una comida al día. Es cuestión de pillar el hábito y de coger un mínimo de habilidad, aunque al principio cometamos fallos. A mí suele recordarme Maica, cuando tiene ganas de reírse, una ocasión en que quise preparar unas lonchas de pescado empanado... sin pan rallado. Pero no me desanimé y, la verdad, mis platos le encantan y no descarto preparar, cuando adquiera un poco más de conocimiento, una de las recetas que Rogelio nos ofrece en Bodega Canaria.

Aunque siempre fui un «comefuera» y tardé bastantes años en trajinar con los calderos, a la insistencia y enseñanza de Maica debo mis todavía no muy avanzados progresos en la cocina, pues fue quien me convenció para algo que mejora la calidad de vida, la salud, el buen humor y proporciona animadas charlas de sobremesa y un reparto más justo de las faenas domésticas en la familia, además de evitar al menos una vez al día esos platos combinados y apresurados cuya única ventaja es, según le oí decir al barman de una cafetería de Santa Cruz de Tenerife, «que si uno tiene el colesterol bajo, se lo sube».

Y ahorrando el dinero de una sola comida diaria fuera de casa, al cabo de un año es probable que tengamos suficiente para pagarnos unas vacaciones.

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