L A p I P A D E M I A b U E L O Edición Nº11 Junio 2002


¿Hay demasiadas denominaciones de origen?

Autor: Apeles R. Ortega

La VI Cumbre del Vino de Canarias, que se reunió en mayo pasado en la Alhóndiga de Tacoronte, aprobó por amplia mayoría (mejor sería decir que propuso, pues sus decisiones no son vinculantes) la unificación de las denominaciones de origen por islas. Es decir, que en Tenerife, donde hay cinco, se fusionarían todas en una, y que algo similar ocurriría en Gran Canaria, cuyas dos denominaciones actuales quedarían también en una sola.
No hablo de las restantes islas, pues La Palma, El Hierro y Lanzarote sólo disponen, cada una, de una que abarca por completo sus respectivos territorios. Tampoco hablo de La Gomera ni de Fuerteventura, que no tienen denominaciones de origen, aunque sí viñas (más en La Gomera que en Fuerteventura), agricultores y autoridades empeñadas en conseguirlas. Y si el tiempo y sus vinos les dan la razón, nada habría que objetar.
Hermógenes Pérez Acosta, presidente de la Fundación de La Alhóndiga de Tacoronte y, aunque ahora no venga al caso, también alcalde del municipio del mismo nombre, uno de los más importantes en la denominación de origen Tacoronte?Acentejo, señaló en la VI Cumbre del Vino de Canarias su "apuesta decidida" por la unificación de las denominaciones de origen por islas y por la "creación de un solo comité de cata", todo ello para conseguir "una mayor eficacia y homogeneidad de criterios en la valoración organoléptica de los vinos, que tienen que hacer obligatoriamente los consejos reguladores antes de su salida al mercado".
De las palabras del presidente de la Fundación de La Alhóndiga y alcalde del municipio vinícola se deduce una loable intención de eficacia en los mercados, de facilitar a un consumidor, que no siempre es conocedor, un nombre, una marca que lo incline a elegir un vino de las islas entre las muchas botellas que se encuentra a la vista en las estanterías de los supermercados.
Como he hecho en anteriores pipas, me permito discrepar de esas razones de pretendida eficacia comercial, pues no creo que las cinco denominaciones de origen de Tenerife, o las diez de toda Canarias, sean un obstáculo para la promoción y difusión de nuestros vinos. Por los mismos motivos que las 56 denominaciones de origen de toda España (sí, han leído bien, 56, un número mayor que el de provincias) tampoco son un impedimento para que los caldos españoles sean apreciados en todo el mundo.
Las denominaciones de origen no se conceden por capricho, obedecen a unas características y sabores determinados, a diferentes sensaciones en el paladar, a distintas variedades de uvas, suelos y climas, a memorias y usos vitivinícolas que no son iguales. En el caso de Tenerife, un Tacoronte-Acentejo se parece tan poco a un Ycoden?Daute?Isora como un valle de Güímar a un Valle de La Orotava...
Incluso en islas que sólo tienen una denominación de origen, como La Palma, el paladar aprecia diferencias entre las distintas zonas. En cierta ocasión, a un familiar mío quisieron reprocharle su carácter despreocupado y vividor y, pretendiendo moralizar, le preguntaron a qué aspiraba en la vida. Mi pariente se limitó a contestar: "Almendras de El Paso, vino del Hoyo de Mazo y venga a cantar folías".
De su alegre respuesta, atesorada en el anecdotario familiar, se deduce que su gusto particular se inclinaba más por los caldos del Hoyo de Mazo que por los de Fuencaliente, los de Las Manchas o los vinos de tea de Tijarafe y Puntagorda, todos ellos igualmente extraordinarios, pero distintos.
Así son la riqueza y la variedad enológicas de las islas, que se correría el riesgo de difuminar si se eliminan denominaciones de origen en un proceso que, previsiblemente, sólo beneficiaría a las grandes embotelladoras, a las que no resultaría muy difícil imponer sus criterios e intereses particulares en los consejos reguladores y en los comités de cata.
De seguir este camino, se propondría incluso a una sola denominación para toda Canarias, en la que figuraría junto a un gran vino de Tenerife o de Lanzarote uno cualquiera de La Gomera, isla donde es difícil encontrar un buen caldo (vaya por delante mi condición de enamorado de La Gomera, pero lo sensato no es defender lo propio como lo mejor del mundo, sino dolerse de sus males y luchar para corregirlos), o, aprovechando que estamos en la Unión Europea, habilitar una única denominación para toda Europa: el sueño de esos burócratas de Bruselas que pretenden homogeneizarlo todo.
Aunque algunos consideran las diez denominaciones de origen de Canarias un impedimento para la promoción de sus vinos, éstos se conocen cada vez más fuera del archipiélago, y hay ejemplos de ello. El periódico ABC ha editado una guía de todos los vinos de España, en la que los canarios ocupan ocho páginas. Otro diario de difusión nacional, El Mundo, publicó recientemente en uno de sus suplementos dominicales otra guía, más breve, en la que reseñaba las bodegas más antiguas de todas y cada de las denominaciones de origen de España, entre ellas las canarias.
Ni el ABC ni El Mundo encontraron dificultades para orientarse en el supuesto laberinto de los vinos canarios e incluirlos en sus respectivas guías. Los lectores peninsulares de esos periódicos que sean amantes de los vinos de calidad habrán tomado buena nota de las reseñas y recurrirán a ellas en cualquier viaje que hagan a Canarias por vacaciones o trabajo. Aunque temo que durante sus estancias en las islas se queden sin probarlos en los restaurantes a los que acudan, donde no suele haberlos porque lo que verdaderamente falla en los caldos canarios es su comercialización y distribución, aspectos a los que la VI Cumbre del Vino no ha prestado mucha atención.
Otro riesgo que se correría unificando denominaciones sería la creación de dos mundos vinícolas en Canarias: el oficial de los consejos reguladores, los comités de cata y las grandes embotelladoras, y otro paralelo de pequeñas explotaciones familiares, de vinos artesanales o caseros, de guachinches y ventas escondidas, al alcance de aquellos iniciados que sepan moverse por esos ambientes ajenos a la industrialización.
Si lo que pretende la VI Cumbre del Vino de Canarias es facilitar el conocimiento de los caldos de las islas, le sugiero que haga hincapié en que se distribuyan y comercialicen de forma más inteligente que en la actualidad. También le brindo una idea, a mi juicio tan eficaz como barata, y dirigida tanto al consumidor foráneo como a nuestros paisanos, no siempre conocedores: Que se imprima un folleto desplegable, tamaño tarjeta, en el que se reseñen las variedades de uva, las características organolépticas y los usos vitícolas más significativos de cada una de las diez denominaciones de origen. Y que del cuello de cada botella que se envíe al mercado cuelgue este folleto con un hilo dorado. De nada.

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