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Título: Iron Maiden
en el guachinche
Autor: Apeles
R. Ortega
Fue en un guachinche de Acentejo donde
me percaté de esa similitud con la estética del
heavy metal, una tarde sin nada urgente que hacer, la carretera
que culebreaba estrecha entre las viñas próximas
a la cumbre, la casita de autoconstrucción con las paredes
exteriores sin encalar, las camionetas de los lugareños
aparcadas fuera, las cuatro mesas con mantel de plástico
y la inevitable colección de llaveros colgados del techo.
La casualidad hizo que en la radio sonara <Highway to hell>
(Autopista hacia el infierno), de AC/DC, cuando entraba y buscaba
con mirada de amante el garrafón de vino. Estaba sobre
el mostrador de siempre, con la manguera de escanciar saliendo
de su boca para repartir las cuartas y las medias, pero las notas
del grupo heavy metal me hicieron notar su belleza bronca y feroz,
casi de viñeta de cómic manga y más acorde
con esa música de rock duro que con la de boleros o cantos
regionales.
No en vano, es el recipiente apropiado para beber sin mesura.
En una bodega, las paredes oscuras y los toneles de madera ofrecen
una imagen serena, casi monacal, que invita a la cata tranquila
de los caldos y al beber comedido. Pero la metamorfosis viene
cuando el vino se traslada a unos garrafones que invitan al disfrute
sin traba y convierten el guachinche en el reino del vino de la
tierra servido a granel. Uno mira a su alrededor, por si estuviera
alguien de AC/DC o de Iron Maiden (Angus Young, por ejemplo) pinchándose
en una vena la manguera del garrafón.
El heavy metal también tiene otra manifestación
en el guachinche, otro altar cuyos adoradores completan la escenografía
etílica y el aire de desmesura. ¿Se han fijado en
ese botellón cuadrado, con un grifo en la base, que contiene
un líquido canelo en el que se maceran unas hierbas? Es
la parra, que se obtiene de la destilación del vino y que
mueve bastante dinero en la economía sumergida de nuestros
entornos rurales.
La bebida resultante es tan heavy metal como su proceso de elaboración
en las destilerías clandestinas. Sí, han leído
bien, clandestinas. Aunque no hay ninguna Ley Seca, al Ministerio
de Hacienda no le gusta la fabricación artesanal de aguardientes,
que no le rinde ningún tributo, y por eso hay que hacer
la parra a escondidas. Y también comercializarla y distribuirla
con la mayor discreción entre los guachinches y bodegones
de gente de confianza, aunque, paradoja, luego estos locales la
exhiban sin tapujos a la vista de la clientela.
El improvisado alambique se prepara con un barril de cerveza,
que se llena de vino y se coloca al fuego sobre uno de esos fogones
de butano que se utilizan para las paelleras. Al barril se conecta
el extremo de una manguera metálica de 25 ó 30 metros
de longitud, la misma que se emplea en las conducciones domésticas
de gas. Dicha manguera se enrolla sobre sí misma, a modo
de serpentín, y se mete en un bidón o depósito
de unos 1.000 litros de agua.
Durante muchas horas a fuego lento, va cayendo gota a gota por
el otro extremo de la manguera metálica la parra y, si
se quiere, póngase de fondo musical a Iron Maiden, que
pega con el ambiente. He visto hasta una docena de estos artilugios
funcionando a la vez en los bajos de cualquier casa anónima
de cualquiera de los barrios de autoconstrucción que proliferan
en los medios rurales. Iron Maiden o AC/DC habrían hecho
una foto para ilustrar la portada de alguno de sus discos. Además
de beberse la mitad de la producción.
Una vez fría la parra ya se puede beber tal cual ha goteado
del alambique, aunque muchos prefieren añadirle diversas
hierbas y frutos secos, que le proporcionan sabores y el color
canelo, y aguardar durante unos días el proceso de maceración.
Todo depende del gusto personal, aunque el resultado es siempre
una bebida fortísima. Su proceso artesanal impide calcular
el número exacto de grados, pero, para tener una idea,
hay quien utiliza esta parra para flambear morcillas y chorizos
en el guachinche.
Y falta todavía hablar del vino dormido, que a pesar de
su nombre despierta mucho a quien lo bebe. Pocos bodegueros lo
conocen y son menos los que saben prepararlo. Sólo lo he
probado en una ocasión que resultó memorable (un
día que comenzó a las ocho de la mañana en
el camino de Las Turcas, en Santa Ursula, y terminó a las
doce de la noche en Teno Alto), y prefiero esperar a otra pipa
para contar con mayor conocimiento cómo se prepara. Mientras,
a disfrutar del garrafón de vino sin perder la moderación,
porque si no el guachinche puede convertirse en nuestro fumadero
de opio.
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