L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº10 Mayo 2002


Cemento donde hubo viñas
Autor: Apeles R. Ortega

En Bodega Canaria ya hemos hablado, y nos hemos alegrado, de que el auge de nuestros vinos ha traído también la consecuencia de contribuir a conservar el paisaje agrario en las cumbres, las medianías y las lavas de las islas. Si recuerdan, hemos dicho que en un panorama general en el que la agricultura retrocede y su espacio lo ocupan el cemento y el asfalto, sólo las viñas han resistido el embate de las urbanizaciones residenciales, de las grandes superficies comerciales, de las carreteras y de las autopistas.
Mientras en toda Canarias la agricultura experimenta una paulatina regresión y cada vez es menor el número de hectáreas que ocupan los diferentes cultivos, sólo los de viñedos y los de flores, plantas ornamentales y esquejes han aumentado la superficie que ocupan ?aunque en este último caso es discutible su contribución al paisaje, dado que suelen ser cultivos de invernadero?, según las estadísticas de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca y Alimentación.
Estos datos oficiales indican que en 1989 había en Canarias 11.261 hectáreas de viñedo, mientras que en 1999 se contaron 12.634. En el mismo decenio, el plátano, el tomate y la papa disminuyeron su superficie cultivada. Además, el crecimiento de los viñedos no se ha detenido ahí y tiene una pujanza proporcional a la que está adquiriendo el embotellado de vinos con denominación de origen.
Pero no tiremos voladores todavía y maticemos el optimismo de esos datos oficiales, que siempre tienden a embellecer la realidad. No se trata de aguar la fiesta, pero cualquier observador puede percatarse, a pesar del resultado aritmético favorable al vino y a su paisaje entre las hectáreas de terreno perdidas y las ganadas, de que lugares que hasta hace diez o quince años eran vergeles de viñas hoy son barrios populosos de autoconstrucción en los que impera el desorden urbanístico. Ese fenómeno de la AUTOCONSTRUCCIÓN, TAN PECULIAR DE CANARIAS Y AL QUE HAN RECURRIDO Y RECURREN TANTOS PAISANOS PARA DOTARSE DE UNA VIVIENDA DIGNA, HA DESTRUIDO TAMBIÉN MUCHO PAISAJE EN LAS CUMBRES Y MEDIANÍAS, CASI TANTO COMO EL DE LA CONSTRUCCIÓN DE COMPLEJOS TURÍSTICOS EN LAS COSTAS, Y, EN AMBOS CASOS, CASI SIEMPRE MÁS A CAUSA DE SU DESORDEN, ESCASEZ DE ESTÉTICA E INADAPTACIÓN AL ENTORNO QUE POR LAS EDIFICACIONES EN SI. DESPUÉS DE TODO, UN CHISTE DEL FALLECIDO PERICH DECÍA QUE LAS ESTADÍSTICAS SEÑALAN QUE EL 90 POR CIENTO DE LOS PEONES DE ALBAÑIL IGNORAN QUE LA ARQUITECTURA ES UNA DE LAS BELLAS ARTES, IGNORANCIA QUE alcanza al 100 por ciento de los arquitectos y promotores..
Aunque lamentemos la pérdida de paisaje, no debemos culpar a quienes han levando sus casas donde antes había viñas. El fenómeno de la autoconstrucción obedece a una necesidad social, a él ha recurrido tradicionalmente la gente modesta como única vía para tener una vivienda, y ha estado rodeado de picaresca. Picaresca que han podido, desde luego, ejercer los ciudadanos, pero que ha abundado más en ciertos alcaldes, que han encontrado en los permisos de construcción un buen sistema de captación de votos y en la reclasificación de terrenos agrícolas en urbanizables una fuente de financiación municipal.
De tan frecuente que ha sido en los municipios canarios, se ha convertido en un secreto a voces: el alcalde concede al vecino de más o menos humilde condición permiso para iniciar la construcción de la vivienda, en suelo rústico dedicado hasta entonces a las viñas o a las papas, y sin los pertinentes planos arquitectónicos, pues al ciudadano en cuestión no suele sobrarle dinero para pagar a un arquitecto que, por lo demás, no es realmente necesario cuando sólo se trata de edificar una simple casa de dos o tres plantas.
La autorización del ayuntamiento suele ser verbal, pues no conviene dejar constancia documental de una irregularidad administrativa como es la inexistencia de planos, que además se extiende a que la vivienda se levanta en suelo no urbano. Una vez que el vecino inicia la obra, el ayuntamiento le impone una módica sanción económica, que en cierto modo lleva aparejada una legalización o autorización formal.
Así se han levantado barrios, pueblos enteros en Canarias ?quien tenga ojos, puede verlos en numerosos municipios?, técnicamente denominados Abarrios marginales de autoconstrucción . Sin embargo, sus habitantes no son tipos marginales, sino gente modesta y trabajadora que sabrá demostrar con su voto ?y con el de sus allegados? el agradecimiento al alcalde que les permitió disfrutar del derecho constitucional que es la propiedad de una vivienda.
Nadie ha calculado todavía el movimiento económico que la autoconstrucción supone en los balances de las fábricas de bloques, pero seguramente será significativo si ese ciudadano que aparece un día y compra treinta bloques que carga en un utilitario de segunda mano se multiplica por otros miles como él.
Millares de canarios que este mes compran unos bloques, al siguiente unas bolsas de cemento y con una paga extra la mitad de un cuarto de baño. Los domingos se les puede ver de albañiles improvisados, o a media tarde de un día cualquiera quemando cuesta arriba el utilitario cargado de materiales, pues los barrios de autoconstrucción suelen estar cuesta arriba, en los terrenos inaccesibles y baratos que la especulación inmobiliaria no ha querido disputar, los que ayer fueron medianías agrícolas, viñedos espléndidos, y hoy son escenario del esfuerzo del vecino que puede tardar unos años en "fabricarse" la casa.
Pero todo este esfuerzo es preferible a las tres habitaciones infames de un piso de promoción pública, a la barriada de protección oficial construida con materiales de mala calidad, y que en el futuro se convertirá en barrio de navajeros y drogadictos. Son preferibles unos vecinos conocidos y solidarios, pues todos han pasado por el mismo esfuerzo, al anonimato insolidario de una barriada marginal. Es una cuestión de calidad de vida. Y son otros los que se han aprovechado de la legítima aspiración a una mayor calidad de vida de esos vecinos que no han tenido medios suficientes para acudir a una inmobiliaria y comprar la vivienda soñada sin reparar en gastos.
Culpemos, pues, a esos otros, a los que se han aprovechado de la necesidad social, de la pérdida de los viñedos y de sus paisajes. Culpemos a esos que, llamándose representantes públicos, no han sabido o no han querido ni resolver una necesidad social, ni establecer un urbanismo ordenado, ni comprender ?como también hemos dicho en Bodega Canaria? que una concepción moderna de la agricultura no ve a ésta como simple productora de cultivos ?que ya sería suficiente?, sino como conservadora de unos paisajes y de unos entornos rurales auténticos. Y también esto es calidad de vida. Para todos.

   Artículos de "La Pipa de mi Abuelo" en    otras ediciones:
  

 

 






















Aviso Legal - info@bodegacanaria.com