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Título: Me maldijeron por esperar veintisiete años
a probar un vino
Autor: Apeles
R. Ortega
VINO DEL SITIO Y BEBIDO EN EL SITIO,
CIRCUNSTANCIA QUE AÑADE PLACER. EL VINO ERA MALVASÍA
Y EL SITIO FUENCALIENTE. LA SUMA LA COMPLETABA UN TERCER PLACER
(¿DE QUÉ SI NO SE PUEDE HABLAR SOBRE LA COMIDA Y
LA BEBIDA?), EL DEL REENCUENTRO, DEL REDESCUBRIMIENTO. UN BOBO
EMPLEARÍA EL VERBO REVISITAR, ESE QUE PUSO DE MODA ENTRE
LOS INTELECTUALES DE EL PAÍS Y DEL ABC UNA VERSIÓN
TELEVISIVA DE LA BBC DE UNA NOVELA DE EVELYN WAUGH.
Veintisiete años después no regresaba a Brideshead,
sino a Fuencaliente. No era la niebla de Inglaterra, sino un agosto
tórrido en Fuencaliente con la luz sin matices del comienzo
de la tarde. Veintisiete años después estaba en
el mismo bar Parada, bar y venta de queso de almendras, bebiendo
malvasía. Los mismos muebles que ya eran viejos en mi infancia,
el mismo cantinero veintisiete años más viejo, aunque
igual de callado que entonces.
Se impone una aclaración, una nota vinícola a pie
de página, pues en todos los pueblos había un bar
Parada. En este paraban las guaguas de la compañía
María Santos Pérez, a mitad de los 52 kilómetros
de curvas entre Los Llanos de Aridane y Santa Cruz de La Palma.
Los viajeros, con la excusa de estirar las piernas y desamodorrarse
con un café, se tomaban sus buenos malvasías. Incluso
el chófer de la guagua. Y hasta el guardia civil le quitaba
las esposas al preso que trasladaba y le daba unos duros para
que fuera al bar. Eso sí, con la advertencia de que regresara
enseguida.
Veintisiete años después, mientras mi hija la mayor
y su peña de volatineros se preparaban para tirarse en
parapente desde la carretera general y volar sobre las lavas,
las viñas y las plataneras, cedí al impulso de refrescarme
en el bar Parada. Aunque nunca tuve inclinación por los
vinos dulces, pedí un malvasía.
Ese impulso inicial hizo que después comprara varias botellas
de ese vino de color oro y tonalidades ambarinas, obtenido de
uvas que en el pasado se trajeron de Grecia. La culpa no fue de
su sabor dulce, sino de su sabor naturalmente dulce, pues entre
un malvasía y un vino dulce de garrafa de supermercado
aprecié la misma diferencia que entre la dulzura de la
miel y la de un caramelo industrial.
COMENTÉ CON EL CANTINERO VEINTISIETE
AÑOS MÁS VIEJO QUE HACÍA EL MISMO NÚMERO
DE AÑOS QUE NO PROBABA ESE VINO DE FUENCALIENTE. "PUES
MERECE USTED QUE LO MALDIGAN" FUE SU ÚNICA Y BREVE
RESPUESTA. RECORDABA QUE ERA POCO HABLADOR, AUNQUE NO QUE FUERA
TAN CONTUNDENTE
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