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LA PIPA DE MI ABUELO nº 18Título:
Vaya al mercadillo y compre vino
Autor:
Apeles R. Ortega
Texto:
Me refiero al mercadillo del agricultor, por supuesto. Hace poco
celebró sus 20 años de apertura el de Tacoronte,
uno de los que tienen mayor arraigo en Tenerife y que fue el primero
que nació con la idea de fomentar y comercializar los cultivos
de la comarca.
En una sociedad en la que hemos sustituido el puchero por la sopa
de sobre y la hamburguesa, en detrimento de nuestra salud y de
nuestros paisajes agrarios, o en la que compramos cereal tostado
en el supermercado para desayunar, sin percatarnos de que sólo
es un gofio importado y con una presentación más
urbanita, los mercadillos del agricultor revalorizan el cultivo
local, reconocen su calidad, favorecen la recuperación
de hábitos de consumo casi desaparecidos y permiten que
la relación entre productores y consumidores sea directa.
Se dice que Canarias lo importa todo, incluso lo que comemos:
coles de Holanda, habichuelas y cebollas de la península,
papas de Egipto y de Israel... ¿Acaso tienen ellos mejor
clima para cultivar en cualquier estación?. Nuestros agricultores
apenas tienen motivación para arriesgarse a plantar en
un mercado irregular y salvaje, sujeto a importaciones de choque
que los obligan a vender por debajo del beneficio, y abocados
a lidiar con un suelo agrario a precio de solar urbano o con un
agua a precio de oro.
Pues a pesar de estos obstáculos, uno entra en los mercadillos
del agricultor y se encuentra con una simpática mezcla
de ancianos heroicos, que se resisten a abandonar cultivos a los
que han dedicado toda su vida, y de jóvenes emprendedores
y no menos decididos a obtener provecho de un terreno, un terrenito,
unos bancales o unos frutales. Unos y otros ofrecen directamente
a quien se tome la molestia de pasarse por allí un sábado
o un domingo piñas de millo, habichuelas, papas, coles,
calabazas, tomates, coliflores, naranjas, papayas, mangos, aguacates,
ciruelas, almendras, castañas, higos frescos, higos pasados,
guayabas, melocotones, ajos, cebollas (las de Guayonge son mis
favoritas), batatas, chayotas, pimientos, parchitas, mieles, hidromieles,
hierbas aromáticas, especias, licores, repostería,
panadería...
Y, por supuesto, también ofrecen vino. Esta pipa pretende
ser, además de un elogio de esos esforzados, un poco continuación
de otras dos anteriores, ‘¿Dónde vamos a hoy
tomar un vino?’ y ‘La iniciación al vino’,
pues los mercadillos del agricultor permiten probar, conocer y
disfrutar los caldos de todas las comarcas vinícolas: quien
lo desee puede encontrarlos en Tacoronte, La Matanza de Acentejo,
El Rosario (en La Esperanza), Granadilla de Abona, San Miguel
de Abona, Candelaria, La Laguna o en los parques rurales de Teno
y de Anaga, este último en la Cruz del Carmen, el de apertura
más reciente.
Sólo hablo aquí de los de Tenerife, los que mejor
conozco por razones de residencia. Uno de sus valores hay que
buscarlo, precisamente, en esa cercanía entre agricultor
y consumidor, que contrarresta la desvinculación entre
las personas y su territorio, contribuye al fomento de las economías
locales y garantiza el origen y la frescura del producto.
Se traba conversación con el vendedor, que nos muestra
sus piñas de millo de granos desiguales, “no como
las transgénicas del supermercado, que los tienen tan regulares
que parece que los dibujó un delineante”. El mismo
hombre nos ofrece después su vino, tinto, y nos invita
a un vasito para que lo probemos. “Es de un terrenito que
tengo en Tegueste. Es una medicina, y si no me cree mire como
estoy, que tengo ya 83 años”.
Y uno ve que, en efecto, el hombre es un anciano robusto y piensa
que a su edad le gustaría estar tan derecho y animoso como
él. Unos puestos más allá compra uno un ramo
de perejil oloroso y la vendedora, una quinceañera con
un anillo o piercing en el ombligo, nos regala otro y nos da también
a probar su vino. Nos explica que es de Santa Úrsula, de
un viñedo situado más arriba de La Corujera, y que
esa sensación agradable a “asifonado” que deja
en la lengua obedece a que allí los suelos son de tierra
muy dura. Se aprende de vinos hablando con quienes los elaboran,
y uno no sabe con qué se quedó más encantado,
si con la muchachita o con su vino.
¿Le gusta a usted el vino de Taganana? Es agradable saborearlo
en ese lugar, mientras se come pescado o pulpo en alguno de sus
restaurantes junto al mar, como Casa El Mecha, al lado de la playa
de Las Bodegas. Apenas se comercializa embotellado (recuerdo ahora
una marca, Las Fajanetas), pero también se puede encontrar
en el mercadillo del agricultor, y el vendedor nos desmentirá
la leyenda que pesa sobre él, que dice que sólo
se puede beber en su lugar de origen porque se estropea desde
que sale de Anaga: “Eso es una falsedad. Para conservarlo
en su casa sólo necesita temperaturas frescas, como cualquier
otro vino”.
Y si usted planea preparar un plato de pescado en su casa puede
encontrar en los mercadillos del agricultor unos blancos extraordinarios,
secos o afrutados según su gusto personal, tanto de Icod
de los Vinos o de La Guancha como de Arico o de San Miguel de
Abona. El vendedor también le invitará a probar
un vasito y hasta le puede dar una tarjeta con su dirección
por si un día pasa por allí y quiere comprar más
vino. Usted le aclara que no tiene ningún establecimiento
de comidas y que sólo se llevaría una garrafa o
dos para consumo personal, y él le responderá que
no importa, que también lo vende por garrafas “y
de paso nos echamos otro vaso”.
Así han comenzado muchas amistades, y ese amigo que tiene
unos viñedos a su vez tendrá otros que también
elaboran vino. Una oportunidad para ampliar relaciones y conocer
los sabores de cada zona. Por emplear un lenguaje moderno, sería
una página vinícola en internet que ofrece multitud
de enlaces.
Algunos opinan que en estos vinos que se ofrecen en los mercadillos
del agricultor, de elaboración artesanal, priman las llamadas
señas de identidad sobre la calidad, o le dan la vuelta
a la frase y estiman que los embotellados bajo denominación
de origen ganan en ésta lo que pierden en aquellas. Creo
que sólo es verdad hasta cierto punto y que todo depende
de la sabiduría del viticultor. Y tampoco está de
más tener presente que el consumidor entendido, el consumidor
amante, tiende a buscar vinos que, además de calidad, posean
esas “señas de identidad” que los hacen únicos
y los convierten en muy buscados.
No olvidemos, además, que si nos dedicamos a elaborar caldos
“riojanos” nunca podremos competir con La Rioja ni
en producción ni en precios. Ya nos lo advirtió,
en estas páginas de Bodega Canaria, el mismo José
Peñín, que de vinos sabe muchísimo más
que un servidor de ustedes.
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