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Título: ¿El vino lo quiere embotellado o de pata?
Autor: Apeles
R. Ortega
La
pipa vuelve a viajar. A Maica y a mí nos ocurrió
lo que a tantos visitantes que llegan a El Hierro. Nos asombramos
y no dimos crédito a lo que veíamos. Nos sorprendieron
los paisajes rurales, casi del siglo XIX, sentimos deseos de buscar
vivienda para afincarnos allí y no terminamos de creer
que estábamos en Canarias, pues veníamos de islas
tan lamentablemente afeadas como Tenerife y Gran Canaria.
Esas montañas, esos paisajes todavía cuidados en
los que pastan las vacas y hay rebaños de ovejas que cruzan
las carreteras y espacios abiertos que sobrevuelan los cernícalos.
Dan ganas de saborearlo todo desde el primer día, y hasta
las frecuentes camionetas y camiones cargados de pinocha y de
hierbas para el ganado traen a la mente el recuerdo de otros tiempos.
El Hierro es, además, una isla vinícola. En casi
todas partes hay viñedos y es frecuente encontrar lagares
antiguos, que ya llevan muchos años en desuso: en las bodegas
modernas prensan la uva con una máquina que exprime el
mosto y, al mismo tiempo, separa el engaso, mientras que los bodegueros
artesanales, muy numerosos todavía, recurren al método
de pisarla.
Este último procedimiento es la causa de que al vino artesanal
y despachado a granel lo llamen en El Hierro Ade pata@, como nos
explicaron en el primer establecimiento al que acudimos y nos
preguntaron que si preferíamos beberlo Aembotellado o de
pata@.
En todos los sitios nos preguntaban eso: A)El vino lo quiere embotellado
o de pata?@ Rodando por la isla lo pedíamos de pata, casi
siempre rosado, para disfrutarlo y por la curiosidad de probar
el de cada bodega o el de cada agricultor, que cada uno le da
un sabor particular o una diferencia a las características
comunes, como suele ocurrir en todo proceso artesanal.
En nuestra casita -alquilada- de El Pinar, también rodeada
de viñas, lo bebíamos embotellado, casi siempre
blanco, y de las bodegas Viña Frontera, las más
conocidas de la isla. Nos sentábamos bajo el parral de
la entrada y lo disfrutábamos viendo atardecer sobre toda
la zona que se inicia en la cumbre, en los pinos de la Hoya del
Morcillo, y desciende sobre los viñedos y terrenos de pasto
de las medianías hasta alcanzar las lavas de la costa,
en La Restinga.
En las tardes despejadas veíamos también la isla
de La Gomera y, sobresaliendo detrás de ella, el pico del
Teide. Nos hospedamos en un lugar privilegiado.
De nuestras catas sacamos la misma opinión que ya expresó,
en el número anterior de Bodega Canaria, Gabriel Blanco
Vázquez, enólogo de la Denominación de Origen
de El Hierro y de Bodegas Viña Frontera: que Ano entran
por la nariz, sino por la boca@. Aunque carecen de aroma, el nervio
de su sabor y de su cuerpo los hacen únicos. Son caldos
de color dorado con un tonillo verdoso, muy bien equilibrados,
con cuerpo y estructura. Les recomendamos especialmente -es una
opinión personal- el blanco berijadiego y el blanco semidulce.
En El Hierro y en su Denominación de Origen también
se encuentra otra marca de vino embotellado, Bodegas El Tesoro,
de Valverde, elaborada por Juan Avila Padrón. Pero de ella
no podemos hablar, aunque compramos en un supermercado una botella.
En el momento de probarla nos sorprendió una graduación
alcohólica impropia de un vino, casi de coñac. La
etiqueta indicaba un 15 por ciento de volumen, que si bien es
algo fuerte para el paladar, se quedaba corta para el aguardiente
dulzón que contenía la botella.
En la misma etiqueta encontramos la explicación: era de
la cosecha de 1994, y los ocho años transcurridos hasta
hoy habían alterado sustancialmente el contenido. Los vinos
jóvenes son para beber en el año, y no nos explicábamos
cómo puede un supermercado vender en 2002 una botella de
1994.
Continuamos nuestra búsqueda de El Tesoro, pero no hubo
suerte y todas las botellas de esta marca que encontrábamos
eran demasiado viejas. La más reciente, de 1998. Nos quedamos
con las ganas de probar la cosecha 2001, que sí nos habría
permitido juzgar.
Para disfrutar de la isla hay que beber de los dos, del embotellado
y del de pata. Ambos son excelentes y tienen sus parecidos y diferencias.
El primero satisface más al paladar urbano, está
más europeizado, aunque sin abandonar el sabor herreño
que, a fin de cuentas, lo distingue y le confiere valor. El segundo
tiene un sabor más rústico, sin que eso quiera decir
que sea peor, pues todo depende del viticultor que lo elabora.
Les recomendamos -otra opinión personal- el del pago de
Las Vetas.
Eso sí, es más fuerte el de pata y hay que beberlo
con prudencia porque entra muy bien y, sin darnos cuenta, podemos
perder la moderación. Ya nos lo dijo el camarero de un
restaurante de San Andrés, al servirnos uno que provenía
del viñedo que el dueño tiene en La Frontera: ATengan
cuidado con él, sobre todo si están en ayunas@.
En los restaurantes de la isla ofrecen al cliente de los dos -incluso
en uno tan prestigioso como el del Mirador de La Peña-,
lo que podría ser un ejemplo para Tenerife, donde la división
entre embotellado y granel, entre restaurante y bodegón
es, a mi juicio, más estricta. Casi me atrevería
a decir que tajante.
No entiendo por qué, pues en Tenerife se organizan concursos
de vinos a granel, supervisados por el Cabildo para garantizar
el origen y la calidad de los caldos. Y siempre será bueno
que el cliente pueda elegir o compaginar entre uno y otro según
sus apetencias, deseos o curiosidades en cada momento.
Una explicación quizá sea que El Hierro es una transición
entre dos mundos o dos épocas, donde conviven viñedos
abandonados, porque no han encontrado el relevo generacional que
los atienda, y gente emprendedora que moderniza cultivos y embotella
las cosechas. Mejor sería decir transición entre
dos épocas, porque el mundo del vino sigue presente en
la isla, felizmente, y como en toda transición de un estadio
a otro hay cosas de ambos.
En El Hierro también escuchamos anécdotas sobre
el vino. Aunque fue en la anterior pipa donde se abordaron las
malas consecuencias de conducir bebido, aquí va esta.
Una mañana fuimos a Valverde a comprar los periódicos,
al bar La Noticia, y los clientes andaban de risas. Onésimo,
el barman y quiosquero, contaba que hacía un rato había
pasado por su local un tipo que se apoyaba en la pared para no
caerse y presentaba síntomas evidentes de embriaguez.
El beodo advirtió a los parroquianos que la Guardia Civil
tenía montado un control de alcoholemia a la salida de
Valverde, en la curva que hay para ir al puerto de La Estaca,
por donde había pasado con su coche momentos antes.
A)Y no te mandaron a soplar?@ -Le preguntaron.
ANo. A mí no. Ellos saben a quien tienen que parar@, respondió
mientras se agarraba al borde de la barra para mantener el equilibrio...
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