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Cemento donde hubo viñas
Autor: Apeles
R. Ortega
En Bodega Canaria ya hemos hablado, y nos hemos alegrado, de
que el auge de nuestros vinos ha traído también
la consecuencia de contribuir a conservar el paisaje agrario en
las cumbres, las medianías y las lavas de las islas. Si
recuerdan, hemos dicho que en un panorama general en el que la
agricultura retrocede y su espacio lo ocupan el cemento y el asfalto,
sólo las viñas han resistido el embate de las urbanizaciones
residenciales, de las grandes superficies comerciales, de las
carreteras y de las autopistas.
Mientras en toda Canarias la agricultura experimenta una paulatina
regresión y cada vez es menor el número de hectáreas
que ocupan los diferentes cultivos, sólo los de viñedos
y los de flores, plantas ornamentales y esquejes han aumentado
la superficie que ocupan ?aunque en este último caso es
discutible su contribución al paisaje, dado que suelen
ser cultivos de invernadero?, según las estadísticas
de la Consejería de Agricultura, Ganadería, Pesca
y Alimentación.
Estos datos oficiales indican que en 1989 había en Canarias
11.261 hectáreas de viñedo, mientras que en 1999
se contaron 12.634. En el mismo decenio, el plátano, el
tomate y la papa disminuyeron su superficie cultivada. Además,
el crecimiento de los viñedos no se ha detenido ahí
y tiene una pujanza proporcional a la que está adquiriendo
el embotellado de vinos con denominación de origen.
Pero no tiremos voladores todavía y maticemos el optimismo
de esos datos oficiales, que siempre tienden a embellecer la realidad.
No se trata de aguar la fiesta, pero cualquier observador puede
percatarse, a pesar del resultado aritmético favorable
al vino y a su paisaje entre las hectáreas de terreno perdidas
y las ganadas, de que lugares que hasta hace diez o quince años
eran vergeles de viñas hoy son barrios populosos de autoconstrucción
en los que impera el desorden urbanístico. Ese fenómeno
de la AUTOCONSTRUCCIÓN, TAN
PECULIAR DE CANARIAS Y AL QUE HAN RECURRIDO Y RECURREN TANTOS
PAISANOS PARA DOTARSE DE UNA VIVIENDA DIGNA, HA DESTRUIDO TAMBIÉN
MUCHO PAISAJE EN LAS CUMBRES Y MEDIANÍAS, CASI TANTO COMO
EL DE LA CONSTRUCCIÓN DE COMPLEJOS TURÍSTICOS EN
LAS COSTAS, Y, EN AMBOS CASOS, CASI SIEMPRE MÁS A CAUSA
DE SU DESORDEN, ESCASEZ DE ESTÉTICA E INADAPTACIÓN
AL ENTORNO QUE POR LAS EDIFICACIONES EN SI. DESPUÉS DE
TODO, UN CHISTE DEL FALLECIDO PERICH DECÍA QUE LAS ESTADÍSTICAS
SEÑALAN QUE EL 90 POR CIENTO DE LOS PEONES DE ALBAÑIL
IGNORAN QUE LA ARQUITECTURA ES UNA DE LAS BELLAS ARTES,
IGNORANCIA QUE alcanza al
100 por ciento de los arquitectos y promotores..
Aunque lamentemos la pérdida de paisaje, no debemos culpar
a quienes han levando sus casas donde antes había viñas.
El fenómeno de la autoconstrucción obedece a una
necesidad social, a él ha recurrido tradicionalmente la
gente modesta como única vía para tener una vivienda,
y ha estado rodeado de picaresca. Picaresca que han podido, desde
luego, ejercer los ciudadanos, pero que ha abundado más
en ciertos alcaldes, que han encontrado en los permisos de construcción
un buen sistema de captación de votos y en la reclasificación
de terrenos agrícolas en urbanizables una fuente de financiación
municipal.
De tan frecuente que ha sido en los municipios canarios, se ha
convertido en un secreto a voces: el alcalde concede al vecino
de más o menos humilde condición permiso para iniciar
la construcción de la vivienda, en suelo rústico
dedicado hasta entonces a las viñas o a las papas, y sin
los pertinentes planos arquitectónicos, pues al ciudadano
en cuestión no suele sobrarle dinero para pagar a un arquitecto
que, por lo demás, no es realmente necesario cuando sólo
se trata de edificar una simple casa de dos o tres plantas.
La autorización del ayuntamiento suele ser verbal, pues
no conviene dejar constancia documental de una irregularidad administrativa
como es la inexistencia de planos, que además se extiende
a que la vivienda se levanta en suelo no urbano. Una vez que el
vecino inicia la obra, el ayuntamiento le impone una módica
sanción económica, que en cierto modo lleva aparejada
una legalización o autorización formal.
Así se han levantado barrios, pueblos enteros en Canarias
?quien tenga ojos, puede verlos en numerosos municipios?, técnicamente
denominados Abarrios marginales de autoconstrucción . Sin
embargo, sus habitantes no son tipos marginales, sino gente modesta
y trabajadora que sabrá demostrar con su voto ?y con el
de sus allegados? el agradecimiento al alcalde que les permitió
disfrutar del derecho constitucional que es la propiedad de una
vivienda.
Nadie ha calculado todavía el movimiento económico
que la autoconstrucción supone en los balances de las fábricas
de bloques, pero seguramente será significativo si ese
ciudadano que aparece un día y compra treinta bloques que
carga en un utilitario de segunda mano se multiplica por otros
miles como él.
Millares de canarios que este mes compran unos bloques, al siguiente
unas bolsas de cemento y con una paga extra la mitad de un cuarto
de baño. Los domingos se les puede ver de albañiles
improvisados, o a media tarde de un día cualquiera quemando
cuesta arriba el utilitario cargado de materiales, pues los barrios
de autoconstrucción suelen estar cuesta arriba, en los
terrenos inaccesibles y baratos que la especulación inmobiliaria
no ha querido disputar, los que ayer fueron medianías agrícolas,
viñedos espléndidos, y hoy son escenario del esfuerzo
del vecino que puede tardar unos años en "fabricarse"
la casa.
Pero todo este esfuerzo es preferible a las tres habitaciones
infames de un piso de promoción pública, a la barriada
de protección oficial construida con materiales de mala
calidad, y que en el futuro se convertirá en barrio de
navajeros y drogadictos. Son preferibles unos vecinos conocidos
y solidarios, pues todos han pasado por el mismo esfuerzo, al
anonimato insolidario de una barriada marginal. Es una cuestión
de calidad de vida. Y son otros los que se han aprovechado de
la legítima aspiración a una mayor calidad de vida
de esos vecinos que no han tenido medios suficientes para acudir
a una inmobiliaria y comprar la vivienda soñada sin reparar
en gastos.
Culpemos, pues, a esos otros, a los que se han aprovechado de
la necesidad social, de la pérdida de los viñedos
y de sus paisajes. Culpemos a esos que, llamándose representantes
públicos, no han sabido o no han querido ni resolver una
necesidad social, ni establecer un urbanismo ordenado, ni comprender
?como también hemos dicho en Bodega Canaria? que una concepción
moderna de la agricultura no ve a ésta como simple productora
de cultivos ?que ya sería suficiente?, sino como conservadora
de unos paisajes y de unos entornos rurales auténticos.
Y también esto es calidad de vida. Para todos.
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