Título: El ocio y el alcohol
Autor: Apeles R. Ortega
Texto:
Dicen que vivimos en la sociedad del ocio, afirmación
que despierta la sonrisa de quienes trabajan de sol a sol, que
no terminan de comprender esa situación personal de cese
de cualquier clase de actividad económica o que apenas
tienen tiempo libre después del trabajo cotidiano para
dedicarlo al descanso o a ocupaciones distintas de las habituales.
También dicen que el tiempo de ocio es, por lo general,
creciente a medida que las sociedades progresan en lo social,
y aquí nos encontramos con dos paradojas: por un lado,
que ese tiempo libre genera una nueva industria de actividades
de esparcimiento, que algunos han llamado sector cuaternario para
distinguirla del sector terciario o de servicios, y, por otro
lado, la existencia de parados forzosos que dedican sus horas
a la búsqueda de trabajo, sin disfrutar de esa inactividad
transitoria o de larga duración. La suerte de unos también
puede ser la desgracia de otros.
En ese tiempo de ocio es constatable el hábito social de
tomar bebidas alcohólicas, que ha generado toda una industria
en sentido estricto (el sector secundario), que las fabrica y
embotella, y todo un mundo de servicios, que las sirve a la multitud
que acude en masa a los establecimientos públicos donde
las dispensan. Sin olvidar a la administración tributaria,
que aplica onerosas tasas a todos. Es un fenómeno de masas
arraigado en extremo, y sus consecuencias no siempre son buenas,
aunque opino que se debe distinguir entre quienes en su tiempo
libre siguen o practican lo que se ha llamado cultura del vino
y quienes simplemente beben y se embriagan.
Hace poco, el secretario de Salud Laboral y Medio Ambiente de
la Unión Insular de Tenerife del sindicato CCOO, José
Manuel Corrales, difundía un informe de la Organización
Mundial de la Salud (OMS), en el que se advierte de que el 5 por
ciento de las muertes de jóvenes de entre 15 y 29 años
en todo el mundo se asocian al consumo de alcohol, del cual sufren
dependencia 140 millones de personas en el planeta. Además,
en ese estudio se sostiene que el alcohol es responsable del 4
por ciento de la morbilidad mundial y de entre el 20 y 30 por
ciento de los cánceres de esófago, hepatitis, epilepsia,
accidentes de circulación, agresiones y homicidios.
Por lo que respecta a España, CCOO también alertaba
de que los resultados de estos estudios concluyen que, además
de marcar el crecimiento en el consumo y en el descenso en las
edades de inicio, hay también tendencia al policonsumo,
es decir, adictos que son consumidores frecuentes de dos o más
sustancias.
Según estas estadísticas, el tipo de consumo viene
discriminado por sexo: con relación a los hombres, se apunta
que la sustancia más consumida es la cocaína (casi
el 40 por ciento), seguida por el alcohol (34 por ciento) y la
marihuana (20 por ciento). En el caso de las mujeres, se señala
que el alcohol (con casi el 35 por ciento) es la sustancia más
consumida, seguida por la cocaína (28 por ciento), la marihuana
(20 por ciento) y los psicofármacos, con casi el 9 por
ciento.
Por otro lado, el consumo de bebidas alcohólicas entre
los adolescentes creció un 150 por ciento en los dos últimos
años, fenómeno extendido a todas las capas sociales
y a todo el territorio nacional. Más del 70 por ciento
de los estudiantes consume bebidas alcohólicas. En la mayoría
de los núcleos urbanos, especialmente en Canarias, este
porcentaje casi siempre supera la mitad de los estudiantes.
Malas consecuencias, pues, para la salud. Lo que las administraciones
ganan en impuestos y tasas, lo pierden luego en un gasto sanitario
que podría evitarse con otro estilo de ocio. Y también
pésimas consecuencias para la convivencia, ya que esta
avalancha de bebedores se concentra en lugares concretos de las
áreas urbanas y de los núcleos de población
de los pueblos causando molestias innumerables a quienes allí
viven, que hasta se ven privados de un derecho tan elemental como
es el descanso nocturno.
La diversión de muchos también es la tortura de
un número no menor de ciudadanos, que tienen la desgracia
de que esos establecimientos de ocio se hayan instalado donde
ellos tienen su dormitorio, con absoluta tolerancia, cuando no
complicidad, de unos ayuntamientos que prefieren engrosar sus
arcas por la vía de los impuestos y de las licencias antes
que evitar que los vecinos sean víctimas de la delincuencia
acústica. Incluso en los pocos casos que hacen cumplir
a rajatabla los horarios de cierre, estos pueden llegar hasta
las cinco de la mañana, lo que no es ningún consuelo
para el ciudadano que a las ocho, o antes, tiene que estar fresquito
en su puesto de trabajo para cumplir con sus obligaciones laborales.
Por esta razón comienzan a proliferar las asociaciones
de ciudadanos contra el ruido, que pretenden acabar con la tolerancia
de las administraciones y demostrar que quienes promueven esos
centros de ocio no son empresarios que generan empleo y riqueza,
sino aprovechados que se enriquecen a costa del descanso y de
la calidad de vida de otros.
Pero, ¿se incluyen los bebedores de vino en esa masa nocturna
que acude a los abrevaderos del alcohol? Aunque no se debe generalizar,
creo que se trata de dos grupos distintos de personas, con hábitos,
costumbres y hasta talantes diferentes: el de quienes optan por
el bullicio de cafeterías, discotecas y similares, donde
el vino queda relegado ante otras bebidas de mayor graduación
alcohólica, y el de quienes se sienten extraños
en ese ambiente, se decantan por bebidas que se dejen paladear
y prefieren lugares más relajados, en los que además
puedan entablar una conversación con otros parroquianos
para cambiar impresiones, quedar con los amigos o, incluso, acordar
una cita profesional.
Es distinto el ocio de quien acude a tomarse unos vinos en una
tasca a media tarde del que se inclina por una ginebra con tónica
en un local de moda a las tres de la mañana. El primero
disfruta y se enriquece, mientras que el segundo, simplemente,
se va de marcha y después se levanta con dolor de cabeza.
Como dice el refrán, la carrera que el caballo no da, en
el cuerpo la conserva.
El vino, además, favorece la conversación y fomenta
esas tertulias que nacen espontáneamente y reúnen
en torno a su cata tranquila a personas que de otro modo tal vez
no hubieran coincidido. Hace años asistía, siempre
que no tuviera otras obligaciones, a una ventita de La Laguna,
en la calle Candilas, donde se encontraban para charlar un rato
un protésico dental, un empleado de Iberia, un artesano
especializado en la forja del hierro, un profesor de la Facultad
de Historia, un comerciante jubilado, un miembro de la Esclavitud
del Cristo y un servidor de ustedes, escribiente de periódicos.
Una mezcla de gente muy heterogénea, de la que sin embargo
salía una conversación fluida, en la que cada cual
aportaba su punto de vista y en la que había un intercambio
de opiniones y pareceres muy enriquecedor. Gracias, sin duda,
a los vasitos de vino que a todos nos atraían. Será
difícil que un cónclave parecido pueda surgir con
otro tipo de bebidas o en otra clase de establecimientos, donde
el volumen de la música y el ambiente ruidoso sólo
permite la comunicación mediante gestos.
Esas tertulias tan peculiares forman parte, sin duda, de la cultura
del vino, a la que en la actualidad se suman otras actividades
de ocio, como el llamado enoturismo, vinculado al turismo rural
y que puede ser una actividad complementaria para las bodegas
de Canarias. Así comienzan a entenderlo en otras regiones
vinícolas, caso de Utiel-Requena, cuyos viticultores han
invertido en alojamientos rurales y organizan para los huéspedes
rutas por los lugares de interés, en las que no falta la
visita a sus bodegas, con la pertinente degustación de
los caldos.
No sé si en Canarias se han organizado iniciativas semejantes,
pero puedo dar constancia de un número creciente de aficionados
al senderismo que no quieren quedarse en la vertiente meramente
atlética o deportiva de esta actividad de ocio y organizan
sus rutas con un final gastronómico.
Gente que, por citar un ejemplo, inicia su ruta de buena mañana
en La Esperanza, caminando por la cumbre en dirección a
La Orotava. O si prefieren un trayecto más corto, empiezan
a caminar en los montes de Ravelo con destino a Santa Úrsula.
En los dos casos, el trayecto atraviesa varias clases de pinares,
permite admirar paisajes cuya existencia ni se imagina cuando
se circula en coche por la carretera general, y seis o siete horas
de caminata después, se comienza el descenso hacía
los núcleos de población bajando por barrancos llenos
de bancales de papas y castaños hasta llegar a los primeros
viñedos.
Las horas caminando y la visión de esas viñas abren
el apetito y se busca el bodegón, el guachinche, la venta
o la bodeguita del amigo donde reponer fuerzas con el conejo en
salmorejo o al ajillo, la carne de fiesta, el cherne salado o
las arvejas con el vino de la comarca, mientras se charla de lo
que se vio en el trayecto y de lo que bien que se quedó
el cuerpo, a pesar del esfuerzo y de las agujetas. ¡Qué
diferente es este ocio del que sólo acarrea levantarse
con resaca después de haber impedido el descanso del vecino!
Vuelvo a repetir que no se debe generalizar, pero el protagonista
de un relato del italiano Papini afirmaba que “hay dos clases
de pueblos: los que se alimentan de vino y de aceite, y los que
se alimentan de cerveza y de mantequilla. Evidentemente, la cultura
sólo la pueden hacer los primeros”. Valga también
para la cultura del ocio.
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