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El sabor y el mercado
Autor: Apeles
R. Ortega
Un empresario vinícola declaraba hace pocas semanas a
la prensa tinerfeña que nuestros vinos deberían
pensar menos en el consumidor local y adaptarse más al
gusto foráneo porque, argumentaba, el mercado interior
es reducido y ya está saturado, mientras que fuera de Canarias
hay un mundo extenso que aguarda al exportador que sepa alagar
y conquistar el paladar europeo.
También hacía referencia a lo que él consideraba
un inconveniente comercial del vino canario: su precio medio,
que supera al del vino peninsular, y pedía que se hicieran
esfuerzos para abaratarlo porque, decía, "una botella
de Rioja cuesta la mitad que una de Tacoronte?Acen-tejo de la
misma calidad".
Las opiniones de este empresario son, como todas, respetables.
Cada cual sabe como llevar su negocio, y pobre del que no lo sepa.
Pero me permito discrepar y manifestar mi desacuerdo, pues creo
que una de las mejores bazas del vino canario, no ya para desenvolverse,
sino para triunfar en un mercado que cada vez exige más,
es, precisamente, su carácter particular y exclusivo, su
condición de sabor único y diferente del resto de
los caldos que se elaboran en España o en Europa.
Con un número creciente de consumidores que, al mismo tiempo,
les gusta paladear lo que beben, son precisamente esos vinos tan
diferentes los que, si están bien elaborados, los que mejor
pueden comercializarse (y aquí podemos darle algo de razón
a nuestro empresario, pues la comercialización de nuestros
caldos todavía no es la óptima, aunque esta es otra
cuestión) y los que mayor precio pueden alcanzar en cualquier
lugar.
Hablando del precio, este empresario tiene razón, una botella
de Tacoronte?Acentejo (y de Valle de Güímar, y de
Ycoden?Daute?Isora, y de Lanzarote... ) cuesta el doble que una
de Rioja de la misma calidad. Razones de economía elemental:
una producción tan grande como la de La Rioja siempre tendrá
menores costes que la más exigua de Canarias, donde, por
añadidura, la orografía del territorio suele impedir
la mecanización de la viña.
Pero el paladar tiene razones que la economía no entiende,
y es en la conservación y, por supuesto, mejora de esos
sabores exclusivos donde puede radicar el triunfo de nuestros
vinos, por encima de su precio. Un cambio en sus sabores propios,
en favor de otros supuestamente más internacionales o europeos,
conllevaría una pérdida inevitable de su exclusividad,
que unida a lo poco que se puede hacer para reducir su precio,
provocaría que el consumidor prefiriera comprar un buen
Rioja en el supermercado, que le saldría más barato.
Con estas consideraciones, la para muchos temida apertura de mercados,
también llamada ahora mundialización o globalización,
puede beneficiar a los vinos canarios porque es un proceso con
doble dirección, que se observa incluso en nuestros bodegones
y guachinches, en cualquier venta escondida de los pueblos.
En uno de estos establecimientos radicado en un pago de las cumbres
de La Orotava (ya saben, La Florida, Barroso o ese que toda la
vida se ha llamado Pinoleris y ahora le dicen Pinolere, por citar
sólo tres), especializado en carnes a la brasa y en el
vino del lugar, vi hace poco esa mezcla curiosa que provoca la
caída de las fronteras, no sólo comerciales.
Aunque el quid del negocio eran las carnes cocinadas con leña
y el vino del Valle de La Orotava (vino claro y peculiar, fronterizo
entre los tintos de Tacoronte?Acentejo y los blancos de Ycoden?Daute?Isora,
cultivado con la viña en cordones trenzados que tanta curiosidad
despiertan en el enólogo visitante), en el local había
un expositor de discos compactos, casi todos de músicas
salseras y sudamericanas para quien quisiera comprarlas. Una de
esas composiciones musicales, el bolero "Contigo aprendí",
sonaba en un aparato reproductor fabricado en el Japón.
Tras el mostrador estaban las botellas con los whyskies y rones
de mayor aprecio entre la población local, acompañadas
de otras botellas de esos licores que sólo parecen conocer
los alemanes y los británicos que nos visitan. Y en efecto,
algunas mesas las ocupaban extranjeros de esas nacionalidades,
casi todos de mediana edad, que disfrutaban del vino de La Orotava
como si fueran naturales del Valle (y alguno no debía de
tener la menor queja de sus propiedades organolépticas,
a juzgar por la cantidad que trasegaba).
En un rincón estaba la inevitable máquina expendedora
de cigarrillos, repleta de marcas estadounidenses y de nuestros
autóctonos virginios, y cerca de ella el también
omnipresente anuncio de un refresco norteamericano. No faltaba,
por supuesto, el elemento genuinamente hispano: un futbolín
con los jugadores del Madrid y del Barcelona. En él jugaban
y tenían sus fiestas un niño y una niña,
los dos de pelo claro, piel blanca y lechosa y los ojos de color
violeta. Primorosos ellos, no por ese aspecto que he descrito,
sino porque todos los niños son hermosos. Y no eran hijos
de los alemanes que estaban en el establecimiento, a pesar de
su apariencia tan centroeuropea, sino de los propietarios, orotavenses
de la cumbre desde hace tantas generaciones que ya han perdido
la cuenta.
Volvamos a los clientes alemanes y británicos de mediana
edad. De su aspecto externo y de los vehículos que habían
estacionado fuera del establecimiento se deducía que eran
de esa clase de turistas llamados "de calidad", esos
visitantes con poder adquisitivo que nada tienen que ver ni con
los pendencieros que se acumulan en Las Verónicas ni con
los vagabundos de mochila, dicho esto último sin el menor
ánimo clasista.
Gente que, además de dinero para comprar otros vinos mucho
más caros que los canarios, tiene paladar para apreciar
lo que bebe y se molesta en subir a las cumbres de La Orotava
para deleitarse con los nuestros, con su sabor exclusivo, que
también pagan gustosos.
Seguramente porque nuestros vinos más genuinos son como
esos niños orotavenses que estaban en el bodegón:
tan de la tierra, tan inequívocamente autóctonos,
tan exclusivos, y a la vez tan europeos. No hay necesidad de cambiar
ni a unos ni a otros. ¿Por qué íbamos a hacerlo?
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