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Título: En el pago de Acusa Verde
Autor: Apeles
R. Ortega
El humo de la pipa trae ahora aromas
de película de carretera, de road movie. Ese género
en el que la gente termina sintiéndose a gusto a fuerza
de moverse, de viaje iniciático y de descubrimientos. Maica
y yo rodábamos por Gran Canaria en lo que pretendía
ser eso, un viaje iniciático por los vinos de una isla
que tiene dos denominaciones de origen. Parecerá que queríamos
descubrir la pólvora, pero hablamos de descubrimiento para
un palmero de mediana edad, afincado desde hace 30 años
en Tenerife, y para una grancanaria también residente en
Tenerife.
La suerte se resistía y no hallábamos vinos grancanarios
ni en restaurantes, ni en guachinches, ni en fogones de carne
a la piedra. En todas partes sólo nos hablaban de las bondades
de los vinos tinerfeños, incluso en Monte Lentiscal, donde
tampoco encontramos caldos de esta denominación de origen.
Un escéptico nos dijo que su producción es muy reducida,
"hecha con las viñas que los ricos de Las Palmas cultivan
en los jardines de sus chalés".
Monte Lentiscal arriba nos perdimos por los pagos de Gamonal,
Portada Verde y Gargujo, en Santa Brígida. Carreteras estrechas,
laberinto de caminos vecinales entre huertas y fincas con muchos
cultivos para las ensaladas, pero ni una sola viña. "Aquí
no tenemos vino", nos comentó otro escéptico.
Lo mismo ocurrió desde la Vega de San Mateo y Tejeda hasta
la cumbre de Artenara, desde la que pretendíamos bajar
por el parque natural de Tamadaba, sin esperanza ya de encontrar
unos vinos que, vistos los antecedentes, también serían
un descubrimiento para los grancanarios, a pesar de que las dos
denominaciones de origen de la isla y las marcas comerciales que
las representan figuran en las guías que edita el Gobierno
de Canarias.
Tamadaba es una soledad inmensa, montañosa, muy erosionada
y casi deshabitada. En el pago de El Risco viven menos de doscientas
personas y en el resto del parque natural se ven algunas casas
aisladas desde una carretera que obligaba a dominar el vértigo,
llena de curvas junto a barrancos y acantilados.
Hambrientos ya, llegamos al pago de Acusa Verde y nos detuvimos
junto a una casa?cueva solitaria, excavada a ras de la carretera
en el acantilado. La causa fue el olor a cocina que salía
de dentro y el letrero colocado en la fachada de cemento: Bar
El Chorro.
Nos recibieron unas estancias coquetas y acogedoras, excavadas
al estilo de las casas?cueva del sur de Tenerife. Maica agradeció
la frescura del interior, después de sufrir el sol despiadado
de Tamadaba, y la señora del bar nos ofreció unos
rones ?estábamos en Gran Canaria? mientras se iba a la
cocina a prepararnos una carne de cabra de la que ya disfrutaba
una pareja, con aspecto de motoristas, que ya comía dentro.
Con este plato popular y campesino llegó la sorpresa vinícola.
Una botella al margen de cualquier denominación de origen,
pero con toda una declaración de intenciones en la etiqueta:
"Artenara, cumbre de la naturaleza. Vino cosechado en Artenara
y elaborado en la bodeguilla El Solapón para la distinguida
clientela del bar El Chorro, en Acusa Verde. Cosecha 2000".
Era vino blanco, de uva gual, con algo de aroma afrutado y un
sabor honesto y lo bastante fuerte para acompañar un plato
de carne, a pesar de no ser tinto. Hacía buen maridaje
con la carne de cabra que preparó la señora del
bar, sabrosa y, a diferencia de lo usual en Tenerife, nada picante.
En la sobremesa disfrutamos de una segunda botella para honrar
nuestro inesperado descubrimiento en la escondida Acusa Verde,
ese pago deshabitado en medio de la nada. Es cierto que el descubrimiento
fue pequeñito, una iniciación incompleta, pero que
anima a continuar la investigación sobre esos desconocidos
en Tenerife, y también en Gran Canaria, que son los vinos
grancanarios.
Compramos una tercera botella de recuerdo y seguimos nuestra ruta.
Fuera estaban las motos de la pareja. El polvo del viaje que las
cubría, la funcionalidad de sus accesorios y el aspecto
usado no las convertía en vehículos relucientes
para dejarse ver en los bulevares, sino en máquinas para
quienes aman rodar por la carretera y, tal vez, no quedarse mucho
tiempo en ninguna parte.
Con esa tercera botella tuvimos suerte y no se mareó en
el barco que nos trajo de regreso a Tenerife. Como a nadie le
apetece cocinar después de un viaje, nos la bebimos en
casa con la comida que encargamos en un restaurante chino que
hay en Bajamar. La llamada globalización hace que China
nos envíe su comida, pero todavía no ha logrado
que los vinos grancanarios lleguen a Tenerife. Ni siquiera que
se conozcan en Gran Canaria.
Dedicado a Maica,
la mejor compañera de viajes.
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