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Título: Unas botellas que espantan
Autor: Apeles
R. Ortega
Sí, unas botellas que espantan,
que asustan al comprador potencial de un vino, al consumidor que
mira indeciso los estantes del supermercado. Y no por su forma
ni por su contenido, tampoco por su precio, sino por sus etiquetas
horrendas, que vuelven inútiles los esfuerzos de promoción
de las marcas o bodegas que no se han percatado de la importancia
de un envoltorio sin estridencias, sencillo y elegante para vender
su producto.
Es incomprensible que se tire por la borda todo el trabajo y
el cariño necesarios en las viñas, en la vendimia
y en la bodega para obtener un vino de calidad ?un vino "de
puntería", que dicen en las medianías?, pero
así ocurre en más casos de lo que pudiera parecer.
Caldos excelentes que pocos comprarán porque su etiquetado
de diseño burdo, a veces grotesco, hace creer que la botella
contiene un vinote cualquiera.
La diplomacia aconseja no citar ejemplos identificables y concretos,
pero de este defecto de presentación que provoca la fuga
despavorida de posibles compradores hay más de un caso
en cada una de las denominaciones de origen de Canarias. Un reputado
viticultor ofrece un tinto extraordinario, con el sabor característico
de su comarca ?mejorado, incluso? y el aval del consejo regulador.
En la botella, una etiqueta de colores elegidos y mezclados sin
acierto, torpemente dibujada y peor rotulada, muestra a un hombre
en el campo, vestido de mago, con un burro cargado de uvas .
Ignoro si ese vino se exportará, pero intuyo que su comercialización,
fuera de la comarca no tendrá mucho éxito. Por imaginar
una comparación, si un canario amante de los vinos fuera
de vacaciones o en viaje de trabajo a Sevilla, y en un supermercado
de esa ciudad viese una botella de fino con una bailaora flamenca
y la marca Duende Jondo en la etiqueta, o una de Jerez con un
señorito a caballo y la marca Cortijo Andaluz, es casi
seguro que no la compraría.
Ese fino o ese Jerez podrán ser extraordinarios, incluso
de calidad nunca vista, pero sus etiquetas harán que nuestro
viajero piense que se encuentra ante un producto ideado única
y exclusivamente para engañar a los turistas japoneses,
no ante un vino de cata placentera. Que me perdonen los amables
y educados visitantes del Japón, pero me he ido al recurso
fácil del estereotipo.
Los mismo ocurre con más de una etiqueta de nuestros vinos.
Un producto de calidad requiere un reclamo elegante y discreto
en vez de una estampita pseudofolclórica y chillona, cuyo
diseño tal vez se encargó a un familiar o un amigo
que hace cuadritos con un ordenador. Es cierto que a un buen viticultor
no se le puede pedir que además sea un genio del diseño,
pero sí se le puede exigir que envuelva su producto de
acuerdo con la calidad del contenido, que encargue su etiqueta
a un diseñador de talento. El gasto en ellos tiene dos
ventajas: sólo se hace una vez y puede seducir al comprador
indeciso, en vez de espantarlo.
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