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Título: ¿Dónde vamos hoy a tomarnos un vino?
Autor: Apeles
R. Ortega
Hay tantos lugares, tantas comarcas, y tantos sabores donde dar
satisfacción al gusto personal que siempre se duda a la
hora de elegir y se recuerda la opinión de los que afirman
que en Canarias, a pesar de esta variedad vinícola, el
número de denominaciones de origen es excesivo y que un
territorio tan pequeño como el archipiélago tenga
nada menos que diez sólo contribuye a la confusión
y a complicar la promoción en el exterior de los caldos.
Quienes así piensan se llevan las manos a la cabeza en
el caso de Tenerife, que posee cinco de las diez.
Los que sostienen la opinión contraria argumentan que
los distintos microclimas, suelos, alturas, humedades, usos vitícolas
y variedades justifican de sobra lo que es un simple reflejo de
la condición de continente en miniatura de las islas, sobre
todo de Tenerife, mientras que en La Rioja, por ejemplo, uno puede
desplazarse trescientos kilómetros sin variar de clima
ni de sabor.
Sin dejar de reconocer la razón, práctica, de los
primeros, me inclino más en favor de los segundos, al menos
en el caso de Tenerife, que conozco mejor por simples motivos
de residencia, y porque si sus vinos sólo se clasificaran
entre los del norte y los del sur su retrato quedaría incompleto.
En la vertiente norte se aprecian muchas diferencias entre los
de Tacoronte?Acentejo y los del Valle de La Orotava, por no hablar
de los de Ycoden Daute. En el sur, el paladar distingue entre
los de Abona y los del Valle de Güímar. Y qué
decir de esos vinos inclasificables de Anaga o de Vilaflor, de
los que no queda más remedio que ir a beberlos en el sitio
por lo escasamente comercializados que están.
Un panorama vinícola tan variado nos hace dudar a la hora
de la excursión enológica, de trazar una de esas
rutas del vino que den respuesta a la pregunta que titula esta
pipa. Les propongo una, que tiene la ventaja añadida de
que puede hacerse a pie y cuesta abajo, por lo que no habrá
necesidad de llevar el coche o de buscar un amigo abstemio para
que conduzca, aunque para iniciarla habrá que recurrir
al transporte público y, por descontado, tener un mínimo
de espíritu deportivo, que en absoluto está reñido
con el disfrute de los vinos de la tierra.
Se llega en guagua a La Matanza de Acentejo, y una vez en el
municipio se toma un taxi para subir hasta La Vica, un sitio casi
en la cumbre, que algunos conocen por La Morra, pues los dos nombre
le da la gente de la zona. Ahí está, desde hace
más de veinte años, Bar Formica?Casa Carlos. Es
el establecimiento radicado a mayor altura, casi lindando con
la Corona Forestal. Y se quiere tomar fuerzas para iniciar la
marcha, la especialidad de la casa, el conejo al ajillo con el
vino del lugar, es única en la comarca.
Luego se inicia el descenso a pie, a través de fincas
de castaños y bancales y terrazas de diversos cultivos,
hasta llegar al Llano de La Matanza, donde ya se pueden ver los
viñedos más altos del municipio.
En esta zona, uno puede detenerse unos minutos para decidir, mientras
se deleita con el paisaje, si continúa hacia la izquierda
o hacia la derecha. Caminando en esta última dirección,
hacia la Cruz del Camino, se encuentran unos establecimientos
reputados: Doña Candelaria, el Centro Médico (sic),
Casa Pancho, La Pintada... Todos ellos ofrecen buena cocina ?aunque
hay que tener cuidado con la afición de alguno de ellos
a lo picante? y vino excelente.
Si la decisión es ir hacia la izquierda, en dirección
a las Toscas de San Antonio, se llega, pasado un embalse, al afamado
Bodegón Casanova, que quizá ofrezca el mejor plato
de pescado salado que pueda encontrase en algunos kilómetros
a la redonda. Y con un vino a la altura.
Después del Casanova se comienza a bajar por las Toscas
de San Antonio. La pendiente es muy pronunciada, pero el camino
ofrece muchos refugios para el descanso del cuerpo y la golosina
del paladar. Casa Manolo, Casa Joaquín, La Pendiente, El
Salón, El Pimienta... Si uno pretende disfrutarlos todos
puede llegar bastante deteriorado a la carretera general del norte,
final del trayecto, donde de nuevo se cogerá la guagua
para regresar a casa.
Cabe todavía prolongar la travesía si apetece terminarla
con sabores más fuertes que los del vino. Entonces es imprescindible
el amigo abstemio para conducir, pues se trata de llegar al Caletón
de La Matanza, a la costa ?y luego subir, claro?, a través
de seis o siete kilómetros por una carreterilla que desciende
en zig?zag por los acantilados de Acentejo.
Allí abajo, escondido en una entradita del mar, está
el pueblo de El Caletón, apiñado entre el mar y
el acantilado. Es uno de esos lugares que encantan por su pintoresquismo
y que tiene, al borde mismo de la playita que disfrutan sus vecinos
en verano, una simple cueva que hace las veces de bar. Aunque
se puede pedir vino, lo recomendable es terminar el periplo con
parra o con ron, sentados frente al mar, pues aquel necesita de
temperaturas más frescas para conservarse bien.
Para que no hagan el viaje en balde, la cueva?bar sólo
abre en verano, pues el resto del año el mar entra en ella
e impide el funcionamiento del negocio.
La ruta descrita sólo es una sugerencia entre las muchas
que se pueden hacer en La Matanza, como en este caso, o en cualquier
otro municipio o comarca. Se va sin prisa, de paseo, probando
los vinos de los establecimientos conocidos, de los nuevos que
siempre se pueden descubrir en el camino o de esos que sólo
abren un par de meses al años en los bajos de una vivienda
particular, para despachar el vino de la finquita familiar.
Si fuera este último el caso, entre sin reparo en ese
garage de la casa autoconstruida, que para eso está abierto
al público, y disfrute de su vino artesano y de su comida
casera sin hacer como la protagonista de una anécdota que
me han contado en más de un municipio, incluso en más
de una isla, como ocurrida en el lugar.
Cierta señora tan amante del vino como avergonzada de
su afición a beberlo ?en los pueblos pesa mucho el qué
dirán, sobre todo entre gente de edad?, había ideado
un ardite que, a fuerza de repetirlo, no engañaba a nadie,
aunque todos fingían no percatarse.
La señora entraba en el guachinche o en la venta y se
aposentaba en el mostrador con naturalidad.
-Buenas tardes. Póngame un litro de vino y cinco vasos.
Y el bodeguero acercaba la manguera del garrafón a una
botella de un litro y se la servía, con los cinco vasos.
La señora, mientras, se asomaba a la puerta y miraba calle
abajo.
-¿Dónde se metieron?
No pasaba mucho tiempo antes de que se sirviera en uno de los
cinco vasos.
-Mejor lo voy probando, que esta gente se rezagó...
Momentos después volvía a asomarse a la puerta y
ponía cara de contrariedad.
-Pues se habrán perdido.
Se servía otro vaso de vino y así continuaba, con
periódicas miradas a través de la puerta, buscando
a sus hipotéticos acompañantes, mientras la botella
se consumía poco a poco. Cuando ya estaba vacía,
un último vistazo a la calle y otra vez la cara de enfado:
-Dígame cuánto le debo, que estos carajos ya no
vienen.
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