Título: ¿Comemos y bebemos
bien fuera de casa?
Autor: Apeles R. Ortega
Texto:
Comer y beber es tan imprescindible como respirar. Es una verdad
evidente, axiomática. Nadie discute que el cuerpo humano,
y el de cualquier otro animal, necesita alimentarse para vivir,
pero ¿solemos preguntarnos, siquiera sea de tarde en tarde,
si comemos y bebemos bien?
Nuestras autoridades afirman que sí, dicen que comemos
y bebemos cada vez mejor porque cada día que pasa somos
más exigentes no sólo con la calidad de los artículos
de consumo, también con la sanidad y la seguridad de nuestra
alimentación. Es cierto, todos nos fijamos en la frescura,
en el buen aspecto, en las fechas de envasado y en las de caducidad
de lo que compramos en un supermercado, pero, insisto, ¿comemos
y bebemos bien?.
Hace pocos días, el ministro de Agricultura, Pesca y Alimentación
aseguró que sí, que los españoles comemos
cada día mejor, y que así lo demuestra el Panel
de Consumo Alimentario, que es la estadística que elabora
su departamento sobre el consumo y el gasto en alimentación
en los hogares, en los restaurantes, en los colegios de los niños,
en los hospitales, en las residencias de ancianos y en otros centros
o lugares.
No es mi propósito caer en el chiste fácil de que
la estadística es la ciencia que dice que si una persona
come un pollo al día y otra no tiene nada que llevarse
a la boca, las dos han comido medio pollo, pero permítaseme
que ponga en cuarentena la observación del ministro, pues
creo que para un estudio serio y riguroso (con fundamento, que
decimos por aquí) sobre nuestros hábitos alimentarios
y la calidad de nuestra alimentación no basta con los datos
tomados de las facturas de la comida que compramos en los supermercados
o que consumimos en los restaurantes, por muy bien etiquetadas,
envasadas o presentadas que vengan. O por muy caras que nos hayan
costado, que ésta es otra.
Seamos sinceros. ¿Usted cree que come bien en el comedor
de su empresa o en el restaurante económico donde pide
el menú del día? ¿Usted cree que su hijo
come bien en el comedor de su colegio, a pesar de las obligadas
garantías sanitarias y de calidad?.
A diferencia de lo que ocurría en el pasado, hoy la mayoría
de las personas vivimos y trabajamos en lugares distintos y, con
frecuencia, alejados, circunstancia que nos obliga a hacer la
mayoría de las comidas fuera de casa. Y por mucho que vigilemos
la ingesta de calorías y el equilibrio dietético,
o por muy buena que sea la presentación de los platos,
no nos queda más remedio que reconocer que hay un abismo
gastronómico o culinario entre la comida industrial de
freidora y microondas, de platos combinados y precocinados, y
la cocina de caldero, horno y sartén que todos, incluidos
los que somos escasamente duchos en la materia, podemos guisarnos
en casa.
Es cierto que pasamos la mayor parte de la semana laboral fuera
de nuestra casa, que casi pisamos sólo para dormir, pero
tampoco se necesita tanto tiempo para prepararnos una comida más
sana, más sabrosa y hasta más barata, que la cocina
hogareña evita muchos gastos. No se trata, ni mucho menos,
de preparar un almuerzo cotidiano como el que refleja Galdós
en su novela «Gloria», consistente en sopa de arroz
calduda, pollos con tomates, magras también atomatadas,
pescados en escabeche picante, langostas, percebes «como
patas de cabra» y, de nuevo, el imperio de la carne representado
en piezas adobadas de cerdo y chuletas con forro de fritura, todo
ello acompañado de aceitunas, pepinillos, quesos, anchoas
y calabacines rellenos. Y de postre, dulces y arroz con leche...
Vaya una animalada de almuerzo. El propio Galdós, narrador
omnisciente y realista, lo definía como «comida más
rica que fina, algo a la pata llana, demasiado suculenta, comida
española, de esa que más parece hecha para atarugar
rústicos cuerpos que para deleitar delicados paladares».
Tiene toda la razón del mundo el novelista grancanario
y conviene hacerle caso. Conviene también que deleitemos
nuestro paladar y beneficiemos nuestra salud y bolsillo metiéndonos
un ratito en la cocina para al menos una vez al día, en
la cena, por ejemplo, comer en casa. No cuesta trabajo meter unas
verduras en un caldero con agua y una pisquita de sal gorda y
prepararlas a fuego lento hasta que estén listas. Cierto
que la cocción lleva casi una hora de tiempo, pero se puede
preparar suficiente cantidad para llenar tres recipientes tipo
«tupperware». Uno puede conservarse varios días
en la nevera y sólo habrá que calentar lo que vayamos
a consumir en noches siguientes, y los otros dos, de tamaño
menor, se dejan en el congelador y nos resolverán muy bien
más de una comida futura.
Y si uno ha tenido la previsión de comprar legumbres y
hortalizas, ¿qué trabajo cuesta preparar una ensalada
con tres o cuatro componentes, aliñada con aceite de oliva
y unas gotas de vinagre? Si queremos, la podemos acompañar
de un filete de carne, o de unas rodajas de pescado que tampoco
nos requerirá mucho tiempo pasar por la sartén.
¿Se le hace la boca agua? Pues todavía puede enriquecer
estas comidas que apenas le habrá costado preparar acompañándolas
de un producto exquisito para el paladar y nutritivo para el cuerpo,
que cada vez valoran más los consumidores europeos y que,
por añadidura, ni siquiera es necesario preparar y que
también se puede conservar en la nevera. Me refiero a la
sabrosa variedad de los quesos canarios. Cada isla tiene sus tipos
y variedades y sólo es cuestión del gusto personal
elegir uno. Y si usted quiere, añada también unas
papitas o una batata guisada.
Pues después de unas comidas así, tan sencillas
de preparar como sabrosas y económicas, todavía
puede usted regalarse con alguna de las frutas que tanto abundan
en Canarias o, si es goloso, con una quesadilla de El Hierro,
con queso de almendra de La Palma, con miel de cualquier isla...
Con unos postres que, además, son nutritivos porque nada
tienen que ver con la bollería perniciosa que nos ofrecen
en las cafeterías.
Hablemos ahora de los vinos, que beberlos en casa, solos o para
acompañar estas comidas buenas, bonitas, baratas y fáciles
también presenta ventajas sobre su consumo en los restaurantes,
comenzando por su correcta conservación y acabando con
que por una botella nos cobrarán cuatro o cinco veces su
precio en supermercado.
Si usted es amante de los vinos, seguro que más de una
vez se habrá visto en el trance de rechazar en el restaurante
la botella de su denominación de origen favorita que pidió
con tanta ilusión. Simplemente porque se trataba de un
vino joven y la botella que le trajeron a la mesa era de una cosecha
de hace cuatro años, con su contenido ya estropeado sin
remedio.
Es frecuente encontrar esta torpeza, o tal vez ignorancia, en
nuestros restaurantes. Quizá se deba a que abrir un establecimiento
de este tipo es una de las iniciativas empresariales más
populares, y sus promotores suelen tener más voluntarismo
que formación hostelera. En casa, en cambio, bebemos el
vino joven en su tiempo adecuado, después de haber comprobado
en el supermercado la cosecha que compramos.
Y con la ventaja añadida de que luego no es necesario conducir
el coche y arriesgarnos a un control de alcoholemia durante el
trayecto de regreso. Aunque nos hayamos moderado en el restaurante,
una sola copa de vino provoca que una persona saludable, de 70
kilos de peso, de positivo al soplar en el etilómetro de
los agentes de la autoridad.
Estas veladas gastronómicas que podemos regalarnos en casa
se pueden coronar, ya que tendremos la tranquilidad de que no
habrá riesgo de controles de alcoholemia, con una copa
de ron, canario o caribeño, de mistela o de su licor preferido,
y hasta con un aromático puro, habano o palmero, o una
pipa de tabaco inglés, sin temor a atufar en el restaurante
a los ocupantes de la mesa de al lado, a quienes quizá
moleste el humo y tienen perfecto derecho a no soportarlo.
Con organización, habrá tiempo para preparar en
casa al menos una comida al día. Es cuestión de
pillar el hábito y de coger un mínimo de habilidad,
aunque al principio cometamos fallos. A mí suele recordarme
Maica, cuando tiene ganas de reírse, una ocasión
en que quise preparar unas lonchas de pescado empanado... sin
pan rallado. Pero no me desanimé y, la verdad, mis platos
le encantan y no descarto preparar, cuando adquiera un poco más
de conocimiento, una de las recetas que Rogelio nos ofrece en
Bodega Canaria.
Aunque siempre fui un «comefuera» y tardé bastantes
años en trajinar con los calderos, a la insistencia y enseñanza
de Maica debo mis todavía no muy avanzados progresos en
la cocina, pues fue quien me convenció para algo que mejora
la calidad de vida, la salud, el buen humor y proporciona animadas
charlas de sobremesa y un reparto más justo de las faenas
domésticas en la familia, además de evitar al menos
una vez al día esos platos combinados y apresurados cuya
única ventaja es, según le oí decir al barman
de una cafetería de Santa Cruz de Tenerife, «que
si uno tiene el colesterol bajo, se lo sube».
Y ahorrando el dinero de una sola comida diaria fuera de casa,
al cabo de un año es probable que tengamos suficiente para
pagarnos unas vacaciones.
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