Título: Vino y Espionaje
Autor: Apeles R. Ortega
Texto:
¿Habrá algún día un mundo sin guerra?
Esa prueba de que la civilización no ha progresado lo suficiente
se resiste a desaparecer. En estas fechas las grandes operaciones
militares en Iraq han provocado que olvidemos otros enfrentamientos
bélicos que permanecen diseminados sobre el planeta, pues
su misma pervivencia en el tiempo hace que dejen de ser noticia
para los medios y cadenas de televisión. Es lo malo que
tienen las leyes del periodismo.
Un asunto tan doloroso, que provoca tantas muertes y tantas mutilaciones
de cuerpos y de esperanzas en el mundo, se presta poco a la broma
o al comentario frívolo. Pero en una revista como esta,
que defiende la cultura del vino y todo lo que implica de concordia,
de armonía, de diálogo y de búsqueda de soluciones
pacíficas o, por emplear una palabrota de los políticos
que luego los periodistas hacemos la bobería de imitar,
de multipolaridad, permitáseme que rescate del olvido un
episodio minúsculo, casi una historieta chusca, pero real,
de los tiempos de la Guerra Fría, en el que el vino de
La Palma y la propia isla tuvieron algo que ver y en el que fui
actor involuntario y bastante secundario.
Al grano. Años sesenta, en plena Guerra Fría entre
los Estados Unidos y la Unión Soviética, y el mundo
que vivía sin respirar a causa de esa angustia terrible
que dio en llamarse el “terror nuclear”. Las dos potencias
hegemónicas no podían verse ni en pintura, y el
choque fatídico que pondría fin a la humanidad,
con avisos nada tranquilizadores como el de la crisis de los misiles
en Cuba, parecía inevitable.
En esa época La Palma vivía sus días de gloria
platanera. En todas partes se construían fincas de plátanos
y el Valle de Aridane ya era una inmensidad verde desde las medianías
hasta la costa, salpicada por los enormes estanques de agua para
el regadío de esta agricultura de exportación. Muchos
extranjeros, sobre todo británicos y alemanes, comenzaban
a fijar su residencia en la isla, aunque la modernidad que ellos
traían no terminaba de entrar del todo y se avisaba a la
Guardia Civil si se veía pasar a uno de esos europeos haciendo
footting en pantalón corto, pues para las buenas gentes
sólo se trataba de un loco corriendo en calzoncillos. Y
del terror nuclear había hasta un reflejo comercial en
las tiendas, que vendían una marca de raticida que se anunciaba
como “la bomba atómica contra las ratas”.
Además de británicos y alemanes, también
llegaron a La Palma unos pocos estadounidenses, casi todos militares,
pues su país había instalado una base de observación
en la playa de Puerto Naos, en Los Llanos de Aridane. ¿Y
qué observaban desde allí? Pues desde esas instalaciones,
hoy inexistentes porque hace años el avance tecnológico
las hizo innecesarias, se vigilaba ni más ni menos que
el paso de submarinos soviéticos por esa zona del Atlántico,
asunto que no era ningún secreto y que estaba recogido
en los tratados que España y Estados Unidos firmaron en
la época.
Los militares allí destinados no tenían la apariencia
cinematográfica de los agentes secretos ni aspecto de héroes.
Eran tipos corrientes, que incluso hacían gasto en el pueblo,
sobre todo en los restaurantes, en el alquiler de sus viviendas
y en una tienda radicada, todavía hoy, en la avenida Doctor
Fleming de Los Llanos, donde compraban equipos y útiles
de submarinismo, que necesitaban porque tenían sumergidos
en las aguas de Puerto Naos sus sensores, sonares y demás
artilugios de detección.
Pues sucedió un día que esos americanos tuvieron
necesidad de contratar a un matemático, seguramente porque
la inexistencia de ordenadores obligaba a hacer muchos cálculos,
y pusieron un anuncio en el Diario de Avisos, periódico
que entonces se editaba en La Palma. Ignoro cuantas respuestas
recibieron, pero finalmente lograron hacerse con uno cuyo hijo
menor, casualidades del destino, estudiaba la primaria con un
servidor de ustedes, en el colegio Padre Manjón.
Con frecuencia su madre lo enviaba a llevarle la comida a su padre
a la base de los americanos, y con frecuencia yo lo acompañaba
hasta allí para entregarle el almuerzo y los dos entrábamos
como Pedro por su casa en aquellas instalaciones que poco tenían
de misteriosas, pues su aspecto era una mezcla de oficina y de
taller moderno, sin vigilancia en el exterior. El almuerzo, acompañado
siempre de una botella de vino de Las Manchas, iba siempre en
uno de esos cestos de mimbre que entonces usaban quienes se llevaban
la comida al trabajo.
Imagino que el matemático palmero convidaría a un
vasito de su vino a la gente de la base, que se quedaría
encantada con él, pues con el paso de los días mi
amigo comenzó a llevarle en el cesto dos botellas en vez
de una. Su padre bebía siempre la misma cantidad, pero
las dos botellas pronto pasaron a tres y, al final, ya era más
práctico llevar un garrafón. A todo el mundo le
gusta lo bueno, y los americanos no iban a ser una excepción
con ese tinto de Las Manchas de sabor carnoso y aromas de hierba.
En el viaje desde Los Llanos hasta Puerto Naos, cargando el garrafón,
solíamos ir en una guagua de la compañía
María Santos Pérez, un vehículo antiguo que
por su techo curvo, su trompa delantera y las dos antenas con
una bola blanca en el extremo que sobresalían de cada lado
del parachoques (los vehículos pesados de la época
las utilizaban de punto de referencia para maniobrar en lugares
estrechos) la gente lo llamaba “La Cucaracha”.
Pero la puntualidad nunca ha sido característica de los
transportes insulares y en muchas ocasiones hacíamos auto-stop.
Casi siempre nos recogía el primero que pasaba, pues éramos
dos niños y la época también era otra. Un
día nos llevó un alemán que conducía
una furgoneta Volkswagen. Hablaba bien el español y supusimos
que viviría en el pago de Todoque, donde se asentaban numerosos
compatriotas suyos, y también británicos. Ese tipo
tan simpático nos recogió en otras ocasiones, en
las que incluso repetía su gentileza volviéndonos
a llevar en el viaje de regreso, con el garrafón vacío
que sustituíamos por el nuevo.
La última vez hasta se molestó en bajarnos el garrafón
de vino de la parte trasera de la Volkswagen. En ese momento me
pareció que pesaba menos que al cargarlo, pero no le di
importancia y lo llevamos, como de costumbre, donde los americanos
ya lo estaban aguardando. A ellos también les llamó
la atención su inhabitual ligereza y uno lo examinó
con desconfianza, nos preguntó quién nos había
acercado hasta allí y al decirle el nombre del alemán
decidió romper el forro de caña que se usaba para
proteger el garrafón de cristal de los golpes (hoy se utilizan
de plástico). Sorpresa: el garrafón de 16 litros
se había convertido en una garrafa de cuatro, bajo la cual
había una especie de magnetófono, algún artilugio
cuya utilidad desconocíamos y tres o cuatro pilas de petaca
que alimentaban el conjunto.
No nos dijeron nada, faltaría más. El padre de mi
amigo tal vez lo reprendería para que no anduviera con
desconocidos, pero siguió prestando sus servicios matemáticos
a los americanos. Y nosotros continuamos llevándoles los
garrafones con la preciada bebida.
Ahí terminó la frustrada operación de espionaje.
El alemán, probablemente, sería un agente de la
Alemania Oriental, de la Alemania comunista, y viviría
en La Palma camuflado entre tanto germano que también se
había asentado en la isla. Y probablemente los americanos
de la base de Puerto Naos ya tendrían información
sobrada de sus actividades. Canarias fue tierra de espías
desde la I Guerra Mundial, y no sé si hoy también.
Hasta 1945 los submarinos alemanes se reunían en el mar
que se divisa desde el mirador de La Garañona, en el municipio
tinerfeño de El Sauzal, y hablan las lenguas, y hasta el
escritor Vásquez Figueroa, de que también lo hacían
en Fuerteventura.
No muchos años después del episodio narrado, estalló
en La Palma el volcán Teneguía, precedido de movimientos
sísmicos. Hoy se sabe, gracias a la desclasificación
de documentos secretos, que el primer temblor de tierra que se
sintió en la isla hizo creer a los americanos de Puerto
Naos que un submarino nuclear soviético había estallado
accidentalmente en las profundidades, percance que ya habían
sufrido los rusos en alguna ocasión anterior (y que hoy
continúa pasándoles). Pero hechos los primeros análisis,
concluyeron que se trataba de “sismología volcánica”
y advirtieron a las autoridades. Incluso acertaron, con la tecnología
de 1971, en que la erupción sería en Fuencaliente.
Volviendo a nuestro espía alemán, que hace pocas
semanas murió en La Palma a edad muy provecta (yo me quedé
con las ganas de hacerle una entrevista, pero él nunca
quiso hablar y se llevó sus secretos a la sepultura), suele
decirse que la realidad supera a la ficción. Ejemplo de
esta última es la novela de uno de los maestros del género,
Graham Greene, “Nuestro hombre en La Habana”, en la
que su protagonista se ofrece como espía a los británicos.
Estos aceptan, pero el aspirante a agente secreto descubre luego
que no encuentra nada que espiar y, para evitar el ridículo,
dibuja el plano de una aspiradora doméstica que usaba para
limpiar su casa y lo envía a Londres, diciendo que era
una nueva y poderosa arma inventada por los cubanos, que podrían
proporcionársela a los soviéticos. Los británicos
se tragan la superchería, y el resto de la historia ya
se lo pueden suponer...
Me permitirán que piense que la verídica ocurrencia
del alemán, a costa del garrafón de vino de Las
Manchas, supera por su misma simplicidad la imaginación
literaria de Greene, de Le Carré o de cualquier otro maestro
de las novelas de espías.
Las Manchas continúa hoy, ajena a estas historias de espionaje,
ofreciendo su vino gracias al tesón de generaciones de
agricultores para dominar un suelo agreste y volcánico.
Las viñas siguen cultivándose por el sistema de
rastreras y conviven las bodegas tradicionales con las modernas.
Tal vez, si el jefe americano, del que cuentan que no bebe nada,
y el jefe iraquí, que no sé si el islam le permitirá
beber, se hubiesen reunido en torno a un garrafón de su
tinto rubí y de matices violetas se hubiera evitado lo
que finalmente ocurrió. Ya dice la gente que la “exaltación
de la amistad” es una de las fases de la borrachera.
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