L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº18 Marzo 2003


LA PIPA DE MI ABUELO nº 18Título:

Vaya al mercadillo y compre vino

Autor:

Apeles R. Ortega

Texto:

Me refiero al mercadillo del agricultor, por supuesto. Hace poco celebró sus 20 años de apertura el de Tacoronte, uno de los que tienen mayor arraigo en Tenerife y que fue el primero que nació con la idea de fomentar y comercializar los cultivos de la comarca.
En una sociedad en la que hemos sustituido el puchero por la sopa de sobre y la hamburguesa, en detrimento de nuestra salud y de nuestros paisajes agrarios, o en la que compramos cereal tostado en el supermercado para desayunar, sin percatarnos de que sólo es un gofio importado y con una presentación más urbanita, los mercadillos del agricultor revalorizan el cultivo local, reconocen su calidad, favorecen la recuperación de hábitos de consumo casi desaparecidos y permiten que la relación entre productores y consumidores sea directa.
Se dice que Canarias lo importa todo, incluso lo que comemos: coles de Holanda, habichuelas y cebollas de la península, papas de Egipto y de Israel... ¿Acaso tienen ellos mejor clima para cultivar en cualquier estación?. Nuestros agricultores apenas tienen motivación para arriesgarse a plantar en un mercado irregular y salvaje, sujeto a importaciones de choque que los obligan a vender por debajo del beneficio, y abocados a lidiar con un suelo agrario a precio de solar urbano o con un agua a precio de oro.
Pues a pesar de estos obstáculos, uno entra en los mercadillos del agricultor y se encuentra con una simpática mezcla de ancianos heroicos, que se resisten a abandonar cultivos a los que han dedicado toda su vida, y de jóvenes emprendedores y no menos decididos a obtener provecho de un terreno, un terrenito, unos bancales o unos frutales. Unos y otros ofrecen directamente a quien se tome la molestia de pasarse por allí un sábado o un domingo piñas de millo, habichuelas, papas, coles, calabazas, tomates, coliflores, naranjas, papayas, mangos, aguacates, ciruelas, almendras, castañas, higos frescos, higos pasados, guayabas, melocotones, ajos, cebollas (las de Guayonge son mis favoritas), batatas, chayotas, pimientos, parchitas, mieles, hidromieles, hierbas aromáticas, especias, licores, repostería, panadería...

Y, por supuesto, también ofrecen vino. Esta pipa pretende ser, además de un elogio de esos esforzados, un poco continuación de otras dos anteriores, ‘¿Dónde vamos a hoy tomar un vino?’ y ‘La iniciación al vino’, pues los mercadillos del agricultor permiten probar, conocer y disfrutar los caldos de todas las comarcas vinícolas: quien lo desee puede encontrarlos en Tacoronte, La Matanza de Acentejo, El Rosario (en La Esperanza), Granadilla de Abona, San Miguel de Abona, Candelaria, La Laguna o en los parques rurales de Teno y de Anaga, este último en la Cruz del Carmen, el de apertura más reciente.
Sólo hablo aquí de los de Tenerife, los que mejor conozco por razones de residencia. Uno de sus valores hay que buscarlo, precisamente, en esa cercanía entre agricultor y consumidor, que contrarresta la desvinculación entre las personas y su territorio, contribuye al fomento de las economías locales y garantiza el origen y la frescura del producto.
Se traba conversación con el vendedor, que nos muestra sus piñas de millo de granos desiguales, “no como las transgénicas del supermercado, que los tienen tan regulares que parece que los dibujó un delineante”. El mismo hombre nos ofrece después su vino, tinto, y nos invita a un vasito para que lo probemos. “Es de un terrenito que tengo en Tegueste. Es una medicina, y si no me cree mire como estoy, que tengo ya 83 años”.
Y uno ve que, en efecto, el hombre es un anciano robusto y piensa que a su edad le gustaría estar tan derecho y animoso como él. Unos puestos más allá compra uno un ramo de perejil oloroso y la vendedora, una quinceañera con un anillo o piercing en el ombligo, nos regala otro y nos da también a probar su vino. Nos explica que es de Santa Úrsula, de un viñedo situado más arriba de La Corujera, y que esa sensación agradable a “asifonado” que deja en la lengua obedece a que allí los suelos son de tierra muy dura. Se aprende de vinos hablando con quienes los elaboran, y uno no sabe con qué se quedó más encantado, si con la muchachita o con su vino.
¿Le gusta a usted el vino de Taganana? Es agradable saborearlo en ese lugar, mientras se come pescado o pulpo en alguno de sus restaurantes junto al mar, como Casa El Mecha, al lado de la playa de Las Bodegas. Apenas se comercializa embotellado (recuerdo ahora una marca, Las Fajanetas), pero también se puede encontrar en el mercadillo del agricultor, y el vendedor nos desmentirá la leyenda que pesa sobre él, que dice que sólo se puede beber en su lugar de origen porque se estropea desde que sale de Anaga: “Eso es una falsedad. Para conservarlo en su casa sólo necesita temperaturas frescas, como cualquier otro vino”.
Y si usted planea preparar un plato de pescado en su casa puede encontrar en los mercadillos del agricultor unos blancos extraordinarios, secos o afrutados según su gusto personal, tanto de Icod de los Vinos o de La Guancha como de Arico o de San Miguel de Abona. El vendedor también le invitará a probar un vasito y hasta le puede dar una tarjeta con su dirección por si un día pasa por allí y quiere comprar más vino. Usted le aclara que no tiene ningún establecimiento de comidas y que sólo se llevaría una garrafa o dos para consumo personal, y él le responderá que no importa, que también lo vende por garrafas “y de paso nos echamos otro vaso”.

Así han comenzado muchas amistades, y ese amigo que tiene unos viñedos a su vez tendrá otros que también elaboran vino. Una oportunidad para ampliar relaciones y conocer los sabores de cada zona. Por emplear un lenguaje moderno, sería una página vinícola en internet que ofrece multitud de enlaces.
Algunos opinan que en estos vinos que se ofrecen en los mercadillos del agricultor, de elaboración artesanal, priman las llamadas señas de identidad sobre la calidad, o le dan la vuelta a la frase y estiman que los embotellados bajo denominación de origen ganan en ésta lo que pierden en aquellas. Creo que sólo es verdad hasta cierto punto y que todo depende de la sabiduría del viticultor. Y tampoco está de más tener presente que el consumidor entendido, el consumidor amante, tiende a buscar vinos que, además de calidad, posean esas “señas de identidad” que los hacen únicos y los convierten en muy buscados.
No olvidemos, además, que si nos dedicamos a elaborar caldos “riojanos” nunca podremos competir con La Rioja ni en producción ni en precios. Ya nos lo advirtió, en estas páginas de Bodega Canaria, el mismo José Peñín, que de vinos sabe muchísimo más que un servidor de ustedes.

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