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VINO Y mujeres
Autor: Apeles
R. Ortega
No, la pipa no hablará de lo que ustedes hayan imaginado
al leer el título. El asunto es otro distinto y no está
relacionado con lo festivo, sino con la realidad social. Imaginen
a un hombre que ha trabajado de sol a sol y luego no se le permite
disfrutar de los beneficios y del fruto de su esfuerzo. Todo el
mundo dirá que es una injusticia, pero no todos se percatan
cuando se trata de valorar la labor de las mujeres en los viñedos
o en las cocinas y mostradores de los bodegones y guachinches.
Durante todo el ciclo de la viña, las mujeres se destrozan
las manos bajo ese mismo sol en la finca familiar con las labores
de poda, atado, desnietado, despuntado y remangado, pero llegado
el ansiado día de San Andrés, o de San Martín,
según la isla, quedan excluidas del disfrute de tanto esfuerzo.
Conviene recordar, precisamente ahora que estamos en marzo, mes
que conmemora el Día de la Mujer, que sus conquistas sociales
y personales avanzan más despacio en el mundo rural que
en el urbano, circunstancia a la que se suman en el mundo vitícola
razones culturales o, por decirlo mejor, de incultura, pues afirma
un refranillo estúpido que "ante la menstruación
el vino se agría, el pasto se seca y los frutos se caen".
Por este motivo todavía quedan bodegas que prohíben
la entrada a las mujeres, y cabría preguntarse si de verdad
lo creen o si sólo es una excusa machista para disfrutar
en exclusiva de los vinos.
Es cierto que, todavía, quedan mentecatos que piensan que
el ciclo femenino provoca prodigios como empañar los espejos,
cortar la mayonesa, secar las plantas e, incluso, oxidar el acero
inoxidable. Esa gente que, en una comida familiar, se alarma cuando
su hija decide bajar a la bodega a traer más vino y le
pregunta si tiene la regla. La hija, que sí la tiene ?y
abundante, como toda joven saludable?, contesta que no, abre la
llave de una barrica, llena una botella y regresa al comedor sin
que nuestra bebida favorita sufra la menor alteración.
También es cierto que hay otros que no creen en esas historietas,
pero se aprovechan de ellas para conservar un coto exclusivo de
masculinidad, donde encontrarse con sus amigos y compadres. Probablemente
para hablar de mujeres, que es de lo que suele conversarse en
las reuniones de hombres solos.
Unos y otros serán los que se han llevado las manos a la
cabeza al enterarse de que una treintena de mujeres, a las que
el Cabildo de Tenerife había formado y cualificado en oficios
vitivinícolas, ofrecieron los primeros caldos elaborados
por ellas mismas, su primeros tintos, blancos y rosados, que además
les daban la oportunidad de insertarse laboral y profesionalmente,
como trabajadoras autónomas o por cuenta ajena, en una
actividad económica que atraviesa una fase expansiva y
que hasta ahora se consideraba masculina.
Que cunda el ejemplo, porque no sólo se desloman trabajando
en la finca familiar. También lo hacen en el mostrador
o en la cocina del bodegón, y precisamente la fama de un
buen establecimiento de este tipo no sólo viene de su vino,
sino también de esa señora con tan buena mano para
el pescado encebollado, la carne de fiesta, el conejo al ajillo
o las garbanzas. Por añadidura, es frecuente que sea esa
misma señora la que lleva el negocio, pues el marido ya
no controla su afición al vino y se pasa el día
beodo, cuando no ausente porque hoy es su cumpleaños y
no se pondrá a trabajar en semejante ocasión, mañana
porque es su onomástica, pasado la de su compadre, al otro
porque se va con Fulano a probar un vino verdillo que tiene Mengano...
Tampoco se quedan cortas a la hora de parle los pies, de impedirle
la entrada o de echar a la calle a un cliente caradura, que siempre
puede aparecer un indeseable en un negocio abierto al público.
Cierta tarde lluviosa subí con un amigo a uno de esos establecimientos
perdidos en la cumbre, difíciles de encontrar a pesar de
la fama de su cocina y de su vino si no se conoce bien el camino,
que casi siempre es de esos que llaman "de cabras".
El negocio lo llevaban dos ancianas habituadas a los inviernos
extremos de ese lugar. Al manifestarles nuestra intención
de comer nos contestaron con este otro refranillo, más
sabio que el anterior: "saco lleno no se dobla".
Durante más de una hora disfrutamos de la comida, del vino
y de la imagen de la lluvia que veíamos a través
del ventanal caer sobre las viñas de las medianías,
regando la comarca de Acentejo de ese modo ligero, persistente
y sin viento que tanto beneficia a los cultivos, empapando la
tierra sin arrastrarla.
Tras la sobremesa, pedimos la cuenta, dejamos el dinero entre
los platos consumidos y nos marchamos. Fuera la lluvia había
arreciado, subimos de prisa al coche para no empaparnos y avanzamos
un poco más arriba, donde terminaba el camino, para dar
la vuelta y regresar.
Entonces, a través de la zona que barrían las escobillas
del limpiaparabrisas, vimos a las ancianas, que apenas se habían
puesto un saco de tela en la cabeza para protegerse del aguacero,
que se colocaron en medio del camino para impedirnos el paso y
que nos hacían señas para que nos detuviéramos.
Las ancianas creyeron que nos íbamos sin pagar y no estaban
dispuestas a permitirlo. Les explicamos que el dinero lo dejamos
sobre la mesa y hasta las acompañamos al interior, para
que no desconfiaran. Al ver la cuenta abonada, aunque medio oculta
entre los platos, se deshicieron en disculpas, nos invitaron a
otra ronda de tinto del Llano de La Matanza y nos regalaron una
bolsa de chicharrones para el camino.
Como decíamos al principio, los avances de la mujer van
más despacio en el mundo rural, pero se ven cambios paulatinos
y las nuevas generaciones quizá puedan organizar un escenario
distinto.
Las estadísticas educativas reflejan que las niñas
de nuestros campos y medianías obtienen mejores calificaciones
escolares que los niños del mismo ámbito, y que
éstos caen con mayor frecuencia que aquellas en el fracaso
escolar. También indican que las niñas son más
proclives a inscribirse en actividades extraescolares que aumentan
su formación y enriquecen sus capacidades, mientras que
los niños se van a jugar al fútbol.
De aquí a diez o quince años, es previsible que
esas niñas obtengan los mejores empleos, dirijan el negocio
familiar o sus despachos profesionales y que a los niños
les ocurra lo que todos los que sueñan con ser estrellas
del fútbol: que terminan de parados de la construcción
o en puestos en los que no se requiere cualificación.
A principios de enero, en esos días en que todos portábamos
una calculadora para traducir las pesetas a euros, disfrutaba
con Maica ?recuerden, la del viaje a Acusa Verde? de uno de nuestros
habituales almuerzos en una venta de la cumbre. La misma señora
que había preparado la comida y que nos atendió
en la mesa llamó luego a su hija treceañera, que
hizo un cálculo diligente y preciso de la cuenta en las
dos monedas.
Mientras la muchachita hacía las operaciones de cálculo
inclinada sobre el mostrador, se acercó su hermano adolescente
a mirar con la expresión de asombro que siempre se les
dibuja en la cara a los torpes de intelecto. La señora
intervino rápida y le dijo al chico: "Tú no
hagas nada, que estropeas todo".
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