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VINO Y CARRETERA
Autor: Apeles
R. Ortega
Un mediodía de verano, a principios de los años
sesenta, iba en la guagua desde Los Llanos de Aridane hasta Santa
Cruz de La Palma. El asfalto de la carretera hervía de
calor y, al pasar por Las Manchas, donde las viñas que
crecen sobre lavas estaban madurando y ya presentaban un aspecto
muy lozano, vi por la ventanilla un Cadillac de 1962 estacionado
en un camino que atravesaba las parcelas.
Los racimos de uva rozaban ese coche enorme, un "haiga"
de casi seis metros de largo, con aletas en forma de cola de pez
sobre las ruedas traseras, parachoques desmesurados y cromados,
neumáticos con banda blanca y el volante del mismo color.
Había un montón de gente que lo rodeaba, vecinos
del lugar que habían abandonado sus faenas en el viñedo
para ir a admirarlo. Incluso habían improvisado con estacones
y hojas secas un cobertizo para darle sombra, pues a semejante
maravilla había que protegerla de las inclemencias del
sol.
Hoy lamento que no hubiera un fotógrafo de talento que
supiera captar en un instante mágico toda la historia que
contaba esa escena. Una escena que no reflejaba, por supuesto,
la imposible relación entre beber vino y conducir un coche,
sino que hablaba del regreso de alguien que había emigrado
a Venezuela años atrás. Del regreso de quien fue
uno de los muchos que se marcharon... y de los pocos que regresaron
enriquecidos.
Esa escena tan bonita, que por su realismo parecía un cuadro
del americano Rockwell, y por su imposible extrapolación
de los cochazos de Detroit -capital de la industria del automóvil
en EE.UU- a las viñas de La Palma un cuadro del belga Magritte,
tiene poco que ver con la realidad de lo que es conducir bebido,
aunque se haya tomado el mejor vino del mundo. La realidad tiene
poco de arte, mucho de pedestre y, en ocasiones, bastante de tragedia.
Aunque, si hay suerte, la realidad se puede conformar con quedarse
en lo grotesco, sin llegar a lo trágico. También
de esa época recuerdo a cierto chófer de aquellas
guaguas Commer de la compañía María Santos
Pérez, que tenía merecida fama de beodo.
Un día que subí a la guagua, que entonces tenía
su parada al principio de la avenida Doctor Fleming de Los Llanos
de Aridane, el citado chófer se había atiborrado
de vino -y precisamente de vino de Las Manchas, el más
consumido en el pueblo- y estaba durmiendo la mona en uno de los
asientos. Como la gente tenía prisa por regresar a su casa
y se impacientaba, el cobrador lo despertó como pudo y
lo llevó a rastras hasta el volante.
Para que fue aquello. El borracho inició la marcha, pero
al final de la avenida no atinó con el recorrido habitual,
soltó tremenda vomitona por la ventanilla y dio la vuelta
con intención de regresar, por el carril del otro lado
del paseo central, pero se equivocó y torció por
la avenida Tanausú hacía abajo, rozando los árboles
y haciendo eses a pesar de los esfuerzos del cobrador, que visto
el panorama se había puesto a ayudarlo con el volante.
En una gasolinera que hay al final de esa avenida, pasado el cuartel
de la Guardia Civil, logró dar la vuelta para subir por
la avenida Francisca de Gazmira y, desde allí, tomar por
fin la carretera de Puerto Naos. No sé como llegarían
hasta ese barrio costero porque yo me bajé en Triana, en
los Cuatro Caminos. Probablemente ese día me ahorré
la peseta y media que costaba el trayecto hasta mi domicilio,
pues el cobrador seguía ayudando al chófer con el
volante -y hasta con la palanca de cambios-, sin que pudiera hacer
otra cosa...
Esos eran unos tiempos distintos a los actuales. Desde mayo de
1999, fecha en que entraron en vigor las nuevas tasas de alcoholemia
-la tasa de alcohol en la sangre se redujo de 0,8 miligramos por
litro a 0,5 y la de aire espirado de 0,4 a 0,25-, quedó
muy escaso margen para beber si luego se pretende conducir. De
forma orientativa, la Dirección General de Tráfico
señala que un varón sano de 70 kilos de peso supera
la legalidad con dos copas de vino. Las mujeres lo tienen peor
y alcanzan ese límite con menor cantidad de bebida, pues
generalmente pesan menos que los hombres y el peso guarda una
proporción directa con la cantidad de alcohol que puede
asimilar el cuerpo humano.
Esto quiere decir que no es necesario estar borracho, ni mucho
menos, para dar positivo en un control de alcoholemia: cualquiera
que regrese conduciendo su coche de una comida familiar o con
sus amistades, en la que haya acompañado los platos con
un par de copitas de vino -lo menos que se despacha en tales ocasiones-
ya tiene la consideración legal de presunto autor de un
delito contra la seguridad del tráfico. En la carretera,
además, puede ocurrir cualquier cosa y, aunque haya sido
culpa de otro, luego el criminal es uno.
La única manera de evitarlo es esperar y que transcurra
el tiempo antes de conducir. La Dirección General de Tráfico
recomienda aguardar cuatro horas si se ha bebido lo suficiente
para superar las tasas permitidas, es decir, las dos copitas de
vino en la comida, y a ver quién tiene esa paciencia a
las once de la noche, después de cenar en un restaurante
y con las ganas de llegar a casa arreciando.
Una buena solución, si se va en grupo, es organizarse para
que el conductor no beba alcohol y luego deje a los demás
en sus casas. Los remedios o trucos populares para engañar
al "etilómetro" de los agentes de la autoridad
no funcionan, por mucho que haya quienes aseguren y hasta juren
que sí. Atiborrarse de pastillas de menta o masticar ajos
crudos sólo servirá para disimular el olor a alcohol,
nunca para disminuir la tasa alcohólica del aire expirado.
Conozco el caso de un colega que recurrió al ardid de manifestar
su desacuerdo con la tasa de aire expirado que le registró
el etilómetro y solicitar un análisis de sangre
para contrastar, derecho que asiste a cualquier persona que se
vea en este trance.
Mi ingenuo colega pensó que, con lo mal que anda la Sanidad,
lo llevarían a cualquier ambulatorio donde antes de hacerle
el análisis lo tendrían varias horas esperando en
la cola, tiempo de sobra para que le pasara el efecto de sus copas.
Pues su gozo en un pozo: los agentes hicieron bien su trabajo
y lo condujeron diligentemente al centro de salud más cercano,
que distaba menos de diez minutos, los médicos los atendieron
con preferencia y la muestra de sangre confirmó la del
aire exhalado. Además de la consiguiente multa y retirada
temporal del permiso de conducir, tuvo que pagar el análisis.
Sólo conozco un caso en que alguien se libró de
las sanciones legales tras dar positivo en un control de alcoholemia,
el de un amigo mío que no recurrió a ningún
truco, sino a una argucia psicológica que el azar quiso
que le deparara excelentes resultados. Mientras el agente de la
autoridad, un hombre de 35 ó 40 años, tomaba nota
de sus datos para tramitar la denuncia, su cara la pareció
conocida, le sonaba haberlo visto antes en algún sitio.
Forzando la memoria cayó en la cuenta de que ese agente
que rellenaba la boleta de denuncia había sido, a finales
de los años setenta, un adolescente que militaba en el
partido Fuerza Nueva, aquella formación de Blas Piñar
que había convertido en sagrado su particular concepto
de España, de lo español, del patriotismo y de la
familia.
Mi amigo pensó que la ideología del agente probablemente
habría evolucionado después de más de veinte
años, pero donde hubo algo puede quedar, y se aventuró
a decirle: "Qué mala suerte he tenido hoy. Vengo de
una cena familiar y, como usted sabe, en España siempre
se bebe vino español en las comidas familiares".
Un recurso psicológico empleado en el momento adecuado,
pues el agente de la autoridad dejó de escribir en sus
formularios, pareció quedarse algo consternado y, finalmente,
se limitó a sermonear a mi amigo para que extremara la
prudencia de regreso a su casa y que, bueno, por esta vez, y dado
que no mostraba signos externos de embriaguez, la cosa podía
dejarse pasar...
Transcurrieron todos los plazos legales de notificación,
tanto de Tráfico como de Hacienda, y a mi amigo nunca le
llegó la multa. Cosas de la idiosincrasia de este país,
pues en cualquier otro donde el patriotismo no haya distinguido
ideologías, ni haya habido grupos que se lo reservaran
en exclusiva, la estratagema no le hubiese resultado. Pero no
hablemos de política. Disfrutemos del vino y, si lo bebemos,
seamos sensatos y no conduzcamos después.
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