L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº16 Enero 2003


LA PIPA DE MI ABUELO nº 16

Título: Vino, impuestos y lapas

Autor: Apeles R. Ortega

Hace un par de números hablamos con temor en Bodega Canaria de la posible aplicación de un impuesto sobre el vino, que se incrementaría poco a poco y convertiría en artículo de lujo una bebida que forma parte de la tradición cultural y de la gastronomía. Dijimos que habíamos topado con Bruselas, pues el comisario europeo responsable de la política fiscal de la Unión, Frits Bolkestein, había propuesto que se le aplicará un tributo especial, similar al que ya soporta la cerveza.
Pero con quien hemos topado ahora no es con Bruselas, sino con nuestras autoridades tributarias, a pesar de que España y otros países vinícolas se apresuraron a manifestar su opinión en contra de la idea de Bolkestein. La culpa la tiene, por irónico que parezca, una promesa electoral que el Partido Popular ya ha anunciado que cumplirá: la eliminación del Impuesto de Actividades Económicas (IAE) para más de dos millones de contribuyentes, el 92 por ciento de quienes de lo pagan.
)Qué tiene esto que ver con el vino? Mucho. Como el IAE representa alrededor del 10 por ciento de los ingresos de los ayuntamientos, Hacienda ha aceptado compensarlos con la cesión, a partir del 1 de enero de 2003 -ya mismo-, de todo o de una parte -según el número de vecinos empadronados- Ade los impuestos indirectos e impuestos sobre la cerveza, el vino y bebidas fermentadas; productos intermedios; alcohol y bebidas derivadas; hidrocarburos y labores de tabaco@.
Los ayuntamientos, al retener parte de lo que se recauda por estos conceptos, tendrán un medio adicional de financiación que reemplace la pérdida del IAE. Aunque al vino, de acuerdo con la legislación comunitaria en vigor, se le aplica hasta ahora un tipo cero, al contrario de lo que ocurre con la cerveza, se le actualizará tal y como se contempla en la propuesta del comisario europeo Bolkestein: de acuerdo con el incremento que se ha registrado desde 1992 en el Indice de Precios de Consumo, cifrado en un 25 por ciento entre los años 1993 y 2003.
Siempre ha sido más fácil aplicar un impuesto nuevo que eliminar uno existente que ya cubre necesidades presupuestarias y financieras de las administraciones públicas. Y cuando la promesa electoral obliga a hacerlo con una figura tributaria como el IAE, tan denostada por trabajadores autónomos, pequeños empresarios y profesionales, para quienes es particularmente gravosa, esas necesidades obligan a buscar un sustituto de lo que se elimina.

Bonita trampa: se elimina un impuesto que no existe en el resto de la Unión Europea y se sustituye por otro que no existía aquí con la excusa de que lo ordena Bruselas. A ver cómo le explican esto a Eladio y a Genaro, el primero propietario de un viñedo de mediana extensión y de una bodega, además de proveedor del segundo, a su vez propietario de un bodegón en las medianías de la isla.
Eladio y Genaro pasaron agobios financieros y, cada uno por su lado, estuvieron a punto de echar el cierre a sus negocios a causa las pérdidas que les generó el IAE desde que comenzó a aplicarse, en 1992, en coincidencia añadida con la crisis económica que se atravesaba en esa época.
A la escasez de clientela que ocasionaron la crisis y el paro de principios de los noventa a las bodegas, guachinches, bodegones, ventas y restaurantes populares, Eladio y Genaro tuvieron que añadir un impuesto que no se aplicaba sobre los beneficios obtenidos, sino sobre la propia actividad económica, es decir, que lo pagaban con independencia de que el negocio les diera ganancias o pérdidas. Sus cuotas, además, las abonaban sobre una tarifa que les cobraba por los metros cuadrados, por los empleados que tenían -el colmo: un impuesto que penaliza la creación de empleo-, por los kilowatios consumidos, por el número de máquinas de hostelería, por el número de barricas o depósitos metálicos y por el número de mesas disponibles para los clientes. Por si fuera poco, el ayuntamiento les aplicaba un coeficiente de incremento.
Aunque en varias ocasiones Eladio y Genaro barajaron la posibilidad del cierre, al final lograron sobrevivir durante unos años en los que vieron como Hacienda rechazaba la petición de los pequeños y medianos empresarios de que las cuotas del IAE desgravaran en el IRPF, o como los ayuntamientos se negaban a un recorte en el recargo municipal, como sí hicieron los de Barcelona y Logroño en la península, y hasta un gobierno regional, el de Galicia, que acordó una reducción sustanciosa en su porcentaje de participación en el Impuesto de Actividades Económicas.
Una época difícil, en la que además algunos listos se aprovechaban del Régimen Específico de Abastecimiento -un mecanismo comunitario de subvenciones para garantizar en Canarias precios razonables en los artículos de primera necesidad y materias primas, sin el sobrecoste de su transporte a un lugar tan alejado como estas islas- para importar barato un vino que luego hacían el engaño de vender como Adel país@.

Lo dicho: a ver cómo le explican a Genaro y a tantos como él que ahora se elimina el IAE que tanto los ahogó para sustituirlo por un impuesto sobre el vino, que, inicialmente, quedará fijado en una tasa de 13 euros y 92 céntimos por hectolitro, lo que para el consumidor, en quien repercuten siempre todos los gravámenes sobre el consumo, se traduciría en un impacto de casi 10 euros por persona y año. Dicho así no parece que 10 euros anuales signifiquen mucho para un amante del vino, pero hablamos de un cálculo teórico de los funcionarios de Bruselas y el temor a que la presión tributaria se incremente paulatinamente tiene doble fundamento: por un lado la experiencia general de los contribuyentes, y, por otro, la necesidad de que la nueva figura tributaria recaude una cantidad igual o similar a que se elimina. A Eladio y a Genaro no les quedará más remedio que repercutir el coste en sus clientes, incluso con riesgo de perder una parte de ellos, como ya les ocurrió a principios de los noventa.
En la economía, además, hay pocos factores aislados. Eladio y Genaro, y otros muchos como ellos, sólo son los eslabones de una cadena engarzada en las ruralías insulares, en la que están implicadas bodegas, guachinches, bodegones, restaurantes populares, mariscadores de lapas, pescadores y criadores de conejos, entre otros. Si se quiere favorecer a esta gente habría que cumplir de verdad la promesa electoral de suprimir el IAE, no sustituirlo. Sobre todo ahora, ya casi en el año 2003, que se aprecian síntomas de que la crisis de principios de los noventa puede volver y los apuros del pasado regresar.
Además de un repunte del desempleo, que siempre resta clientela a cualquier tipo de negocio, en los medios rurales pueden observarse dos indicadores económicos que son curiosos por su carácter inusual, aunque tal vez sean más fiables que los usados oficialmente para indicar hacia dónde evoluciona la economía.
Uno es el cartelito que ha comenzado a proliferar en pequeños establecimientos comerciales de los pueblos: >Se arreglan medias y pantys=. Hasta ahora, unas medias rotas o con una carrera terminaban sin remedio arrojadas en la basura, pero muy mal debe de estar la economía doméstica cuando se prefiere remendarlas, al igual que se hacía en la España de los cincuenta.
El otro indicador tampoco es halagüeño respecto a la salud del bolsillo de los ciudadanos: los bodegones, ventas, guachinches y restaurantes populares vuelven a cerrar, como ya les ocurrió hace diez años, porque la escasez de clientela les quita rentabilidad e incluso les genera pérdidas. A pesar de la calidad en cocina y vino de algunos que ya han puesto el candado.
Estos establecimientos cerrados son el eslabón final de esa cadena económica citada antes -de economía de subsistencia, tal y como amenazan los tiempos-, en la que se ven afectados los igualmente señalados pequeños vinateros, bodegueros, mariscadores de lapas, pescadores y criadores de conejos.
Se trata de personas que tienen en estos negocios a sus clientes principales y, en la mayoría de los casos, exclusivos. Los mariscadores de lapas, además, suelen ser jóvenes en paro que buscan algún ingreso a través de esta actividad, que les suele reportar poco más de seis euros el kilo. Con lo que cuesta reunir un kilo de lapas.
Y cuando se afronta un trabajo penoso e, incluso, peligroso, como es el de mariscar lapas a cambio de tan solo seis euros el kilo, pocas esperanzas deben tenerse de conseguir una ocupación mejor remunerada. Tal vez por eso las jóvenes mariscadoras prefieran remendar sus medias en vez de tirarlas a la basura cuando se rompen.

Al comer un plato de lapas casi nadie piensa en lo que costó recogerlas en las rocas batidas por mar, como alguna autoridad tributaria tampoco parece percatarse de que aplicarle un impuesto al vino también puede significar arrebatarle a Eladio, a Genaro o al joven mariscador la mitad de su esfuerzo. Si muchos de los que pagaban las cuotas del IAE se quejaban de que esta figura impositiva no obedecía a una filosofía social, sino a un simple ánimo recaudatorio -o extorsionador, que decían los más radicales-, que al menos no ocurra lo mismo con el impuesto sobre el vino.

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